No te debo mi historia

Ni a ti ni a tu causa

Basta tener algo que decir y ganas de decirlo para poder decirlo. La obviedad anterior es premisa y comprobación de sí misma y no encierra mayor problema salvo aquél relacionado con la privacidad e interiorización del pensamiento propio. Tratándose de temas cotidianos, como la situación política del país, el rumbo que toma la economía, los desastres naturales internacionales y los no tan naturales nacionales y tejemanejes culturales, tanto la opinión pública como la individual se benefician del intercambio inteligente de posturas, conocimientos y puntos de vista ajenos. Incluso cuando no hay intercambio, escuchar de forma activa despierta en nosotros nuevas ideas y formas de encarar los acontecimientos diarios.

Hasta aquí todo parece favorecer la verbalización de nuestro pensamiento porque de nada sirve tener grandiosas ideas, o buenas ideas, o no tan malas ideas, si éstas se quedan en nuestras redes neuronales dando vueltas y mutando de una sinapsis a otra. La misma política parece funcionar en el ámbito de la vida privada: hablar siempre beneficia y mejora las relaciones que establecemos con los otros. Si se trata de problemas familiares, hablarlos; malentendidos con la pareja, externarlos; desencuentros con los amigos, señalarlos y continuar felices con nuestras vidas porque la expresión oral de los problemas permite, primero, conocerlos y luego disminuir su carga emotiva para resolverlos con mayor facilidad.

Queda el encuentro con uno mismo, la comunicación que uno tiene consigo y la forma en que resuelve los problemas relacionados únicamente con su estatus individual. Sin dudarlo, es derecho de cada uno permanecer callado para rumiar sus dudas, temores, incertidumbres y miedos. Y, sin embargo, cuando el conjunto de esos temores proviene de una situación sufrida por miles, o millones, de personas, considérese cualquier clase de abuso ya sea infantil, sexual, laboral o de género, entonces parece ser que, o al menos eso indica lo apropiado, nuestra obligación es contarlo todo a todos para ayudar a otros y terminar con las injusticias. Porque si no hablas y lo dices todo, perpetúas un evento que seguirá dañando a miles de personas más. Al decidir callar, de víctima/sobreviviente pasas a cómplice y no sólo quedas traumado sino también aislado porque no optaste por la verbalización de lo que te ocurrió.

Basta tener algo que decir y ganas de decirlo para poder decirlo. Pero deberían agregar esos partidarios irredentos de la catarsis trágica, del “callar no ayuda nadie” y “hay que decirlo todo siempre”, que su derecho inalienable a abrir la boca para sublimar rencores, temores, culpas y traumas termina en la decisión de otros de quedarse callados. Porque hay silencios que no son miedo, desconcierto, vergüenza ni adoctrimiento impuesto por un sistema abusivo. Hay quienes callan de forma consciente, razonada e incluso teorizada, como les encanta a algunos, porque guardar silencio sobre lo que les ha ocurrido los preserva del terror de volver a enfrentar una situación horrible, los ayuda a seguir adelante con lo cotidiano; incluso, para desconcierto de los partidarios del desangramiento en el escenario, es posible llevar buenas vidas en donde el recuerdo del evento sea únicamente una paleta de colores grises que cada día se difuminan más.

Pero los partidarios de la verbalización del dolor insistirán en que callar no es solidario, en que guardar silencio no provoca cambios, no enaltece la figura del abusado ni ayuda a otras potenciales víctimas, como si fuera obligatorio ayudar siempre y en todo momento, como si no fuera suficiente levantarse cada mañana y seguir adelante con la vida intentando hacer el menor daño posible a otros. Si pudieran, obligarían a todos a narrar sus dolores más privados, a abrirse las heridas en público cada noche como si fuera un espectáculo porque eso ayuda a otros, aunque no ayude al que hubiera preferido quedarse en silencio y olvidar. Porque en nombre de esos “otros” futuros, los que insisten en que hablemos sin parar pasan de nuevo por encima de los que, habiendo sufrido lo mismo, decidimos callarnos.

Y por eso, cuando nos preguntan si estamos con su causa o si nos ha pasado algo trágico que nos vincule a su lucha preferimos decir que no, que nosotros estamos muy bien, que no sabemos nada de eso. Los que preferimos callar antes que decir, obligados, algo que nos volverá a herir a nosotros mismos mentimos para obtener un poco más de solvencia de nuestra cuenta emocional, que ya estuvo en quiebra una vez, sin que los demás se sientan ofendidos o traicionados por nuestro silencio.

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