Estaba en la primavera de mi vida cuando el viento se tornó de pronto en un frío insoportable.

Yo era una bailarina.

Muchos años en punta crearon en mí fervientes deseos de convertirme en un pájaro.

Pero una serie de eventos desafortunados me trajeron al ahora sin un solo atisbo de esperanza que me regrese al ayer.

Tenía 18 años y un futuro brillante que todos auguraban delante de mi.

Dejé que todos decidieran mi destino excepto yo en mi afán de intentar complacer a todos a mi alrededor.

La aeronáutica fue la única salida a mi deseo de trascender una vez abandonada la danza.

Sin embargo, diseñar alas ajenas no te acerca ni un poco al cielo “Un cielo de oportunidades” decían.

Pero mi único deseo era escapar de ese lugar tal como lo hacían los aviones que veía desde el aula.

La opinión de mis padres era la única que importaba.

Pero un asomo a mi futuro auguraba toda una vida de desencanto con la misma, repitiendo la rutina con los más altos estándares de calidad.

Mi fondo fue darme cuenta que era más grave decepcionare a mi misma que al resto del mundo.

Así que tome todo mi coraje y me sumergí en la incertidumbre de mis más grandes pasiones a pesar del tiempo y el que dirán.

Ahora, el viento es lo único con lo cual deseo hacerme uno.

Cada noche suelo pedir por encontrarme en la carretera con mis sueños olvidados en el cajón de mi buró y mi lista de canciones infinitas.

Nada que ganar, nada que perder, lo único que cargo es el intenso deseo de convertir mi vida en una obra de arte.