The Florida Project: sobrevivir a la vida

Miguel Arjona
Sep 1, 2018 · 6 min read

Advertencia: este artículo no pretende adueñarse de la verdad absoluta sobre el tema a tratar. Solamente una reflexión acerca de esta película. Este artículo contiene spoilers.


“¿Sabes por qué este es mi árbol favorito? Porque se cayó, y aún así sigue creciendo”

Este es el auténtico motor que sostiene a los personajes en The Florida Project. Una capacidad rutinizada de conseguir la supervivencia al otro lado de uno de los lugares más felices del planeta. Una continua lucha frente a lo que algunos llaman ruina, mala suerte o, simplemente, vida. Porque Sean Baker (director de la película) muestra la otra cara, la que viven los residentes de esos moteles de fachada edulcorada, pero con vidas completamente amargas.

El título de la película hace referencia al nombre en clave del plan para edificar Disneyworld. Y esto se intuye automáticamente en el momento en el que se vislumbra la cercanía entre la realidad de los moteles, y los turistas que acuden a dicho parque con sus pulseras de casi dos mil dólares.

Jancey (izquierda) y Moonee (derecha), sentadas sobre “su árbol favorito”.

Sean Baker muestra de una forma naturalista la situación que rodea la vida de un sector de las personas en Florida, pero que es aplicable a otro mucho más grande alrededor del mundo.

La película establece un estilo que recuerda mucho a la filmografía de Richard Linklater, presentando una serie de personajes muy bien construidos, con el correspondiente componente de ficción, pero que, a su vez, la realidad que proyectan es fácilmente reconocible por los espectadores.

Un infierno “instagramizado”

Lo primero que la película enseña es a Moonee y Scooty soportando el calor veraniego bajo la sombra, hasta que llega uno de sus amigos, y les advierte de la llegada de nuevos inquilinos al motel de al lado. Los niños se van, y comienzan a aparecer los títulos de crédito sobre una pared lila a ritmo del Celebration de Kool and The Gang. Y lo que parecía que iba a ser una película gamberra, dulce y alegre, torna en todo lo contrario pocos minutos después.

La película gira precisamente en torno a Moonee, que, salvo en contadas ocasiones, la acción de la película se desarrolla desde su punto de vista. Esto se muestra a través de una fotografía que implementa una gama cromática de colores pastel, casi fantasiosos para acercarnos a la perspectiva idílica de la protagonista, pese a todo lo que sucede a su alrededor. Aunque también podría aplicarse para mostrar el contraste entre los dos mundos que conviven tan cerca, llenando el infierno de color.

El motel donde se hospedan algunos de los personajes se llama Magic Castle¸ mientras que Jancey, la amiga de Moonee, se hospeda en Futureland, y todo este complejo de moteles cuenta con comercios que poseen fachadas rimbombantes -incluso recreando un mago gigante-.

Un guion sin fisuras

La principal fortaleza del metraje es su guion. Su capacidad para construir los personajes con apenas un par de frases es algo nada fácil de conseguir.

Durante los primeros de la película se explica la situación de las personas que habitan el motel, y por lo tanto, también de los personajes protagonistas:

  • “El hombre que vive aquí siempre está bebiendo cerveza”
  • “El hombre de aquí siempre está arrestado”
  • “La mujer que vive aquí piensa que está casada con Jesús”
  • “Nadie usa el ascensor porque huele a pis”
  • “Ten cuidado con el agua, yo una vez bebí y tuve que ir al hospital”
  • Después de la abuela de Jancey al ser preguntada por las niñas: “Mi hija me hizo abuela cuando ella tenía quince años. Así que ahora me hago cargo de ellas hasta que deje de hacer el estúpido como su padre”.
  • Moonee: “Siempre se cuándo un adulto está a punto de llorar”.

Gente conflictiva, gente que sufre algún tipo de trastorno. O gente que, simple y llanamente, ha visto su vida hecha añicos, sin apenas dinero para poder levantarse. Una situación precaria a la que nadie querría verse forzado a recurrir. Esos eran los inquilinos del Magic Castle, y del Futureland, y del Arabian

Bobby, padre por accidente

Bobby (Willem Dafoe), junto a Moonee (Brooklynn Prince).

La única nominación a los premios Oscar de esta película llega gracias a la interpretación de Willem Dafoe en el papel de Bobby, el encargado de que el Magic Castle funcione correctamente. Un tipo que se ve obligado a cuidar de todo aquel que reside allí, con un divorcio y una amistad con su hijo que parece cada vez más distante.

El momento álgido de este personaje llega en el momento en el que Charlie Coachman. Este personaje es un señor mayor, que camina de forma extraña y cuyo rostro se muestra enfermizo en cuanto coloca su mirada sobre las criaturas.

En esa escena, Bobby lo coge, le lleva hasta la máquina de refrescos -todo desarrollado con un plano secuencia introducido de forma orgánica- con una amabilidad que encierra una ira contenida hasta que lo expulsa del motel a gritos, advirtiendo al anciano de que dará su nombre a la policía para que no se atreva a realizar la barbaridad que todos imaginábamos en el momento que lo vimos aparecer.

Las dos escenas

Contando la mencionada justo arriba, hay dos escenas por encima de todas las demás en la película:

El baño: Al contemplar a Moonee en esta escena, sientes que se te rompe algo por dentro, que no sabes ni siquiera reaccionar. Precisamente igual que Moonee. Apenas puede describirse esta escena lejos de esa desazón que produce el saber lo que tiene -y ha tenido- que soportar sin que ella misma sea consciente de lo que está ocurriendo realmente a su alrededor.

“Mamá, es Halley”: Hay varios momentos para definir a Halley -madre de Moonee-, pero donde alcanza su punto más oscuro es aquí, cuando le hace una visita a la que era su única amiga. No obstante, la escena no tiene su principal fortaleza en colocar la cámara desde el punto de vista de Scooty mientras asiste a ese momento tan terrible, sino el sonido. El cómo se escuchan cada uno de los puñetazos que Halley le propina a su amiga con una furia propia de monstruo.

Conclusión

The Florida Project es una de esas pequeñas joyas del cine. Es una de esas obras modestas -coste de dos millones de dólares y recaudación de algo más de 11 millones de dólares- que se ve relegada del foco mediático, y que, pese a tener más valor cinematográfico que algunas de las nominadas a los Premios Oscar a Mejor Película, no se le ha tenido en cuenta.

Uno de los mejores ejemplos de la dirección fotográfica de Alexis Zabe.

Y sí, los premios no lo son todo en la historia del cine. Siempre estará el ejemplo de Taxi Driver (1976). Pero el reconocimiento a este tipo de películas no sólo le otorga un impulso mediático para que muchas personas las descubran, sino que es un es un gran impulso para que los cineastas que apuestan por este tipo de historias, vean recompensado su valentía, y se fomente la libertad de creación lejos de ceñirse al corsé canónico de los éxitos en taquilla.

Miguel Arjona

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Intento ser lo menos bocazas posible. Cinéfilo, aficionado acérrimo a la NBA y del once contra once.

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