El día que cambié unos Lucky Strike por una persona

Si no fuera por ese departamento que era una extensión de mi persona, ese verano pudo haber sido igual a los anteriores. El aparente orden del lugar era la fachada perfecta para el vacío. Ahí cohabitábamos sin tocarnos; cada uno haciendo lo indispensable para no perderse en el eco del otro, cada uno reflejando lo que prefería ignorarse: la falta de trabajo, las deudas, el naufragio que se vive al saberse sin pareja y la ausencia de energía para retomar el curso. Sin embargo había días donde funcionaba como cualquier persona: hablaba con el terrario, cantaba a las plantas, comía en el Mercado Juárez o escuchaba a Gonzales mientras fumaba un porro. También hubo poco días -escasos, diría yo- donde me enfocaba en sacar el primer proyecto de Resonante. Esos momentos eran acceder a un lugar donde no existía lo demás sino la consigna de encontrar a esa persona que nos hiciera sentir que todo se había alineado para contar su historia.


Esa mañana desperté muy temprano para alguien que no tenía mayor objetivo que pasarla. Sufría de ese escalofrío que provoca la resaca y lo primero que hice fue limpiar el desorden. Me duché, bebí agua y busqué en mi libreta una señal que podría ayudarnos con el documental. La había conseguido por medio de Favela y más que una confirmación era una vaguedad -como muchas que tomamos en esa primera etapa-. Era probable que la expectativa distaría mucho de la realidad, así que para “optimizar tiempos” tracé un plan alterno. Si no daba con ese lugar, caminaría hasta su opuesto y entrevistaría a quien se suponía me esperaba “sin concertar una cita, uste’ venga joven, aquí lo atendemos y pues ojalá esté el Don que es el que sabe de lo que quiere, porque verá, él ya no tiene la edad para estar aquí en la asociación”.

Con el calor de Monterrey daba igual si se estaba en julio o agosto. Salí con esa fragilidad que da la resaca y el sol me recordó mi condición. Caminé por el centro de Monterrey hasta la Independencia. Me era increíble que la vida se manifestara a las 10 de la mañana -con una temperatura por encima de los 36 grados-. Para mí todo era una imagen sobre expuesta, una saturación de luz, calor y sudor. Mientras cruzaba el Río Santa Catarina había olvidado lo que era la brisa, sólo andaba porque si me quedaba en casa, el vacío me esperaría sin reproches y no tenía humor para ser una persona funcional. Así que empecé a soñar con el documental y también a odiarlo. Me preguntaba si esto era lo que debía experimentar alguien que quiere hacer algo que le apasionaba y el calor era la respuesta. Y la Independencia no era un oasis.

Apenas llegué a la orilla de la colonia y una sensación de alerta me invadió. A pesar de andar de día, toda la ignorancia -que se da con los años de leer periódicos y hacerle caso a amigos y familia- me volvían prejuicioso. De una casa se escuchaba música vallenata, en una esquina los perros se tiraban a la sombra y jóvenes en motoneta daban vueltas escudriñando a todo el que transitaba. Sí, era la mezcla perfecta para que alguien como yo se pusiera nervioso -y la resaca maximizaba todo-.

Permanecí en una esquina en completo silencio. Buscaba el momento donde ya no pasara nadie para echar un vistazo. Algo dentro de mí me decía que había ido en vano y lo comprobé al buscar ese lugar que había hablado con Favela. Revisaba Google Maps y ninguna fachada coincidía con el color que la aplicación me señalaba. Era como si la hubieran borrado, como si hubieran desaparecido todo vestigio para que nadie pronunciara su historia. Anduve de un lado a otro. Contaba las casas, revisaba su numeración y ahí estaba más no era la misma. Lo que antes era una asociación de fútbol amateur, en ese instante se presentaba como un espacio lleno de polvo, con la cerradura forzada y un olor a orín y thinner. La realidad nuevamente me decía que ese documental estaba lleno de problemas. En ese momento me decepcioné por creer en falsas promesas.


Volví a tener 15 años. Nuevamente era ese joven que le invadía la timidez y el mundo le era un lugar inaccesible. Sabía que debía preguntar a los vecinos pero no encontraba las palabras para acercarme. Otra vez era presa de la falta de confianza y mi 1.91 de estatura poco valía en un lugar que me sobrepasaba.

Encendí un cigarro y ya no importaba la resaca y el calor.

Toqué a la puerta. Balbuceé sobre el lugar y la señora me dijo que no era de aquí sino de San Luis -como la mayoría de nosotros que hacemos de este sitio una ciudad de inmigrantes-. Crucé la calle, toqué en otra casa y no contestaron. Me fui a la esquina y compré una Coca Cola. Fue en ese instante que al ver ese local abandonado le pregunté al despachador. Todo comenzó con un comentario casual, como quien intenta romper el hielo al hablar sobre el calor en la ciudad o dice al aire sobre la alineación que debió tener Tigres o Monterrey. Y así como fue de impensada mi charla, fue de rápida la respuesta: “no sé pero el de la Ferretería tuvo un hijo que jugaba en esa liga”. Agradecí y corrí a ese lugar. Apenas entré y vi el estante principal lleno de copas y recuerdos de equipos deportivos. Por un instante respiré aliviado, aquí había algo y sí, ese algo me decía que se habían movido hacia la Nuevo Repueblo. Era el mismo lugar donde estaba mi Plan B, ese que me advertía que podría ir “sin concertar una cita, uste’ venga joven, aquí lo atendemos y pues ojalá esté el Don que es el que sabe de lo que quiere, porque verá, él ya no tiene la edad para estar aquí en la asociación”. Salí y esa esquina empezó a tener actividad.


De la calle Colima a la Nuevo Repueblo hay como 20 minutos de caminata. En ese tiempo no me podía permitir pagar un taxi -unas cervezas y cigarros sí porque… pues… prioridades-, así que decidí caminar por 5 de febrero y buscar espacios donde la sombra fuera una aliado. El ruido de los camiones, el smog que salía de sus escapes, la música a todo volumen y el sol de las 12 del mediodía me tenían hirviendo. Era como esa rana que la pusieron en un balde de agua y no se daba cuenta que encendieron la estufa y moriría por la ebullición. Encendí otro cigarro y en una esquina vi a un grupo de indigentes que platicaban entre sí. Pasé de largo, evitaba hacer contacto visual, aún así se me acercó uno para pedirme un cigarro. Por lo general nunca me niego pero en ese tiempo estaba corto de todo: de oportunidades, amor, dinero y vicios. Al instante que se lo di, algo hizo clic y recordé esas noches que estudiaba periodismo y me iba a platicar con los vagabundos. Si algo aprendí de ellos, es que tienen las mejores referencias sobre el lugar. Son como piedras que ya se han memorizado los rostros y rutinas de las personas. Y este indigente no era la excepción.

-Oye, ¿sabes de alguien que viva por la zona y haya estado en la asociación de fútbol que estaba en esta calle?

-Si me das un cigarro te puedo decir quién.

-¡Hasta diez y la caja si es verdad!

Fumaba mientras se ponía en medio de la calle. Estiraba su mirada y hacía un conteo mental. Me jaló y aunque vi a los camiones acercarse, ni nosotros ni ellos tuvimos intenciones de movernos.

-Vas a contar 3 calles y subes. Es un chaparro, ya grande pero él entrenó a varios chavillos de la colonia. ¡Eh, Toño!, ¿tú jugaste en el equipo del chaparro, verda’?.

-Simona. -responde sin dejar de rascarse la cabeza.

Le prometí que iba a dejarle la caja de cigarros si era verdad. A él le daba igual, vivía el presente y este tenía forma del cigarro que le ofrecí. Caminé y no sé si el corazón me latía por la mezcla de Coca Cola y cigarro con resaca o por la emoción de volver a encontrar otra pista. Me estaba haciendo adicto a ese tipo de situaciones.


No he conocido Yucatán. Lo único que he sabido de ese estado fue su intento de separarse de México. Sin embargo, Yucatán me interesaba. Ahí era la calle donde encontraría al chaparro. Era la única referencia que tenía. Esa y que era anciano y había entrenado equipos de fútbol amateur.

Al doblar la calle lo vi. Iba bajando por la acera, vestía pantalón gris y camisa blanca. Sí, era chaparro y viejo. Me le acerqué con nerviosismo y él lo notó. De reojo vi que trataba de ocultar algo de su bolso. No me había dado cuenta que él creía que lo iba a asaltar.

-Disculpe, ¿usted entrenó equipos de fútbol?

-No, joven, me confunde. Yo tengo un negocio aquí a la vuelta.

-Disculpe la confusión. Muchas gracias.

La calle se vacío. Era como si esa persona fuera hecha de arena y el viento la alejaba de mí. Me cobijé bajo un árbol y pensaba si debía tocar de casa en casa. Preferí ir a un taller de bicicletas. Me informaron que en esa calle vivía él, era más arriba. Subí de la emoción, llegué a la esquina y me llamé “pendejo” por no hacer preguntas específicas: ¿Qué tan arriba? ¿Cómo se llama ese señor? ¿Saben el número de la casa?. En la esquina había un Banorte y una tienda -¿Cuántas tiendas hay en la Independencia?-, interrumpí la hora de comida de los dueños del changarro y esta vez fui muy específico.

La casa del chaparro estaba una abajo de la tienda.


No recuerdo la hora pero por la posición del sol ya eran pasadas de las 12. La casa estaba pintada de blanco. Afuera tenía unas lonas de partidos políticos como “cortineros”. Toqué a su puerta. Era de metal y me quemé los nudillos de la mano. Pasaron unos minutos. No escuchaba nada. Volví a tocar. Me quemé nuevamente los nudillos pero no importaba. De hecho no recuerdo pensar en algo en ese momento. ¿Acaso así se siente cuando ya llega la hora de enfrentar tu destino? ¿Acaso así se vive cuando llegas a ese lugar que tanto habías anhelado?. No encontré respuesta a esa preguntas ni a mis llamados. Resignado giré y comenzaba a ir hacia abajo. Antes de dar 3 pasos, volví y toqué.

Se abrió la rendija de la puerta.

Realmente era un señor muy chaparro.


-¿Sí?

-Buenas tardes, ¿Es el Señor Buendía?

-¿Sí, en qué le puedo servir?

Le expliqué a qué había ido. Ahí, en ese 21 de julio del 2015, bajo un calor de más de 36 grados, en la hora donde el que está afuera corre peligro de insolación, hablé sobre el documental y lo que quería hacer con él. Le conté sobre lo que habíamos pasado como colectivo y todo lo que viví de Colima a Yucatán para dar con él. Le expliqué sobre lo que me comentaron de él, que fue entrenador, que estuvo en esa asociación, que entrenó a un Toño que ahora era indigente.

Él miraba hacia arriba. Detrás de sus gafas había una persona que esperaba que me callara. Cerró la rendija y abrió la puerta. Me invitó a pasar a la sala con ese paso cansado que tienen los que ya han recorrido tantas canchas y cuando se puso delante mío, posó humilde sobre sus recuerdos: fotos familiares, fotos religiosas, copas, estampas deportivas, libros de Tigres y habló. Me contó su biografía, de dónde venía, su familia, su encuentro fortuito con el deporte, la Independencia como el único lugar donde ha vivido, de sus amigos, de niños jugadores que se convirtieron en adultos responsables, de las peleas por recuperar el espacio, las anécdotas y los huracanes, la inseguridad y su ocupación actual. Fueron más de dos horas donde escuché a una persona hablar con tanta intensidad sobre todo lo que había pasado y mientras más lo escuchaba, más estaba seguro que él era el documental.


“Lo encontré”, puse en el grupo de Resonante en Whatsapp. Como todos éramos una incrédulos -más por las falsas pistas que por nuestra personalidad- les envié dos fotografías del lugar donde me encontraba. Esas pruebas fueron suficientes para que todos viéramos la luz y pasáramos a la siguiente etapa. Me despedí de Don Ramón con la promesa de visitarlo los días posteriores con el Director de Resonante y juntos establecer los días para la filmación.

“Lo encontré”, me repetía sin cesar y cada vez era reafirmar mi reconciliación con el periodismo y mi agradecimiento por vivir ese momento en la pobreza y soledad para poder llenarme de esa experiencia.

Cuando llegué al departamento descubrí que el vacío -que vivía conmigo- se había marchado. Y también la caja de Lucky Strike que le regalé al indigente.