El oscurantismo en la era Trump

Por Mixar López

Revista Generación

El Oscurantismo en la era Trump es la extrema oposición a la expansión, divulgación y transmisión del progreso latino y del conocimiento de las clases populares inmigrantes, a que una cultura se manifieste o emerja entre las clases sociales de Estados Unidos. El oscurantismo contemporáneo se le atribuye al acto de Donald J. Trump de defender ideales, posturas o conductas irrazonables, absurdas o retrógradas. El neo-oscurantismo es una ideología que obtiene su máximo auge en la Edad del Racismo y el Auge y Renacimiento del Ku Klux Klan (KKK) el nombre adoptado por varias organizaciones de extrema derecha en Estados Unidos creadas en el siglo XIX. El neo-oscurantismo de Trump es lo contrario al libre pensamiento y encargo en tierras extranjeras, sus opositores lo asocian normalmente con los preceptos fascistas. Durante la época Trump se le conoce como una estación de oscurantismo en Estados Unidos, y como un periodo sombrío, infructuoso, e improductivo en la historia de las ideas, y el saldo, ya que según varios analistas, el Estado se propuso abolir y suprimir todo tipo de sangre, raza e ideología que no le proporcionaba beneficio alguno, y la población inmigrante, al verse privada de cuestionar los dogmas fascistas, adoptó esas “realidades reveladas” las cuales no admitían critica, ya que al no reconocerlas, serian obligados a recapacitar, regresarse a sus “cloacas” o ser perseguidos hasta la muerte.

​No te sorprenda si en veinte años, en los colegios, se enseñe el párrafo anterior como parte de la historia de Norteamérica. El neo-oscurantismo aún no existe como tal, pero falta poco para volver a adoptar esa ideología que en el siglo XVIII utilizarían los filósofos de la ilustración para referirse a los enemigos conservadores, especialmente los religiosos, del progreso de la Educación y su concepto de difusión liberal del conocimiento.

​Lo más triste, es que en el futuro, se vea en las aulas a un expresidentes Donald J. Trump como un superhombre, más que como un lerdo villano oscurantista. Es hora ya de educar a nuestros hijos, es hora de aceptar la propiedad, la iluminación, puesto que la sangre y el trabajo está en todos nosotros, muy dentro, en nuestras venas que nos recuerdan de donde somos y a donde vamos.

​Yo, como Juan Gabriel: “No sabia, de tristezas, ni de lágrimas, / ni nada, que me hicieran llorar. / Yo sabía de cariño, de ternura, / Porque a mí desde pequeño, / eso me enseño mamá, / eso y muchas cosas más. / Yo jamás sufrí, yo jamás lloré / Yo era muy feliz, yo vivía muy bien… Hasta que lo conocí, vi la vida con dolor… Y es que todo estaba bien, yo trabajaba en Iowa de la manera más placentera, hacía todo tipo de trabajos relacionados al Bricolage y la Ingeniería —por así decirlo — y ¿por qué no? los fines de semana me sojuzgaba en asistir a algún bar por la noche y conocer a alguna chica del lugar, asistir a un concierto de Rock o de Folk y beber un par de cervezas. En mi barrio, en Des Moines, Iowa, no había fobias raciales de ningún tipo, era una comunidad sana y placentera; llegué a pensar inclusive que el paraíso se encontraba en Norteamérica, como todo inmigrante, que el sueño americano realmente existía y que lo estaba viviendo en carne viva, a fuego, a cal y canto. Todo era perfecto, mis hermanos mexicanos, puertorriqueños, costarricenses y cubanos trabajábamos todas las mañanas hasta que se volvía a poner el Sol, llegábamos a casa con las manos magulladas, las ropas sucias, las cabezas dolientes de calor y los ánimos arriba, pues un puñado de dólares refulgía en nuestros bolsillos. Pensábamos ya en las miradas aquellas, los ojos de nuestros hijos al ver esos dólares triunfar en las remesas mexicanas. Dinero, fajos verdes que comprarían juguetes, consolas de video o tenis caros y llamativos. Madres que solventarían la boca y estomago de los mismos, que construirían un piso más del departamento o la casa, que comprarían un auto o un horno de microondas, una tina de baño, el perfume dispendioso. Para todo eso es el dinero ganado en EEUU, para afianzar con un hilo escuálido el sueño de las familias latinas, el espejismo absurdo de la burguesía y la buena vida… algunos lo logramos, otros no, no lo lograrán nunca más.

​Esta mañana había salido de “mi casa”, como de costumbre, tomé las llaves de la camioneta que me llevaría al lugar en donde trabajo y manejé por Grand Ave hasta llegar a Principal Park, sentía un encono metiéndose en mis sienes, como pequeños cutters afilados, eran las miradas de los norteamericanos, haciendo mella en mi cabeza. El odio está presente ahora, la verdad es que nunca lo había sentido, diez años de estar refugiado en Estados Unidos y nunca había tenido un solo altercado de odio, hasta esta mañana. Ellos me veían como un zombie, cuando soy yo, somos todos nosotros, quienes hacemos su césped, quienes los nutrimos y cuidamos de sus descendientes, los zombies son ellos —quise decir al instante — , pero no hay que fomentar esa animadversión, están cegados, oscurecidos por un racismo infructuoso. Pasarán años, lo sé, para que logran entender que el motor del país está en la fusión sanguínea de las razas.

​Es una tristeza ver a esta nación devastada por el odio y el racismo, completamente armada de adminículos y palabras hirientes, no entiendo, no sé qué diablos harían sin todos nosotros dentro. Ellos quieren un muro, pero ellos ya tienen un muro, la muralla está en ellos, una pared que les impide ver más allá de sus armas, su antipatía, sus pertenencias y sus Snickers en sus gavetas. El murallón está ahí, levantado desde hace años, sólo faltaba alguien que lo hiciera evidente, que encendiera esa hoguera de odio y les dijera que sí, que deberían levantar un par de metros más en ese muro de vergüenza y hormigón imaginario y tumbar cientos de metros de inteligencia en sus mentes.

  • ​No deja de ser asombroso que hayan adquirido el reflejo automático de ocultar la verdad para no ser cuestionados, pese a que las consecuencias de esa postergación son catastróficas. Nada de lo que se oculta, es para siempre. Y en el momento fatal que el agua dejó de fluir en Estados Unidos, el acabóse se manifestó. Es realmente incomprensible que se pretenda seguir ocultando evidencias de odio, que tarde o temprano, terminan emergiendo brutalmente, sin retorno y a plena luz.