Las olas se besan con el mar y mis labios se besan con los tuyos. Con un roce de pieles, se despiden el mar y la tierra; para luego encontrarse en un arrullo frágil; para encontrarse en ese deseo eterno e intransigente. ¿Qué tiene el mar para besar la tierra? Espuma efímera y perlada. ¿Qué buscará Poseidón en la curvatura de Gea que no la deja en paz? ¿Será algún pensamiento inmune a la razón, algún enigma indescifrable, o quizá alguna fiebre absurdamente despótica que recorre sus cuerpos? ¿Que tendrá las manos de Poseidón que Gea no suprime sus caricias? ¿Qué tendrán sus coqueteos que el Cosmos se fascina infinitamente y el Cronos cesa de existir? Nadie ha descifrado este acertijo que presagia los amoríos indomables de sus autores. Es un susurro del mar, cuando sus ondas efervescentes acarician la superficie arenosa de la orilla. En cada romper de ola es un grito de confesión. En cada marea alta es un pensamiento erótico. Una disputa permanente y pendular compone la búsqueda inmortal del que será sin cada uno. Transitan en el “que sea lo que el destino trace”, sin darse cuenta que siempre serán unánimes en propósito. Siempre el mar llegará a la orilla y siempre la arena se convertirá en espuma. Al parecer después de tantos milenios de vida, ninguno se da cuenta que no pueden existir sin cada cual. Pero, ¿qué se puede hacer? ¿Cómo se puede ayudar a el desenfreno?

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