Desde hace algunos meses inicié un emprendimiento que me gusta definir como turismo espacial. Es una pequeña cabina en la que realizo viajes astrales. Es algo parecido a un viaje espacial con la ventaja de que es bastante más barato. Con poco gasto adicional, digamos. Alcanza con que me paguen lo que un empleado promedio gana en una jornada diaria.
Viajar, lo que se dice viajar, no viajo. Al menos no desde que llegué a Buenos Aires. Permanezco casi todo el año en lo que en algún momento fue el engendro de un inmigrante italiano al que hoy llaman casa chorizo: dos habitaciones consecutivas seguidas por un baño y la cocina al fondo a la que se llega atravesando el patio lateral. Un rectángulo con habitaciones cuadradas, techos altos, sin expensas.
Vivo sola. En la pieza de adelante realizo los viajes y en la del fondo hago todo lo demás. Antes de morir en la casa de su amante en España, Francis Bacon vivía en algo similar. Adelante tenía su atelier y arriba una pequeña habitación del tipo camarote de tren. Lo más notable de su caso era la desproporción que había entre los dos ambientes: su espacio de trabajo era extremadamente desordenado y grande, mientras que su casa resultaba demasiado angosta, asfixiante y pulcra. Mis cuartos, en cambio, son similares. La pieza de adelante está casi vacía y la de atrás también. La de adelante tiene apiladas varias colchonetas, una mesa baja con un cuenco, una lámpara de sal de tamaño mediano y algunos sahumerios; en la otra hay un colchón en el piso, una cacerola que ataja las goteras y dos o tres perfumes.
De la casa de Bacon me traje varias ideas y un problema. Su nombre es Tales y podría decirse que es mi amante astral. El también puede desdoblarse. Su técnica es asombrosa. En cuanto lo vi quise tocarlo, no tanto porque su cuerpo me pareciera atractivo, sino porque mi técnica nunca había sido tan precisa. Enseguida supe que Tales no pertenecía a mi misma escuela. Lo verifiqué en cuanto lo vi desplazarse de modo vertical. Sólo los pitagóricos se estabilizan en el aire de esa manera, ni siquiera los hindúes pueden hacerlo.
Verlo parado me dio risa, hacía bastante tiempo que no me pasaba. Mis clientes suelen ser tímidos. Yo, incluso, tartamudeo al hablar. No suelo decir lo que pienso y, mucho menos, estoy dispuesta a llenar con mis ideas el espacio que otros no quieren ocupar. Tales es parecido. Se limitó a observarme. Por la definición de sus pupilas pude saber que estaba nervioso. El no lo sabe, ni deberá saberlo nunca, pero sus huellas digitales quedaron impresas en la casa de Bacon. Mi desnudez no tuvo la culpa. Tampoco digo que la culpa haya sido suya, Tales se mostró firme y preciso, y se esforzó en alardear movimientos extremadamente ágiles y flexibles, como un felino. Sin embargo, desde el instante en el que nos vimos por primera vez, sentí que su cuerpo estaba destinado a ceder ante mi.
Esa noche saltó desde el techo hasta el borde la cama, y se mantuvo en equilibrio mientras me hablaba. Tenía el pelo negro, cejas tupidas, ojos que apenas sobrepasaban la proporción aurea, movimientos de brazos expansivos con los que ampliaba su pecho al hablar. Todo en él me decía que teníamos en común mucho más que el hecho de habernos encontrarnos en un museo en Dublin.
Inicialmente los rusos habían ideado un satélite en forma de cono para que girara mientas hacía mediciones del espacio observable, pero a partir del espionaje del proyecto norteamericano descubrieron que el proyecto Vanguard iba a estar listo antes. Fue así que los rusos recalcularon el proyecto y lanzaron el Sputnik 1, cuatro meses antes. Cuando la Nasa consiguió que el Vanguard fuera puesto en órbita, Kruschev lo ridiculizó comparándolo con un pomelo. No pasó mucho tiempo para que los imitara.
No recuerdo ahora quién dijo que hay que tener cuidado al elegir a los enemigos porque uno termina pareciéndose a ellos. De hecho, en ruso, la palabra sputnik significa “compañero de viaje”. Me gusta pensar que Tales y yo podamos ser algo así. Sin embargo, lo que entiendo de nosotros, y acá el nosotros no es el plural de la humanidad que no existe como un todo sino un pronombre exagerado para nombrar a dos, lo que entiendo de “lo nuestro” es que no va a ser posible.
Cuando repaso ese primer encuentro veo que lo que me molestó de él fue que, después de reparar en cada milímetro de mi imagen distorsionada, después de recorrerme con la vista, se desnudó él también. La situación emperó cuando se acercó hasta quedar a unos pocos cetímetros de mí. Sentí el calor de su energía presionando mi campo etereo, su fuerza me debilitaba. Podía percibir que mi forma se desvanecía a medida que él se acercaba. Tales, en cambio, se volvía cada vez más nítido, como si su figura se fortaleciera por el simple hecho de ser vista.
El maestro de Yogananda se paseaba desnudo por el Ganges porque le gustaba provocar a las mujeres que ahí lavaban la ropa. Incluso los hermanos Kastos, vaya nombre que tenían, lograron fotografiar sus auras como vinieron al mundo el la punta de la Torre Eiffel. Supuse que Tales retrocedería al darse cuenta de que yo también estaba al tanto de las normas de etiqueta de nuestra condición. Sin embargo, se volvió aún más sobre mí y sentí que me atravesaba como un puñal, nuestros cuerpos etéricos se confundieron por un instante. Intenté alejarlo con mis dedos desdibujados, pero él no retrocedió.
-Mucha estudio y poca clase. Típico de los norteamericanos, dijo.
Quise decirle que no tenía razón, que estaba completamente desactualizado, que nosotros habíamos avanzado mucho en este último tiempo y que podríamos no ser los primeros pero que no descansaríamos hasta ser los mejores, pero no podía hablar. Intenté volver a mi cuerpo real pero estaba tan débil que no conseguía encontrar mi punto focal para reconstruirme. De esto me había hablado el maestro el día que me dio los pases. Mi maestro había hecho mucho hincapié en que nadie debería acercarse nunca a menos de un metro de nuestro campo porque eso podía generar una ruptura en la estructura genética que podría ser irreversible.
Era evidente que Tales conocía los códigos. Pese a eso, siguió penetrando mi forma hasta que me desvanecí y mi lámina luminosa cayó al suelo. Recién ahí se alejó unos pasos. No se esfumó, sino que esperó a que mi brillo se reactivara sin mirarme. Creí percibir desilusión en él. Intenté volver a elevarme y salir del estrato más bajo de la materia, pero la inercia no me permitía hacerlo. Fue ahí cuando Tales extendió su mano y vi que había armado un vórtice de rescate. Lo envolvió con sus manos hasta que tuvo forma redondeada y me lo lanzó. Me incorporé apenas y lo introduje entre lo que quedaba de mis omóplatos. Sentí que mi mente se aclaraba. El cuarto de Bacon volvió a tener coloración, pude ver que afuera se había hecho de día. Intenté separar los labios para preguntarle por qué había actuado de esa forma, pero volvió a darme la espalda.
-Así no -dijo unos minutos más tarde- Tu campo etéreo es demasiado débil. Gorriti 2030, décimo B. No llegues después de las tres.
