Y todo lo demás también…

Me siento triste, tan triste. El otro día te escribí para saber cómo estabas y de repente me di cuenta que no hago otra cosa que preocuparme por cómo estás. No tengo idea cómo estoy yo. Lo verdaderamente importante es saber cómo estás vos. Hablar. Que sepas que estoy. Hundirme con vos en tu eterna tristeza. Decirte cosas bellas.

Me gusta recordarte todos los días: lo lindo que estás, qué es lo que más me gusta de vos, cuántas ganas tengo de verte. Sabés que no puedo esperar. Cada encuentro es felicidad. Tocarte, mirarte, sonreírte, abrazarte fuerte… hacerte fuerte. Una parte de mi *todo* necesita que estés fuerte, que seas fuerte, que vayas por la vida con la convicción de que sos fuerte.

Estábamos tomando un café con leche cuando me contaste sobre tu nuevo proyecto y yo me alegré. Te besé, te felicité, te dije que no podía creerlo. Me vi extasiada en un mar de cosas lindas. Todo era lindo porque vos estabas bien. Sonreías, hablabas animado. Hablabas de vos.

Esa tarde me habían propuesto algo sumamente maravilloso. Algo que, sin dudas, podía cambiar mi vida. No te conté nada. No preguntaste. No sabías qué era lo que estaba pasando porque no intentaste saber si algo había ocurrido en mi vida. No me importó. Nada importaba más que saber que vos estabas feliz.

A la noche me llamaste. Me contaste que estabas mal y yo traté. de todas las maneras posibles, de levantarte el ánimo. Entonces mi día se convirtió en una mierda porque vos sufrías. Esa propuesta que me habían hecho seguía de pie, avanzando a pasos agigantados pero todo era horrible porque vos estabas mal. Me tomé un taxi hasta tu casa, sequé tus lágrimas al llegar y dormimos abrazados. Bueno, en verdad yo te abracé. Vos simplemente te dormiste. De hecho, me dijiste que no era necesario que salga corriendo para tu casa de madrugada. Pero yo me moría de ganas de verte. Ok, siempre me muero de ganas de verte.

Llegó la mañana. Me fui a mi casa. Trabajé, hice mis cosas. El proyecto se concretó. Ese proyecto del cual jamás te hablé porque nunca preguntaste. Quizás porque te da lo mismo saber.

No me acuerdo qué hora era, sé que era de noche. Prendí mi computadora, revisé un par de mails, me preparé un café y te escribí. Cuando me preguntaste cómo estaba te respondí que feliz y nunca llegó la repregunta. Entonces me di cuenta de todo.

Recordé que existo. Recordé que acá estoy. Me miré al espejo. Efectivamente ese reflejo era una persona, mi persona. Un ser que necesita que le pregunten cómo está, cómo se siente, qué tal estuvo el día. Me vi el cuerpo lleno de moretones imaginarios. Cada moretón era la marca de cada caída donde jamás me sostuvieron. La habitación se volvió una pileta olímpica, se debía a las veces en que me encontré llorando y no tuve a nadie para que me alcance un pañuelo. Y en el medio de ese maremoto me di cuenta que me cansé de vos. También me di cuenta de lo mucho que te quiero, de todo lo que significás y de lo rápido que necesito que te vayas de mi vida.

No te dije nada. Total, ¿para qué? Lo más probable es que no lo notes. O lo notes cuando no tengas a nadie diciéndote lo lindo que sos, lo mucho que te extrañan, cuánto mueren por verte, la felicidad que contagiás si estás feliz y la tristeza que transmitís cuando el mundo te parece una mierda.

Quizás tampoco lo notaste pero apagué la computadora y me fui a dormir.