Me llevo puestos los cuerpos que me rodean, las paredes que me encierran (¿o me abrazan?), las miradas que me acechaban hace tiempo. Me escapo, corro, salto, me hago chiquita, muy, doy vueltas en el piso, me abro como si mis piernas fueran capaces de rodear el mundo, me abalanzo contra la puerta, me pongo en cuclillas y me vuelvo a incorporar, mis pies se metamorfosean en dos trompos. No logro distinguir si es la tierra la que me sostiene a mí o si es al revés. Inspiro, exhalo con la fuerza de una ola que rompe sobre la playa, vuelvo a inspirar. En algún momento, el cd de Fiona Apple llega a su fin y escucho, detrás del murmullo de mi corazón agitado, cómo todos se despiden hasta la clase siguiente.

Lo admito: me gusta mucho salir de expresión corporal con la planta de los pies asquerosamente negra por la cera del piso. Me gusta aún más subirme al bondi-telo. El 68 de noche me hace acordar a la fotografía puntillosa de las películas que nunca vi de Gaspar Noé. Siento que soy la única pasajera que reconoce las grietas en su solemnidad: dentro de todo ese mundito tan simétricamente enfermo, de caras altivas y ojos almendrados, me sonrío al pensar que enloquecerían si vieran mis pies negros. Pies que son pura prueba de mis caídas y vueltas incesantes que atentan contra la prolijidad que se espera de mí. Y, tanto como eso, me gusta entrar a mi cuarto e inmediatamente escabullirme entre las sábanas, sin regalarle a mi cuerpo una mísera gota de agua y jabón. Algo en toda esa rebeldía anti-higiénica revela el capricho de negarme a dejar en el olvido la evidencia de mi felicidad.

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