Milu Kapite
Sep 5, 2018 · 5 min read

Un viaje hasta San Telmo

La estación de Alejandro Korn estaba desolada, había tanta neblina que dificultaba ver si el tren venia. Éramos unas 10 personas esperando el tren, quizás por ser domingo o quizás porque eran las nueve de la mañana. Azul, mi amiga de hace años acepto acompañarme hasta San Telmo. En ese barrio tan conocido de la ciudad de Buenos Aires, muy transitado por los turistas, hay un mercado, también conocido como la feria de las antigüedades San Pedro o mercado de pulgas, en donde venden objetos de antigüedad, hay bares con variedades de comidas y bebidas, verdulerías donde venden las más exóticas frutas que no se consiguen en ningún otro mercado y la ropa más vintage que se pueda conseguir. El aire acondicionado estaba encendido, adentro del tren parecía como si fuera la Antártida, quizás sea exagerado, pero afuera hacían apenas diez grados y las fuertes ventiscas se hacían sentir Al arrancar, los vendedores ambulantes comenzaron a ofrecer sus productos, el primero que comenzó en el vagón, el joven no llegó a los veinte años, de téz blanca, una sonrisa desesperada y demasiado alta, creo que llegó al metro ochenta . Llevaba dos termas grandes y esos vasos blancos de telgopor y azúcar y edulcorante en sobrecito. Ninguno de los pasajeros le compro aunque varios pareciendo necesitar uno El embarazo desde Alejandro Korn hasta la próxima estación, Guernica, tarda exactamente lo mismo que esperar a que el termo tanque caliente el agua. Los celulares pierden la señal, y lo único que hay para ver desde la ventana es solo campo, pero antes de llegar a ese campo desolado, primero pasa por una casa muy precaria, Sus calles están muy pegadas a ellas. Llamo mi atención un grupo de 5 nenes, no más de diez años, algunos descalzos y otros solo en remera y esos joggings que creo, tienen todos los nenes de esa edad. Estaban jugando a la pelota, y ni siquiera fueron las diez de la mañana, tal vez en un futuro, son la próxima selección. Azul se durmió en mi hombro. El recorrido de Korn hasta Glew, sin embargo, tarda unos cuarenta minutos, parece interminables, es decir, la familia sube y baja, ese domingo subieron más familias y algún otro joven, que por su aspecto, tuvieron un salido a bailar Es indudablemente el trayecto más largo desde nuestro punto de salida hasta Plaza Constitución. "Pan, pan casero, con y sin chicharrón calentito, veinticinco pesos" - ofrecía un muchacho, corpulento, con un canasto con alrededor de cien paneles. Subió en Guernica. El olor de esos paneles dejaban en evidencia de que estaban hechos ese mismo día, si podrían estar disponibles para ver el humo salir de ellos. "Dios la bendiga, muchas gracias" decía cada vez que alguien le compraba. Una mujer con sus tres hijos se sentaron adelante de nosotros, el mayor parecía de 14 años, y el más chico de unos 3 o 4 años. El llanto inaguantable del más chico causa que Azul se despierte y maldiga a todos los chicos del mundo "es por esto que nunca voy a tener hijos boluda" - exclamó, refregándose los ojos para sacarse las lagañas que le había quedado. La Madre le pego un grito junto con una zamarrea que hizo que ese nene, que durante más de diez minutos, de una estación a la otra, se calme. Tanto el solo como el mío solo porque quería un chocolate más grande que estaba ofreciendo un vendedor tan solo por dos por $ 15. Contemple el paisaje que me brinda la ventana con el sol reflejado en mi cara que se ve por los ojos, mientras que otra vez me gusta, los recuerdos de mi infancia, ese recuerdo que, por extraña razón, lo había olvidado Hace siete años, estaba con mi familia en la casa de mi abuela, el calor de ese día era sofocante, estaba sentado en la sombra del árbol que mi abuela odio toda su vida hasta que de repente se acordó que nos había comprado un regalo, fue a buscarlo y cuando la traía tenía una sonrisa gigante, recordé el color de la bolsa celeste, casi como consorcio, el regalo que nos tenia y era una pileta color inflable celeste, un sus costados, dibujos de peces y algas de colores. Mi papá la infló y con la manguera fue llenándola, mientras, en la radio chiquita que había llegado afuera para escuchar música, sonaba la misma balada que sonaba en el tren. Deje escuchar la canción e instantáneamente el recuerdo se esfumo. Luego de una hora y quince minutos llegamos a Constitución, la estación que siempre está llena, no importa que día y hora mar. El olor a choripán inundaba toda la estación, el mercado quedaba cerca de la estación, pero salía con una tarea difícil pero lo conseguimos, luego nos acercábamos a veinte cuadras, bajo el fuerte sol del mediodía. Ningún transporte publico nos dejaba cerca, asi que tuvimos que empezar a caminar si asi. Las calles de San Telmo tienen un aire rústico, es uno de los barrios más antiguos de la ciudad. Caracterizados por sus caserones coloniales y sus calles, muchas de las cuales aún tienen empedradas con adoquines, donde cientos de turistas como argentinos la transitan diariamente. Llegamos al mercado, ocupa una manzana entera, se realiza en la plaza Dorrego, corazón del barrio. Su techo está diseñado de vigas de hierro, con un color rústico, acompañado de planchas de chapa y piezas de vidrio, conservando su formato original. El olor a frito impregnaba nuestras narices apenas ingresadas por la gigantesca puerta. En la esquina, por esos pasillos solo se podía caminar de la gente que tenía, con canciones que te llevaban a los diferentes puestos. se realiza en plaza Dorrego, corazón del barrio. Su techo está diseñado de vigas de hierro, con un color rústico, acompañado de planchas de chapa y piezas de vidrio, conservando su formato original. El olor a frito impregnaba nuestras narices apenas ingresadas por la gigantesca puerta. En la esquina, por esos pasillos solo se podía caminar de la gente que tenía, con canciones que te llevaban a los diferentes puestos. se realiza en plaza Dorrego, corazón del barrio. Su techo está diseñado de vigas de hierro, con un color rústico, acompañado de planchas de chapa y piezas de vidrio, conservando su formato original. El olor a frito impregnaba nuestras narices apenas ingresadas por la gigantesca puerta. En la esquina, por esos pasillos solo se podía caminar de la gente que tenía, con canciones que te llevaban a los diferentes puestos.

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