She & him

Eran las ocho y media. En el celular sonó “Bar Italia”, la canción de Pulp que ella utiliza como alarma para despertarse todas las mañanas. Fue hasta la cocina, puso leche en una taza y la metió por dos minutos en el microondas. Entró al baño, se lavó la cara, los dientes y salió directo al vestidor. Casi con los ojos cerrados se puso lo que encontró. Cuando se paró frente al espejo y se miró abrió sus ojos y recordó.

Hacía calor ese mediodía. El día estaba hermoso. Algunos osarán de llamarlo “peronista”. Ella no. Detesta el peronismo, pero ese es otro tema. Se había reunido con gente de trabajo. Estaban en medio de una campaña publicitaria de la que formaba parte. Y, en verdad, ese mediodía no pensaba en nada más que en encontrarse con él. En medio de la reunión le llegó un mensaje recordándole lo poco que faltaba para ese encuentro. Ella sonrío y sólo pudo contestarle: “¡Qué lindo que sos!”

En el kiosco de la esquina compró dos Marroc. Uno para ella y otro para él. Caminó hasta Rivadavia y se tomó el colectivo que la dejaría a diez minutos del encuentro.

Se conocieron una tardecita en la que el sol caía y el tren no llegaba más. Hubo un accidente en uno de los tramos, lo que demoró su trayecto. Se miraron por un rato largo hasta que uno de los dos inició la conversación: “Este tren no viene más. ¿Hace mucho que estás esperando? Quiero llegar a mi casa”. Ella le sonrió como diciendo “estuviste bien” y le contestó: “Bastante como para estar de mal humor”. Todo lo demás es historia. No tardaron en pasarse sus números de teléfono, mucho menos en pasarse horas hablando.

Desde un primer momento ella tuvo una revelación: “No voy a volver a repetir lo que pasó con P.” y así fue. Entonces trataba de no extender el diálogo, siempre le hacía saber que no quería molestarlo. Pero ante todo, que no quería enamorarse. Le deseaba suerte en sus conquistas los fines de semana, le preguntaba cosas sobre sus amantes. No permitía por nada del mundo que se filtre una estela de ternura. Él si se lo permitía, ella no sabía qué hacer; cómo reaccionar, qué sentir. Le gustaba pero no le gustaba. Tenía terror de sembrar una semilla de sentimiento y que germine. No es que él no le pareciera lindo o interesante. Era simplemente que no quería quererlo.

El día anterior a volver a verse por segunda vez cara a cara hablaron durante todo el día. Mantuvieron charlas que jamás habían tenido. Quizás por las ganas, tal vez por el deseo pero ese día se hablaron de más. Se escribieron, fantasearon con la idea de pasar a ser amantes ardientes como Serge Gainsbourg y Jane Birkin, se desearon buenas noches y se fueron a dormir.

Ella siempre sintió nervios ante una primera cita. Quizás por las ganas de no hacer ninguna estupidez que lo arruine todo. Pero esta vez iba en el colectivo con una tranquilidad inusitada, sintiendo que iba a encontrarse con alguien a quien quería hacerle de todo y disfrutarlo como si fuera la primera y última vez, sabiendo que realmente era la primera y última vez.

Cuando se saludaron ella tuvo ganas de besarlo pero le dió un beso en la mejilla. Él sonrió. Ese mismo deseo siguió mientras compraban helado y, también, caminando rumbo a su casa. No quería mirarlo porque lo devoraba en la calle, delante de todos cuando en verdad no había nadie.

Llegaron a destino y él no alcanzó a cerrar la puerta que ella lo besó. Lo besó con deseo, lo miró con lujuria, con calentura. Con una calentura que nacía desde la profundidad de su ser. No llegaron a probar el helado, no llegaron siquiera a hablar. Esa “charla introductoria” que resume una vida y es casi obligatoria en toda cita no existió. No se lo permitieron y estuvo bien. Se miraron a los ojos, se lamieron, se sintieron, se exploraron.

Estaban acostados, abrazados cuando se miraron y por primera vez hablaron del “después”. Él habló del después como un recuerdo de aquel momento que estaban viviendo en el presente. Ella se sintió vacía. A pesar de tenerlo enroscado en su cuerpo lo sintió a kilómetros de distancia y la hizo sentir triste. Le dio tristeza tener la certeza que, de no verse más, ella jamás lo recordaría perfectamente. Sabía que al día siguiente comenzaría a dudar de su color de ojos, y al siguiente pensará que su voz era de una manera cuando en verdad es de otra. Más adelante olvidaría cómo se había sentido tocándolo y, hasta quizás, le cueste recordar cómo fueron todos y cada uno de los besos. Quién besó primero, si fue intenso. Ella lo olvidaría rápidamente y eso le dio tristeza.

-¿Estás bien?

-Si.

-¿Estás segura?

-Si.

Y no. No estaba bien, pero jamás se lo hubiera dicho.

Cuando volvió en sí. Parada frente al espejo, vestida exactamente como se vistió la tarde de la cita, tomó su celular y borró todo rastro de él. Sonrió recordando algo que le había dicho en una de sus primeras charlas y le dió la razón. Como dice Pablo Krantz: “Los extraños nunca dicen adiós”.

One clap, two clap, three clap, forty?

By clapping more or less, you can signal to us which stories really stand out.