Instant Poetry, Vol. 2

Creo que fue Monsivais quien dijo: “Hay dos lujos que son imposibles de adquirir en la ciudad: silencio y soledad”

02 de 11

Lo interesante de caminar de noche es el aparente sosiego con el que te cobija la metrópoli. Es como si a todas las cosas les disminuyeran su euforia y sólo así puedes ver sus entre telones:

  • Unos pasos que te acechan, dan vuelta a la esquina, se pasan el rojo y cuando te detienes para confrontarlos, descubres que son tu propio eco.
  • Un mundo que ha sido vaciado por las ansias de quienes viven de día y ahora le vuelven a dar forma al rellenarlo con papas fritas, refrescos, agua, café, dulces, panes y cigarros.
  • Unos faroles que hacen más pesada la ausencia de los transeúntes.
  • Unos oficinistas que no les alcanza el tiempo e invierten su vida en poner en orden sus pendientes.
  • Unos oficiales de tránsito que no tienen ganas de aplicar la ley.
  • Unos automovilistas que -aunque estén muy lejos de uno- te parpadean con la amenaza de que si te atraviesas es bajo tu propio riesgo.
  • Unos vendedores que entre historias e historias de otros pueblos y playas, van dándole forma a collares y pulseras de hilos multicolores y piedras de amatista u obsidiana.
  • Un viene-viene que mueve su pañuelo por pura inercia.
  • Unos actores de teatro -¿o bailarines de danza contemporánea?- que fuman después de la función. Allá lo dejaron todo, acá se quedaron consigo mismos.

Esta no es la hora normal para volver a casa. Lo sé porque el aroma que dejan los estudiantes, obreros y oficinistas es demasiado tenue. Esta es la hora en que los carritos de hotdog combinan su esencia con el de los floreros ambulantes. Es la hora en que las barredoras le quitan a la calle esa imagen de vomito, sudor, alcohol y sangre. Es la hora en que algunos indigentes estiran la mano, no para pedir limosna sino para alcanzar el trozo de comida que hay en el fondo de la basura. Es la hora donde los gerentes de restaurantes y cantineros salen con las sobras de la jornada y llaman a todos los perros y gatos sin techo. Y de la estación Zaragoza emerge el aullido del último Metro de la noche.

Corro.

Voy como si ya no hubiera otra forma de regresar a casa, aún así mi ser sigue varado en este momento. Cuando llego a las escaleras, observo alrededor para cerciorarme que todo se quedó como lo había vivido. Es en ese instante que se me revela lo siguiente:

Murmura la urbe

lo que la noche calla:

“Todo es preciso”.

Sí, tal vez sea un lujo poseer un poco de silencio y soledad, pero esta ciudad no escatima en ofrecérmelo de vez en cuando.