Pronta despedida

Cuando yo estaba cerca tuyo podía sentir el sol dándome en la cara y sonreír. Aunque quizás estábamos merendando en el cafecito que abrieron nuevo cerca de la estación. Ese que tiene las paredes pintadas de colores pastel. En cierto punto parece una locación de una película de Wes Anderson y puede que eso es lo que nos hacía concurrir a menudo.

Lo que me gustaba de vos era la facilidad para reírte de todas aquellas pavadas que podían salir de mi boca. Hacíamos un gran “team” juntos. Pero hasta las mejores Selecciones van perdiendo uno a uno sus jugadores. Nosotros no podíamos ser la excepción. Nadie puede lograrlo. En menor o mayor medida todas las Selecciones se disuelven para darle paso a nuevos participantes. Como hiciste vos. Fuiste el primero de nosotros dos y está bien. Aunque se me partió el corazón en ochenta pedazos la tarde que me sentaste en ese mismo cafecito que tanto nos gustaba. Cuando llegué y te dije como siempre-: “hola, mi amor” y sólo hubo un “hola” de respuesta lo supe. En mi mente traté de rezar alguna oración pero como en todas mis pesadillas, en la realidad, tampoco puedo recordarlas.

“¿Café con leche?”, nos preguntó el mozo. “Sí. Yo si. ¿Vos, mi amor?” Volví a intentar. Nunca necesité tanto de esas dos palabras como esa tarde. “Sí.” Fue tu respuesta. “¿Para comer?” Nos miramos. “Estamos bien”, dije. Esta vez sólo asentaste con la cabeza.

“Hay otra persona, Silvia”. Y las fichas comenzaron a caer como caen las piezas en el tetris. Pero en el nivel avanzada. En ese nivel que no te deja acomodar nada. No podés reaccionar. Sólo podes desesperar y tratar de que todo quede lo más ordenado posible. “Perdón”, me dijiste. O me pediste. “Estas cosas no se meditan. No se piensan. No se miden. No se puede”. Tratabas de excusarte. Yo sólo miraba. Lo observaba. Pensaba en todos esos besos en el cuello que ya no iba a poder darle. Ya no iba a volver a sentir el perfume de tu piel. Ese aroma único e irrepetible que tenemos todos. Despedazaba mentalmente los recuerdos como un papel. Mis dedos creando caminos en tu espalda mientras mirábamos televisión. Los dos sentados en la cama comentando escenas mundanas. Estoy casi segura que hay cosas que no sé de vos. Que todavía no me contaste. Y un juego que nunca jugamos.

“Tu café. El tuyo”. Interrumpió el mozo y un poco me volvió a la realidad. No tengo idea qué fue lo que seguiste contando mientras yo pensaba en todas las cosas que nunca más iban a volver. En ese regalo que tengo en casa listo para darte. Era una sorpresa para la noche de nuestro aniversario.

“Silvia, ¿estás bien?”, preguntaste. “Las cosas que tengo en casa te las alcanzo con tu hermano. Me dijo que pasaba mañana no me acuerdo para qué”. Te respondí. No toqué el café con leche y sin contar saqué plata de mi billetera, la dejé en la mesa. “Chau”. Dije y me fui. No intentaste pararme. Me conocés. Me conocés bien como para saber que hacerlo era un esfuerzo en vano. “Silvia, ¿querés que te llame después?”, es lo último que preguntaste.

Silvia. Sonaba tan raro mi nombre en tu boca. No lo escuchaba desde que nos conocimos. Cuando no teníamos confianza y me llamabas con mi nombre completo como hace con todos los demás. ¿Desde qué momento me habré convertido en Silvia para vos? ¿Cuántas veces habrás querido llamarme Silvia desde las últimas veces que nos vimos? ¿Cuándo fue que me sintiste tan lejana que no pudiste siquiera acortar mi nombre? ¿Habrás sentido lástima alguna vez por mí? ¿En qué momento tu amor por la otra persona fue tan enorme que ya no pudo soportar mi presencia? ¿A pesar de todo me extrañarás? ¿Te dará ganas de comentar algo de la vida cotidiana conmigo? ¿Cuáles habrán sido las fallas de nuestro equipo para que decidas que se habían terminado los partidos juntos?

Repito esta escena todo el tiempo. Como el Doc rebobina para volver a ver la imágen en la que en su presente le avisa a Marty que lo descubrieron y le pide que se salve. ¿Habrás tratado de salvarme alguna vez?

Y a medida que pasan los días me voy olvidando cosas que antes tenía presente. Son como esa pintura que se va saliendo de la pared y un día caen al piso. Te estás descascarando. Y ya no puedo recordar bien qué fue lo que dijiste la primera vez que nos vimos. Ni cuál de todas tus remeras tenías puesta. Las calles que caminamos. Hay días que me levanto y pienso que paseamos por Bulnes y después creo que fue por Pueyrredón. Olvido tu voz y el color de tus ojos. Los confundo. Como me pasa con todas las personas que existen sobre esta Tierra. Entonces escucho los mensajes de voz que guardo en el celular como el más grande de los tesoros.

Una y otra vez. Todos los días. Un ratito. Hasta que un día desaparezcas y pueda rearmar mi Selección y, tal vez, jugar un nuevo Mundial.

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