Antes de dormirme, desde la ventanilla del avión vi, o creí ver, la Luna. Parecía una ostia a punto de disolverse en una boca gigante. La imagen me hizo pensar cuánta poesía barata se había escrito en su nombre. ¿Cuánta basura espacial llenaba cartas y dedicatorias de seres netamente intrascendentes? “Sos el Sol que alumbra mi vida”, “Le pedí a la Luna que nos guíe”, “Te quiero hasta las estrellas”. Volví a pensar con cuánta facilidad los infelices se apropian de lo inabarcable. En un punto es algo lógico, lo inabarcable es como un baldío o una plaza pública. Por algo el espacio sigue siendo democrático.
Busqué a uno de los azafatos para pedirle otro whisky. No los encontré. Volví a mirar la Luna. Ahí estaba, deslucida, casi invisible, la roca más sobrestimada del Universo. En algún momento a las personas nos importó conquistarla. Ya no. Hace mucho que dejó de ser algo importante. Lo más destacado fue un hecho que pasó hace casi cincuenta años y ni siquiera se sabe si fue cierto. De todas maneras, significativo fue. Antes de que el hombre la pisara, millones de niños soñaban con ser astronautas. Casi todos los niños del planeta deseaban hacerse hombres flotando en el espacio, y probablemente siguieron con esa idea hasta que se hicieron adultos y malgastaron sus impuestos en la lucha contra los marcianos. Pero mientras fueron niños y el hombre no había llegado a la Luna querían ser astronautas. Mientras que las niñas soñaban con que algún pretendiente les dibujara su nombre entre las constelaciones. Su nombre, o su apellido de casadas. Las madres, en cambio, creían que su deber era alimentar los sueños de toda su familia mientras ellas evitaban suicidarse.
Este interesante equilibrio fue alterado el 16 de julio de 1969, cuando la familia tipo pudo ver una televisación interminable hasta que finalmente el Apollo 11 despegó hacia el espacio que, a partir de ese instante, pasó a ser finito. Mientras las emisoras aprovechaban para hacer lo único que saben hacer: aburrirnos, la familia tipo se hundía en la mesa, entre los wafles y el jugo de naranja, sabiendo que ya nada volvería a ser como antes. Finalmente, a las 9:32 hora local del complejo de Cabo Kennedy, después de un ruido ensordecedor, despegó algo parecido a un lápiz de labios gigante. Después de todo, la conquista espacial no deja de ser otra forma de conquista.
El cohete subió hasta desaparecer en la estratósfera, la familia tipo se levantó para ir al baño y pelearon en el pasillo por ver quién usaba el toillete al que no le funcionaba bien el botón del inodoro. Eso también pasaba en mi casa. Sentí pena. Pena, o algo parecido. Hacía mucho que me costaba sentir algo por alguien. Me solté el cinturón. Estadísticamente, el mayor índice de accidentes aéreos sucede en el despegue o en el aterrizaje. Cuando los aviones están en vuelo, planean. Es lo que saben hacer. Los astronautas también saben siempre lo que tienen que hacer, y la base de su exactitud consiste no tanto en sus capacidades adquiridas sino en su riguroso reclutamiento. Para ser astronauta es necesario tener un título de grado previo vinculado a la ingeniería, manejar dos o tres idiomas y -tal vez lo más importante- tener un comportamiento de base estable. Eso quiere decir: estar casado, tener una cantidad acotada de hijos (entre dos y cuatro). Por este motivo, no se aceptan parejas de astronautas, aunque es inevitable que algunos lo hagan después. La procreación, se sabe, es la base del género humano, y eso no escapa a los astronautas.
Este es otro punto por que el que considero que la conquista del espacio es, apenas, una manera más de seducción. Claro que los cantantes lo resolvieron bastante más fácil: un par de pantalones ajustados, unos agudos en tiempo y forma y todos los lugares comunes en las letras de sus canciones para conseguir lo que todo hombre ansía: una cantidad considerable de hembras motivadas. Por eso hay tantos músicos y tan pocos astronautas. Si no fuera tan exigente, la carrera de astronauta podría ser más exitosa. Sin embargo, está en vías de desaparición. Cada vez menos gente está interesada en viajar al espacio. Y no es todo responsabilidad de la Nasa.
De los cuatro integrantes del Apolo 11, Armstrong y Aldrin fueron los únicos que caminaron sobre el suelo lunar. El de la frase que dio lugar a la muerte de la conquista espacial fue Armstrong: “Un pequeño paso para el hombre, un gran paso para la humanidad”. Al parecer, el paso que dio no fue tan chico como se lo había imaginado, tuvo que saltar desde la escalera de la nave hasta el suelo lunar con esas botas que bien podrían utilizarse como bote de rescate. Su tocayo Neil la hizo mucho más fácil, se tomó un whisky y describió un mundo maravilloso desde la terraza de su casa. Porque, seamos sinceros: ¿A quién le importa la humanidad? La humanidad de facto no existe. A la colonia humana no le interesa definirse como tal. La humanidad es un compuesto. La toxicidad está por verse. Pero eso no le importa a nadie. La frase de Armstrong, sin embargo, caló tan fuerte en la consciencia colectiva que después de eso solo quedaba retirarse. De hecho, apenas pisó nuestro planeta Armstrong anunció que no tenía planeado volver a viajar al espacio.
Me acordé que durante un tiempo había investigado teorías conspirativas basadas en su carta natal. Una española aseveraba que Armstrong no fue a ningún lado. Lo suyo eran los viajes cortos. La española mostraba un dibujo redondo y señalaba con el cursor de la computadora un espacio en el que, al parecer, se veía con claridad lo falso del alunizaje. Decía que, de acuerdo a lo que se veía en su carta, Armstrong ese día había cenado junto a su familia y se había dormido temprano. La teoría conspirativa me llevó a otro video con un poco más de producción que estaba subtitulado. Se trataba de un documental sobre la hipótesis de que Stanley Kubrick había filmado el supuesto alunizaje en un estudio de Hollywood. El documental decía que la imagen de la Luna bajo el Sol era un guiño que podía interpretarse como la sonrisa satírica de Kubrick. Me pareció un tanto excesivo. Las conspiraciones no dejan de ser intentos persuasivos y, como tales, deben exagerarse para despertar el suficiente interés. De todos modos, tal vez Kubrick de veras haya hecho esa filmación, existen bastantes posibilidades de que el hombre no haya llegado a la Luna, al menos no en ese momento.
Pero, como dije, a nadie le importa demasiado ese pedazo de piedra abollado. Lo importante, ahora, era prepararme para volver. Necesitaba dormir. Ya tendría tiempo de ver qué iba a hacer después. Además, siempre podía pasar algo asombroso, algo que torciera el rumbo de los acontecimientos sin que fuera necesario forzarlos. Pensé que antes de la llegada del hombre a la Luna, el cielo emergía cada noche como una inmensidad pacífica y dócil. El mismo cielo que ahora atravesaba como si se tratase de una materia densa y oscura, antes, no hace tanto, había sido un gran manto. La Luna, incluso, antes de ser pisoteada era algo parecido. Antes de cerrar los ojos pensé, también, la verdadera pretensión de conquista espacial consistió en reivindicar el concepto de familia humana potenciando la idea de que no somos nadie. Esto fue posible con el simple truco de la escala. Existen dos maneras de minimizar algo: la primera es compararlo con otros más grandes -caso King Kong-, mientras que el segundo consiste en igualar el logro personal con el del resto de los mortales. Miré al chino para preguntarle si sabía que los primeros tripulantes que viajaron a la Luna olían espantoso, pero ya se había puesto los auriculares y miraba una película de acción sin subtítulos. Encendí la tele y me quedé mirando el recorrido del avión, que planeaba plácidamente sobre el Golfo de México.
