Noviembre

La calesita dejó de girar porque no había viento aunque algunas hamacas seguían meciéndose. El sol aún débil reproducía sobre el pasto una sombra efímera y el asfalto de la entrada brillada de luz. Yendo por el camino empedrado, Nicolás se detuvo para sacar el mp3 gastado de su deshilachado morral. En el medio del tejido podía verse el escudo cosido del Club Henderson, ya muy desteñido. Suspendió los tambores de Manu Chao y guardó sus auriculares.

Boleto estudiantil, leyes universitarias, trabajos barriales y las miles de campañas de innumerables candidatos sobre los afiches de colores contrastantes lo acompañaban por el sendero y envolvían el edificio como un regalo de navidad.

El sufragio se veía inminente. Las remeras haciendo juego con lo carteles circulaban tanto dentro como fuera. Las plataformas electorales reemplazaban la lectura habitual de fotocopias. Era muy poco el tiempo que quedaba así que se alejó al recoveco iluminado por el sol sobre la entrada que nunca usó.

Las personas rondaban por los pasillos como abejas en una colmena. Iban y venían, a veces contemplando la situación, otras ignorándola completamente. Quiso buscar respuestas a sus preguntas en los pequeños cuadernillos coloridos pero no le alcanzaba. Así que al salir calentó el agua y acomodó la bombilla decidido a resolver de un modo u otro sus dudas.

Eran casi las cuatro e la tarde cuando todavía inseguro ingresó en el inmenso salón, semidesnudo con la libreta nueva. Ahora el asfalto quemaba y las sombras que había no bastaban para cubrirse. No había nadie que le espere o siquiera conocido. Sus compañeros se habían ido hace rato. Revolvía su bolso sin detener la marcha. Frustrado, pensando que no tendría refugio en la soleada esquina donde paraba el micro.

Contaba círculos y números, calculando que fueran suficientes. Contaba segundos deseando que la esperaba sea corta, cuando llegó la encordonada vuelta que no paraba de desprender calor.