EL ÚLTIMO PLATO
La pena de muerte es el castigo máximo, la vergüenza total por la que un humano puede pasar. Una persona llega y toma la vida de otra en razón de sus acciones. Es un asesinato legitimado que tiene buen color en los ojos de los vengativos y un sabor amargo en las bocas de los humanitarios. Una violación, un homicidio, a veces solo un robo y ya van para la silla. Hay varias formas: electricidad, jeringa, la horca en las legislaciones más románticas; lo cierto es que el resultado es el mismo, un obituario.
Lo más macabro puede ser saber que lo van a matar, la hora y el día. El juez dicta sentencia y el tiempo en prisión se vuelve el último de sus vidas. Saben cuándo van a dar su último respiro y el morbo está en contar los días que quedan. Tratan al hombre como un animal que ya no produce, que se portó mal y solo queda dormirlo porque no sirve. Se deshumaniza a la persona, se enajena su ser y pasa a figurar como un número más en la lista de cosas por hacer.
“Hombre muerto caminando” es lo que corean cuando pasa el condenado. Respira y se mueve, pero está muerto como cualquier bicho aplastado. Sabe lo que le espera, no le aguardan sorpresas y conoce la razón de su fin. Un señor de poderío un día consideró que la manera de sancionar al que mata es matándolo, quizá para dar un ejemplo y que los demás no lo hicieran, quizá solo para saciar su odio.
Es tratado como escoria aquel que rompió el orden, aquel que osó a comportarse de manera desagradable para el resto de la sociedad. Merece la muerte y por lo tanto se tiene que sentar en la silla, humillado ante sus pares. La historia de la pena de muerte data de cientos de años atrás, investigaciones y estudios han aportado al tema; lo cierto es que lo que mueve al ser humano para matar a otro es la venganza, las ganas de que sufra lo mismo que hizo sufrir a terceros.
A Jesús lo mataron, lo tomaron y lo crucificaron ante el pueblo. Un hombre extraño dijo venir de Dios y los romanos se asquearon tanto que lo tuvieron que matar, le dieron la pena de muerte y Pilatos justificó su homicidio. Tuvo una efectividad efímera, Jesús tenía un as bajo la manga que descubrieron tres días después con un cierto desdén; lo importante es que sufrió como cualquier hijo de fulano que mandan a la horca.
Vulgar y simple violencia contra violencia, pero adornada de legitimidad en el papel de una ley. El Estado se convierte en el verdugo y elige en qué circunstancias se puede matar y en cuáles no. En Costa Rica, don Tomás Guardia Gutiérrez, quizá influenciado por la dulce voz de su esposa Emilia, abolió la pena de muerte en el siglo XIX y demostró humanidad al mundo entero.
A pesar de la desafortunada manera en que tratan ciertos delitos, ha de rescatarse un detalle digno de analizar: el derecho a una última comida. Es eso que ven en las películas cuando al criminal le permiten elegir lo que van a comer justo antes de morir. Minutos antes de desaparecer para siempre, el condenado recupera su condición de hombre y recibe un tratamiento como tal.
El remordimiento de algún señor en un trono hace muchos años provocó que al “muerto en vida” le dieran a escoger su última cena — así como la de Jesús y sus doce mejores amigos (menos uno un tanto turbio). Las peculiaridades de los delincuentes los acompañan hasta sus últimos antojos y de todo se ha visto en el menú. Comidas grasosas, una aceituna, dulces, la comida de siempre. Es un recuerdo que les va a durar menos de una hora, pero se van satisfechos. No todos aceptan, unos mueren en su orgullo y otros no se resisten a esa comida tan deseada. Es un punto blanco en una hoja negra, es prueba de que en todo lo malo un milímetro de bueno hay. En los pasillos más sórdidos hay sentido de humanidad, hay compasión.
Este gesto es como una sonrisa entre todos los soldados que te van a fusilar, un haz de luz que no te ayuda a salir pero te hace saber que hay un afuera. Es la manera en que ratifican la condición de humano del pobre que se va a morir.