UN 14 DE FEBRERO EN EL LADO B

Siempre buscamos la historia de amor perfecta, el gesto romántico inigualable, el “y fueron felices para siempre” (aunque el para siempre haya durado muy poco). En cambio, qué poca importancia le damos a los corazones rotos, a las historias de amor no correspondido, a las que están llenas de lágrimas, a las que no encontraron el final feliz.

Son esas historias que nuestras amigas escucharon a cuotas: un día entre llantos por teléfono, en un segundo capítulo por Whatsapp, con más decoro y detalles en un café y en medio de la euforia de una noche de viernes, con mucho alcohol de por medio. Pero de esas historias no se habla en público, son las que dan vergüenza; por eso no las compartimos más que con nuestro primer círculo de confianza, si es que las compartimos (Cuántos hombres a los que les enseñaron que no se debe llorar se privaron de esa charla amiga).

Los amores imposibles los disfrutamos en el cine, con abundante pororó; pero no los queremos en la vida real. En la vida ¿real? queremos fantasía: la declaración de amor bajo la torre Eiffel, la boda en colores pastel, la foto perfecta al atardecer; el momento instagrámico.

A veces, buscamos eso con tanta fuerza que lo que encontramos es, justamente, amores de fantasía, de papel chifón. Y cuando llega la realidad, nos decepcionamos, nos sentimos traicionados, abandonados, vacíos.

Entonces, cuando aparece el dolor y en nuestra desesperada necesidad por dar vuelta la página , hay algo que olvidamos o no podemos predecir aún: Cuánto de lo mejor que somos lo logramos gracias a que nos rompieron el corazón.

Aprendimos a ser más exigentes, nos volvimos más fuertes. Descubrimos que hay que ser más cautelosos a la hora de confiar, dejamos de relegar las cosas que nos divierten para darle el gusto a alguien más. Aunque sea para distraer nuestra mente, profundizamos en nuestros hobbies para terminar descubriendo una vocación escondida. Adquirimos mejores hábitos, aceptamos nuestras imperfecciones. Nos volvimos mejores personas. Nos abrimos a un amor mejor, al más importante de todos: el que se da hacia uno mismo. Y al dejar esa puerta abierta, también permitimos que otras personas lleguen, como compañeras, a complementarnos; ya no para llenar necesidades ni espacios vacíos.

Hoy recuerdo mi peor 14 de febrero. Abandonada en el sofá, sola, haciendo zapping sin cesar huyendo de la programación especial para los enamorados. Llorando. Y pensando a la vez que me había convertido en esa lamentable protagonista cliché de una comedia romántica clase B en su escena más lastimera. Solo me faltaba el balde de helado.

Ese día aprendí que lo de tener un corazón roto no era una metáfora cursi. Me sentía quebrada. Cada vez que aparecían Julia Roberts o Hugh Grant al cambiar de canal le gritaba a la tele: “¡Me mintieron! Las historias de amor no tienen final feliz.” Yo me sentía todas las mujeres y a la vez ninguna. Pero definitivamente, no me sentía una Julia Roberts.

Cada tanto, lo buscaba en mi teléfono. Con los sentimientos encontrados a un nivel cuasi esquizofrénico, revisaba sus redes con la necesidad de saber qué hacía, dónde estaba y con quién; pero con el temor de leer una noticia suya que me demostrara que para él la ruptura no había significado lo mismo. Aunque sabía, que en cierta medida, era así. Retumbaban en mí cada una de sus palabras. Revivía frase por frase nuestra última conversación. Recordaba cuando en medio de la charla sonó nuestra canción en el café y me desarmé. Y la oración letal: “Yo no siento lo mismo que vos”.

Ahí estaba. De su boca, esa oración de la que había huido toda la vida. Por la que había cortado relaciones mucho más prometedoras anticipándome al miedo que sucediera. Las dijo él. Sin que le afectara el tono. Y de repente, todo cambió. Yo ya no era la misma ni él tampoco. Había pasado de ser esa persona dulce y confiable en la que había depositado toda mi confianza y amor para transformarse en otro ser desconocido y oscuro que me lastimaba de la forma más perversa.

Así, con siete palabras. Se había terminado.

Mientras revivía todo eso volvía a aparecer Julia Roberts en la escena final de la reconciliación y no aguanté. Le tiré un almohadón que apenas esquivó el televisor y me ahogué en llanto.

Recién ahora hice las paces con sus películas y entiendo lo que querían decirme: Que enamorarse es como cualquier proceso en la vida, donde se cometen errores y únicamente aprendiendo de ellos vamos avanzando hacia un siguiente nivel. Que la escena final del beso no tendría sentido sin la escena lastimera en el sofá.

En ese momento la comparación no me daba risa. Hoy, sí. Y no, aunque tiempo después el galán que corre a buscarme al aeropuerto para declararme su amor no llegó (y seguramente si llega no lo hará tan deslumbrantemente), es lo de menos: Yo me volví más fuerte y la vida se puso mejor. Y eso es lo que importa.

Por eso, este 14 de febrero, celebremos los corazones rotos y nuestra capacidad de reponernos a ellos.

One clap, two clap, three clap, forty?

By clapping more or less, you can signal to us which stories really stand out.