Generaciones

Julia Córdoba
Feb 23, 2017 · 2 min read

Me enseñaron a decirle la abuela Nona, pero cuando crecí la empecé a llamar “la abuela Nazi”. Me contó que bailaba rock and roll sacudiendo una pollera roja a lunares en los ’60 y que “la revoleaban hasta el techo”. Después, se casó con mi abuelo, piloto de avión y militar. Él vivía su vida de aventura mientras ella abandonó sus estudios y crió a los cinco hijos que tuvieron. Que podrían haber sido nueve, porque perdió cuatro.

Mi abuela es fanática del Opus Dei, sabe con cuántos se encamó Cristina Kirchner, está chocha con Macri y la última dictadura militar fue una guerra. Repite sin cesar que la marihuana es la puerta de entrada a las drogas pesadas y que el aborto es una locura.

A los 45 años se separó de mi abuelo. Empezó a dar clases de Catequesis a jóvenes y asistió a cursos de educación. Su propia vida. Mi abuela mira series en Netflix, se toma el bondi con sus joyas de oro y tiene impecable su departamento.

Yo nunca la escuché demasiado. No coincidimos en nada. Una vez, se armó una discusión en un asado de domingo. Mi papá, como para no perder la costumbre, me dijo que tendría que estudiar algo un poco más… un poco más interesante que periodismo. Seguramente debería ser abogada como él. Toda mi familia se lanzó al coro griego de debates sobre qué tendría que estudiar yo. Finalmente, mi papá lo logró y me fui llorando a mi pieza. Al rato entró la Nona, y me dijo bajito: “no le des bola a nadie, vos hacé lo que a vos te guste”.

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