Instant Poetry, Vol. 2

03 de 11

Cuando estás en las bancas de la Cineteca -en Monterrey- es díficil ver la puesta del sol. La noche te toma por asalto en lo que lees un libro o fumas un cigarro; las personas van despoblando el lugar y te quedas con la música ambiental, con el zumbido de los mosquitos. Los árboles te hacen sombra -pero como dije, ya no hay sol sino la luz de las farolas-, los guardias encadenan las puertas y uno está resignado a volver al centro de la ciudad. Es en ese momento cuando te descubres en blanco, no tienes antojo de pasar el tiempo en un bar o regresar de inmediato a casa; más bien aceptas que estás en un limbo. No hay allá ni aquí, no hay tiempo que perder ni mucho menos que recuperar. Lo único que queda es la solemne despedida. Ese silencio que se susurran los que saben que ya es el final y de nada sirve eludir a los pocos corredores que quieren romper su récord. No hay lugar a donde ir y por primera vez lo reconoces sin angustia.

La ciudad parece estar hecha de lentejuelas. Los coches, los edificios, los estacionamientos y las farolas son sus fulgores. Justo ahí uno entiende su lugar en el mundo y cuando el río Santa Lucía resplandece en colores cálidos y fríos, algo se acomoda en mi interior:

Somos lo mismo:

Una espera apreciando el fluir de las cosas.

Tal afirmación me congela. ¿Quiénes somos lo mismo? ¿Está aquí a mi lado? ¿Existe? Batallo para encontrar la respuesta, no obstante es la primera vez que no me siento huérfano sino arropado: la ciudad -como yo- buscamos algo que nos lleve a un estado de plenitud.

Voy hacia el centro. Aún no sé si a un bar o casa. Eso ya no importa.

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