Te echo tanto de menos…

No hay día que no me acuerde de ti. Aún espero abrir la puerta y encontrarte sentado en el sillón con una sonrisa enorme y tus mejillas sonrojadas mientras pedías un vasico de vino para comer.

Escucho tu voz con tal nitidez diciendo “en menuda mujer te has convertido, qué orgulloso estoy de ti” que necesito abrir bien los ojos para ver que no estás aquí. Que no estás físicamente porque fuiste y serás mi ángel de la guarda, el que ilumina cada día de mi vida.

Cada vez que veo a los niños locos de contentos al llegar el viernes viajo hasta esos fines de semana contigo en el campo. Ese campo en el que me enseñaste lo que significaba un trébol de cuatro hojas.

Me acuerdo del columpio amarillo que me hiciste y como yo te gritaba que me empujaras más fuerte, más alto, quería volar como un pájaro hasta el cielo. Cielo que tiene el lujo de tenerte y desde el que me proteges tú ahora.

El hombre de la sonrisa eterna y el corazón de oro.

Me quedaba embobada cuando me contabas una de tus historias, era uno de mis momentos favoritos a tu lado. Me encantaba escucharte narrar y revivir cada palabra. Me enseñaste la magia que esconde una historia, el poder que tiene la imaginación para llegar a otros lugares y vivir otros tiempos.

Cómo disfrutabas con mis trastadas. Un pequeño demonio que te hacía reír a carcajadas y al que le dabas alas para volar. Me mostraste que lo más importante es ser fiel a uno mismo sin importar lo que diga la gente. Buscar mi felicidad sin depender de nada ni de nadie.

Un ejemplo de trabajo duro, constancia y saber estar. Nunca te escuché una palabra más alta que otra ni un mal gesto a nadie. Por muy duras que se pusieran las cosas siempre había lugar para el positivismo, para seguir adelante peleando fuerte.

Se quedaron muchas promesas en el aire, como llevarme de la mano hasta el altar o verme convertida en mamá, aunque estoy segura que de una forma u otra se cumplirán, me demostraste que las promesas son sagradas y que siempre debemos cumplirlas.

Me cogiste de la mano y me pediste que no me olvidara nunca de lo mucho que me quieres. Yo te quiero tanto que a veces me raja el alma, pero entonces recuerdo que me pediste también que no dejara nunca de sonreír y que si tenía que llorar que fuese de alegría.