Taller de escritura creativa en Ambalema

Tal vez en ese momento tenía demasiado tiempo libre o en realidad no sentía que estuviera haciendo algo verdaderamente útil con mi tiempo, así que decidí proponer una idea que parecía más un paseo de fin de semana.

Le propuse a una amiga que ya había trabajado con una fundación en Ambalema (Tolima) hacer un taller de escritura para los niños, más que enseñar algo la idea era aprovechar mi tiempo, divertirme y cambiar de ambiente los sábados en la mañana.

La Fundación Amigos de Ambalema Viva Ambaviva aceptó la propuesta para trabajar con niños de primaria y bachillerato un taller de escritura creativa de cuatro meses, con sesiones los sábados cuatro horas en la mañana. Ellos se encargarían de los viáticos y nosotras del taller.

Me senté a escribir un plan de trabajo, pensé cada una de las clases y cuando fue el momento del primer acercamiento sentí que todo lo que había planeado no iba a funcionar. Llegamos a los colegios y escuelas de Ambalema, hablamos con las profesoras y le explicamos a los estudiantes sobre el taller. No nos prestaron atención. Incluso algunos maestros no tenían claro si sus estudiantes sabían leer y escribir.

Sentí un poco de desilusión pero el viaje ya había empezado, así que regresamos a las dos semanas, un recorrido de casi dos horas desde Ibagué hasta Ambalema en un ‘seguro’ Rápido Tolima.

A esa primera convocatoria asistieron seis niños y se realizó un taller prediseñado sobre una fotocopia, una simple narrativa basada en unas caricaturas sin diálogo. Recogimos las hojas y las personas de la Fundación prometieron hacer más promoción, la idea era que al menos asistieran cerca de 20 niños.

Las siguientes sesiones se trabajaron con un promedio de 25 estudiantes, niños con edades muy diferentes y con gustos igualmente diferentes, cada uno de ellos empezó a aparecer como un mundo propio. Tímidos, juguetones, bromistas, amables, egoístas, dispersos, juiciosos, todos y cada uno muy diferentes.

Trabajo de narración colaborativa en grupos.

El compromiso durante esos cuatro meses fue que al finalizar el taller cada uno de ellos debía entregar un cuento que se iba a ir desarrollando en cada sesión. Hablamos de los lugares, del tiempo, de los personajes, de la historia, de las partes del cuento y de cómo romper las partes del cuento.

Taller de personajes con puesta en escena.

Finalmente cada uno de los niños entregó su cuento, algunos más extensos que otros, algunos decidieron cambiar al final la idea que habían desarrollado, y cada uno ilustró su cuento. Las sorpresas al final del recorrido demasiadas, no sólo fueron las mañanas que compartí con ellos, aprendí demasiado de sus cuentos, de su visión del mundo, de ese que es cada uno de ellos. Aprendí a ser paciente, a valorar lo que tengo, a soñar lejos, a ver en el otro un superhéroe. Aprendí que somos diferentes, que actuamos diferente, que así como algunos de ellos eran activos, otros simplemente miraban al vacío, pero aún así cada uno configura su mundo.

Ese día, antes de la clausura, lloré, de alegría porque algunos cuentos son demasiado graciosos porque así ven ellos el mundo, como una gran broma. Otros aunque hablaban de guerra terminaban en esperanza, porque no la han perdido. Otros hablaban muy a su manera de fe. Y otros me enseñaron que incluso a una edad muy corta algunas personitas ya entienden conceptos tan dolorosos como amplios como la muerte, el hambre, el dolor y la mentira. Yo quería que imaginaran su pueblo y terminé imaginándome en sus cuentos.

El taller desde el comienzo fue pensado como un espacio para que los niños encontraran un espacio diferente en sus tiempos libres, para que se inclinaran por la lectura, la escritura, la creación, para que se alejaran de las calles, de la realidad que no muy alegre viven muchos de ellos en sus casas, en hogares con padres ausentes, en situaciones económicas precarias y en un riesgo constante de terminar donde ellos mismos temían.

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