Yo lo vi

La caja de recuerdos riverplatenses que conservo arriba de mi placard está llena de conformismo. Algunas frases de “amor por un club en ruinas” de jugadores, un festejo -o desahogo- el 23 de junio de 2012 cuando ascendimos y mi amor implacable reflejado en todas las entradas de todos los domingos en cualquier categoría. La foto de Ramón Díaz con el título n°35 y la entrada de la final de la Sudamericana versus Nacional aplastan esos recuerdos amargos y tiñen la caja de alegría. Pero ahora sí, ahora llegó el recuerdo más importante. Ahora tengo ganas de verdad de recortar fotos y titulares de los diarios y guardarlos, junto con la entrada, en la caja.

Porque siento que ando liviana, que me saqué un peso de encima. Porque ahora voy tranquila por la vida diciendo: yo lo vi. Basta de anécdotas de las que no tengo noción, de videos borrosos en YouTube. Ahora sí. Ahora quiero guardar la caja sólo para mostrarle eso a mis hijos, les quiero contar que el 5 de agosto de 2015 vi a River Campeón de la Copa Libertadores, que me tembló todo el cuerpo en el recibimiento. Les quiero contar cada uno de los detalles de la Copa, que fue de película: la fase de grupos (¡nos clasificó milagrosamente el equipo con el que jugamos la final!), Boca y el panadero, el baile a Cruzeiro en Brasil, la presión contra Guarani y la final: esa noche de lluvia inolvidable. Del Muñeco. De todos y cada uno de los jugadores. De lo que cambia que la dirigencia de un club esté manejada por gente que verdaderamente sabe y no por ladrones ineficaces.

La parte emotiva no la voy a dejar pasar en el relato a mis sucesores, que empezó antes de ir a la cancha cuando mi viejo se puso la chomba roja que mi abuelo –que por poquitos meses no llegó a vivir esto- usaba cuando iba a la cancha, y cuando terminó el partido me confesó: “no me vas a creer pero… pensé en mi viejo y vino el primer gol”. El abrazo sin fin bajo la lluvia con mi hermana cuando terminó el partido. Las caras de emoción y de “pellízcame porque no lo creo” de los hinchas con los que había compartido tribuna en los peores momentos. Si en algún partido desastroso de los que vivía en la cancha con mi papá allá por 2009 o 2010, bajaba Dios y me decía: “En unos años lo vas a ver a River campeón de la Copa acá”, lo hubiese tratado de chanta y hubiese abandonado todo tipo de religión.

Entre mis metas a mis diecinueve años se encuentran recibirme y trabajar de lo que me gusta. Pero puedo decir que ayer cumplí una de las metas. No meta futbolística, meta de vida. Perdón a la gente que cree que son veintidós tipos atrás de una pelota y me va a tratar de loca, perdón a mi mamá que me paga dos lucas de facultad todos los meses pero: ayer taché uno de los objetivos de mi vida. Yo lo vi. Ya está. No puedo pedir nada más.

Por María Julia Córdoba

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