Fluctuaciones del Once.
Pasajes hacia una perspectiva judía.
I.
Llego al Once o al mal llamado Once porque realmente es Balvanera. Veo lo mismo de siempre esa mixtura cultural que choca, se desencuentra, finge, pero está ahí. La comunidad judía (“la cole”), la comunidad musulmana, la boliviana, la paraguaya, los adorables “chinos” (que honestamente no son sólo chinos, sino japoneses, surcoreanos y taiwaneses en algún lado) y los amistosos africanos vendedores consecuentes de relojes y ropa.
Once es el barrio, o mejor aún, fue el nuestro barrio. Se lo reconoce principalmente por nosotros, los judíos, y no cualquier judío, el judío ashkenazí, pero lentamente se fue corriendo. La propiedad le pertenece a otros judíos. Los “rusos” fuimos despojados, llegaron los sefaradíes -o los cotur simplemente-. Ahora fabricamos y producimos por el Conurbano: Lanús, Quilmes o Lomas de Zamora. Aunque siempre se vuelve al barrio porque el barrio sigue siendo el barrio. Es nuestra huella. Acá seguimos encontrando las sinagogas mejor construidas y más grandes.
II.
Salgo del subte línea B: bajo en Pueyrredón donde hay combinación hacia la línea H que es parada Corrientes. Salí, me subo a las escaleras mecánicas. Camino por Corrientes unos pasos y doblo en Pueyrredón, el centro neurálgico del Once, para dirigirme a mi destino: un asado kosher en una comunidad juvenil judía. Avanzo lentamente y puedo ver explícitamente a una mujer, una mujer judía, una mujer judía observante. La veo haciendo malabares entre sus ocho hijos -¿es el número standard de chicos que tienen los ortodoxos?- y para no pasar entre otros dos judíos de unos cincuenta años cada uno (me digo a mi mismo: ¡el Tzniut!). Su manera de vestir la delata: peluca, camisón grande y largo, pollera hasta los tobillos y medias largas. Su vestimenta dice mucho, su práctica está en el estudio de la halajáh (la ley judía). En parte la quiero ayudar –me compadezco-, pero es una mujer judía ortodoxa y no va a aceptar ningún tipo de ayuda de un hombre desconocido que, encima, no tiene una kipá o peor, creería que soy un goi. En fin, mis mayores deseos que vayan con ella y pueda sobrevivir a esta nueva prueba de su Dios, Hashem.
Doblo inconscientemente y el camino me lo sé de memoria: tantos años, tantos momentos y tantas historias por estas calles. Siempre me resultó familiar esta calle porque es volver. ¡Estoy acá!
III.
Telas, locales, comercios, gente.
Guetos de judíos, musulmanes, cristianos, chinos y bolivianos: es el Once. Escucho al pasar dos personas que hablan idiomas confusos, no sé qué dicen. Pero hasta que agudizo el oído y empecé a reconocer: ¡es ídish!
¡Son dos paisanos! Es más, debían hablar tan rápido que no lo reconocí, pero escucho atentamente:
- Por esta tela, ¿cuánto?
- Cien el metro.
- ¿¡Cómo que cien, Shlomo querido!?
- Bueno, ciento veinte pesos y estamos.
- No te voy a pagar más de treinta pesos.
- Ochenta pesitos.
- DIJE TREINTA.
- ¡Pero Iosi! ¡Es tela de mitzrayim!
- Treinta o me voy…
- No te puedo rebajar más, son cincuenta y listo.
- Me voy a la una.
- Voy cortando la tela.
- A las dos…
- Dale, dale, dame los cuarenta pesos.
- A la una…
- BUENO, BUENO. ¡ESTÁ BIEN! TREINTA PESOS.
Así, de esta manera, se arreglan las cosas.
Veo a Iosi acercarse a la caja, mientras que Shlomo grita fuertemente: ¡Gracias por esta compra! Nos vemos el viernes en el beit hakneset, Iosi!
IV.
Once tiene su propia lógica y sus propios vaivenes. Me encuentro mirando los edificios que se construyeron mientras que yo no venía por acá. Estoy abstraído por la inmensidad del Once. Choco contra una pareja de musulmanes que me extienden la mano para levantarme. Me disculpo y aceptan las disculpas, me preguntan qué busco o si estaba perdido. No, estaba sólo recorriendo el barrio que tantos recuerdos me trae. Se ríen y se van por su camino. Llego al lugar que me esperan para comer el asado.
El asado termina cuatro horas después y me estoy volviendo. Estoy sobre la avenida Corrientes. Veo a la yuta decomisando a los etíopes, hay resistencia, hay tiros y no hay gente. Compañeros africanos corriendo por doquier y la Policía persiguiéndolos por el Once. La Policía se lleva a un par de etíopes, exactamente, se llevó a dos que estaban vendiendo –y como dicta el prejuicio- relojes, alhajas y pantalones. Los disturbios no existen, dejaron un resultado de personas detenidas y mercadería que se repartirán entre ellos, la “normalidad” vuelve al barrio.
Once tiene su lógica: sólo una comunidad ve a sus integrantes. El sujeto que no desea ver, no ve, y la vida transcurre como una llegada a Balvanera donde nunca existió un barrio llamado Once o donde nunca ocurrió una represión hacia unos etíopes trabajando y nadie se ha alarmado.
