CELESTE

Me llegó un mensaje de Celeste en el que me preguntaba si quería ir a su casa. Celeste jamás me invitó a su casa. Desde el día que nos conocimos me dijo que, probablemente pasaría mucho tiempo hasta que conozca su hogar. Y, así y todo, eran muy altas las chances de que eso jamás ocurra. La cuestión es que no le gusta almacenar recuerdos en lugares donde no va a poder escapar cuando lo requiera. Ella dice que si besa a alguien que ama en una esquina la solución es no volver a pasar por ese lugar en el caso de que ese beso no haya podido trasladarse en el tiempo. Pero si ella besa a alguien en su casa, cuando todo termine, no va a poder escapar de ese lugar entonces prefiere evitarlo.

Todo esto surgió de una vieja relación. Su primer novio solía quedarse a dormir en su casa y, cuando cortaron ella tuvo que soportar el aroma de su piel en la cama. Una mesa vacía. Un rincón sin abrazos. Un jardín sin música. Desde ese momento supo que pasaría una eternidad hasta que alguien vuelva a plantar momentos en su espacio.

Pero hoy Celeste me escribió y me pidió que vaya a su casa. Me preguntó qué tenía ganas de comer y que eligiera dos gustos de helado. Lo hizo naturalmente. Como cualquier mensaje que te llega de tu novia preguntándote si querés visitarla. Pero para mí, este no era cualquier mensaje. Para mí, este, era EL mensaje.

Quedamos que, a las ocho, estaría tocando su puerta. Y así fue.

Celeste estaba hermosa. Con un vestido floreado y el pelo recogido. Me recibió con un cigarrillo en la mano y un abrazo fuerte y apretado. Casi se desarmó en mi cuerpo. Me abrazó como nunca. Me dio un beso, me tomó la mano y me llevó hasta la cocina para mostrarme lo que estaba preparando. Pastas con salsa a la crema. Me alcanzó dos copas, una botella de vino y me pidió que la espere en el living.

Me senté en un sillón comandado por un cuadro de Andy Warhol en colores rosa y negro. Miré a mí alrededor y pude ver una biblioteca adornada con muñequitos y algunas fotos. Me sentí completamente feliz cuando encontré entre varios títulos un libro que le recomendé cuando nos conocimos y a unos centímetros de distancia un muñequito de E.T que le regalé una tarde que paseábamos por San Telmo. Los jazmines puestos en un florero en la mesita ratona protagonizaban todo el lugar con su perfume.

Cuando Celeste apareció me miró y me sonrió. Bromeó disculpándose por el desorden inexistente. Nos besamos y, mientras yo llenaba nuestras copas con su vino blanco preferido, ella puso música. “Into the sun” de Sean Lennon fue el elegido. Un disco hermoso que nos encanta y que ambos poseemos.

-Me gusta tu casa.

-Gracias.

-Es muy vos.

-Es lo que dicen.

-¿Es lo que dicen? Así que tenés invitados.

-A veces.

-Pero a vos no te gusta invitar gente a tu casa.

-No me gusta invitar amores.

-¿Entonces yo no soy tu amor?

-Si sos mi amor.

-Pero estoy en tu casa.

-Pero sos mi amor, mi cómplice y todo.

Nos reímos y nos besamos. Me dijo que acababa de apagar el fuego. La comida estaba lista. Comimos. Nos terminamos el vino. Fumamos. Disfrutamos del helado. En el medio de la cena discutimos acerca de las películas nominadas al Oscar y las series prontas a estrenar.

De repente escuchamos como el cielo se vino abajo. Se levantó viento fuerte. Nos quedamos un rato mirando la ventana. Escuchando el sonido de las hojas. Hasta que Celeste bajó la persiana, apagó la luz principal y encendió unas lucecitas blancas que bordean una pared. Se acercó y nos miramos a los ojos por unos instantes hasta que ella comenzó a besarme lentamente cada centímetro de la cara. Yo la tomé de la cintura. Fuerte. Como pidiéndole que no se escape o que no me deje ir nunca más de su hogar. Nos abrazamos tan profundo que creímos habernos vuelto una sola persona. Nuestra respiración era exactamente igual. Estábamos sincronizados.

Todo absolutamente todo era diferente estando en su casa. Besarla, abrazarla se sentía diferente. Verla desnuda era como verla desnuda por primera vez. Había algo de especial. No sé si eran las luces o la noche o el nuevo deseo.

Hacerle el amor por primera vez en su cama era como una especie de película en la cual jamás me hubiera imaginado que iba a ser posible protagonizar. Nuestras voces sonaban particularmente bellas. Nuestros orgasmos fueron inmensos y tiernos.

Cuando nos enredamos entre las sábanas Celeste me contó sobre todos sus miedos. Lo hizo como nunca antes. Sus temores parecen sencillos pero para ella son terriblemente complejos. Yo la miraba y de a ratos la besaba y le decía una y otra vez que todo iba a estar bien.

-Debo sonar como una tarada.

-Para nada.

-Yo sé que mis temores no tienen sentido pero no puedo evitarlos.

-Por eso son temores.

-¿Alguna vez te plantearon idioteces como estas? No. Dejá. No me digas nada. Sabés que no me gusta que me hables de las personas que estuvieron con vos.

-Bueno.

-Te quiero.

-Yo más.

Se dio vuelta y se quedó dormida. La miré por un instante e hice lo mismo preparándome para todo lo que vendría cuando despierte. El día después de mañana.

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