Buses Lep

-¡Dale Vicky, que ahí viene!- Le grité cuando vi que el colectivo de la nueva empresa que cubría el recorrido desde San Francisco hasta Córdoba, doblaba en la entrada de la Terminal y se estacionaba justo frente al local de Arcor. Vicky se había ido a sentar a los bancos de la parte de adentro de la terminal porque hacía como media hora que esperábamos y el colectivo no venía y no venía. Como estaba atrasado, el chofer se bajó rápido, ni bien estacionó el colectivo, y empezó a cortar boletos y a subir a la gente lo antes posible. Vicky estaba sentada en uno de los bancos del interior de la terminal y cuando me escuchó, guardó su celular en su cartera de cuero, se acomodó los lentes de sol y el largo pelo negro, tomó la manija extensible de su valija con rueditas y se encaminó hacia la plataforma número dos de las cuatro que tiene la Terminal de Arroyito.
Cuando Vicky abrió la puerta vidriada y la vi salir al aire tibio de la tardecita de domingo, me dejó casi sin aliento. Vicky, mi amiga de la primaria, la que tuvo locos a los chicos desde el jardín “Los bichitos de luz” hasta que terminamos el secundario en el Instituto Nuestra Señora de la Merced. La morocha de ojos azules, la de los dientes perfectamente alineados y blancos. La de los labios finos, la de las tetitas tiernas, tibias y suaves. La que se animó a los jeans blancos en la adolescencia. Pero también la Vicky de hoy, con sus apuntes de la Facultad en la cartera, la camisola hasta debajo de la cola y las calzas negras. La Vicky de hoy estaba enojada y eso la ponía todavía más linda. Una sutil mueca de sus labios, con la que desnudaba un colmillo, era lo único que podía mirar cuando tenía los amplios lentes negros sobre los ojos. Ese gesto era suficiente para darme cuenta que Vicky estaba del orto. Media hora de espera la había puesto del orto. Y ni les cuento cuando el chofer nos dijo que el pasaje estaba sobrevendido y que íbamos a tener que viajar paradas. Me miró incrédula, se puso los lentes sobre la frente, e increpó al chofer casi a los gritos y con gestos frenéticos. 
Que teníamos el mismo derecho que los demás pasajeros porque habíamos pagado lo mismo y algunos viajaban sentados y otros teníamos que viajar parados, era un argumento que no dejaba dudas. Que no podía ser esa media hora de demora y esa incomodidad porque al día siguiente ella tenía que rendir, eso ya era un poco mucho. Vicky hizo la pequeña fila para dejar el bolso en la bodega del colectivo y le dio un peso de propina al changarín. Después, con gestos de visible enojo, se subió y se acomodó en la mitad del colectivo. Aquel pequeño ómnibus unía la ciudad de Córdoba con las ciudades del este provincial desde hacía solo unos días. La empresa que antes hacía aquel recorrido se había presentado en quiebra. La empresa Buses Lep había tomado la posta, con unidades mucho más nuevas pero también mucho más incómodas que las de la empresa anterior. Los choferes estaban peor pagos y trabajaban más horas. Pero claro, eso abarataba costos, y entonces la ley de la oferta y la demanda se impuso implacable. Aún para Vicky se impuso implacable, que accedió a pagar los 180 pesos del boleto, a pesar de que su abuelo paterno hubiera sido intendente de la Ciudad de Arroyito y de que su madre hubiera heredado más de quinientas hectáreas de campo en la zona de Las Varillas, que tenían un rinde promedio de cuarenta quintales de soja por hectárea.
Y allí estábamos Vicky y yo, viajando un domingo a la tardecita para Córdoba, después de visitar a nuestros parientes y pasar el fin de semana en Arroyito. Allí estábamos paradas en la mitad de aquel colectivo, apoyadas en el respaldar de las butacas. Yo la miraba a Vicky y ella resoplaba y escribía frenética en su celular. Cada tanto levantaba la vista y me hacía algún comentario sarcástico con voz suficientemente alta como para que la escuchen los demás pasajeros. Después volvía a su celular. Quince minutos después de salir, la llamó su papá y Vicky le dijo que no podía ser, que apenas llegáramos a Córdoba iba a ir a la boletería a reclamar que nos devolvieran la plata del pasaje y que iba a radicar una denuncia en el ERSEP, que esos caraduras no se la iban a llevar de arriba. Y después le dijo que no repetidas veces, porque su papá le insistía con que nos bajemos del colectivo para que él nos lleve en su auto. Seguro íbamos a llegar más rápido en ese Honda bajito, como de competición, que tenía el papá de Vicky, pero ella no quiso saber nada y le decía que no, que mirá si se iba a molestar, que el error había sido sacar pasaje en esa empresa de mierda y cosas así.
Durante la hora y media que duró el viaje, Vicky nunca cambió la cara. Guardó los lentes de sol porque se hizo de noche y se dedicó a ir mirando la pantalla de su celular, mientras la luz tenue le bañaba el rostro y la camisola. Esa camisola blanca que tan bien le quedaba y le caía sobre los hombros, el pecho y, finalmente, se posaba en su abdomen perfecto y se perdía entre sus piernas. Yo, resignada, buscaba los ojos cómplices de Vicky sin éxito, y miraba al resto de los pasajeros, sobre todo a los que iban sentados. Por ahí alguno se hartaba de estar en la misma posición y nos ofrecía la butaca. Sólo me llamó la atención un hombre de lentes y barba que tenía su luz individual de leds encendida y leía un libro. Nos miró varias veces, varias veces miró por la ventanilla a esa llanura implacable, y después siguió leyendo su libro. Era el único que leía en todo el colectivo.
A las nueve y media de la noche llegamos a la ciudad de Córdoba. Vicky seguía de mal humor. Juntó sus cosas, bajamos juntas del colectivo y yo la esperé mientras ella fue a la bodega a retirar su valija de rueditas. Con paso ligero nos fuimos al piso de abajo, a la boletería de Lep, a reclamar que nos devolvieran el dinero del pasaje. La escalera mecánica no funcionaba así que bajamos por los amplios escalones de mármol desgastados. Vicky, furiosa, golpeaba las rueditas de su valija en cada escalón que bajábamos. La boletería, siendo casi las diez de la noche de un domingo, estaba desierta. Solamente una chica de unos 4 o 5 años más que nosotras estaba tras el vidrio, vendiendo los boletos. Cuando Vicky le habló nerviosa exigiéndole la devolución del dinero, la chica nos miró a las dos y nos escribió en un papel el número de teléfono al que teníamos que llamar para hacer el reclamo. Vicky le empezó a gritar que eran unos caraduras, que la empresa que estaba antes era mucho mejor, que era su obligación moral devolvernos el dinero. La chica, inmutable, nos dijo que la única manera de hacer el reclamo era llamando a ese 0 800 que nos había escrito en el papel. Vicky se dio vuelta intempestivamente y dejó un halo de su perfume en el aire del subsuelo de la terminal de ómnibus de Córdoba. Yo agarré el papelito con el número anotado y me lo guardé en el bolsillo.
-¡Pará! ¿adonde vas Mariana?- me dijo cuando yo enfilé hacia las escaleras. -¡Tenemos que ir al ERSEP!- Era obvio que un domingo a esa hora el ERSEP estaría cerrado. Fuimos igual y lo comprobamos. Después las dos subimos por las escaleras mecánicas que habían empezado, súbitamente, a funcionar. Recorrimos la pasarela que pasa sobre las plataformas de la terminal, justo cuando el Lep salía hacia el Bulevar Perón. Llegué a escuchar una puteada a regañadientes de Vicky cuando lo vio. Esperamos un rato en la fila que se había formado para tomar un taxi hasta que quedamos al frente del muchacho que abría las puertas de los taxis y cargaba los bolsos. Vicky chequeó la cartera para ver si tenía dos pesos, pero no encontró, entonces me pidió a mi. Llegó el taxi, el muchacho cargó el bolso de Vicky en el asiento de adelante, y nos subimos. Le dejé la propina, le dije gracias, y nos cerró la puerta. Vicky le dijo la dirección (Irigoyen al 300) y el taxi arrancó. Santi, el novio de Vicky, iba a ir a dormir a su departamento esa noche. Fue por eso que Vicky no me ofreció quedarme a dormir. Cuando no iba Santi, Vicky me invitaba a dormir en su departamento, para que no me tuviera que ir hasta el mío en Barrio Jardín. El taxi agarró por el Bulevar Illia y cruzó la Chacabuco. Al llegar a Independencia dobló a la izquierda y frenó en el espacio que el cantero del medio del Bulevar deja libre de tránsito. Cuando el semáforo dio la luz verde, se dispuso a avanzar. Claro que el taxista nunca se imaginó que una moto se le iba a frenar justo a la izquierda de su ventanilla. Y mucho menos se iba a imaginar el taxista que el muchacho que manejaba la moto, atrás de su casco rojo, le iba a decir que se frene ni bien cruce el bulevar, mientras lo apuntaba con un revolver de caño negro que asomaba por debajo de su campera. Yo, que iba del mismo lado del chofer, pero en el asiento de atrás, le agarré la mano a Vicky. Vicky no se había dado ni cuenta de lo que estaba pasando porque le estaba escribiendo a Santi. Levantó la vista y pude ver como la palidez le inundó el rostro.
El taxi cruzó el Bulevar y se frenó. La moto frenó al lado. El muchacho que venía atrás de la moto no tenía casco. Se bajó de la moto y trató de abrir mi puerta, pero estaba cerrada. El del casco rojo le seguía apuntando con el revolver al taxista. Entonces el otro, el que no tenía casco, dio la vuelta y se subió al taxi al lado de Vicky, porque Vicky no había puesto el seguro de su puerta. Nos pidió la plata y los celulares. Las dos obedecimos y le dimos todo lo que teníamos. 
Lo que siguió fue muy rápido. Porque no nos esperábamos que el taxista tuviera un arma en la guantera, y mucho menos que la sacara rápido y le tirara al muchacho que estaba sentado atrás, dándole entre el pecho y el hombro. Y muchísimo menos nos esperábamos que el que estaba en la moto con el casco, cuando vio lo que pasaba, se animara a dispararle al taxista y saliera rápido con la moto por la Independencia. Pero lo más inesperado de todo fue que Vicky se sacara de encima al que estaba sentado al lado suyo, gritando “!Culiao mirá lo que me hiciste!” mientras se agarraba el pecho para contener la sangre. Y que después Vicky se moviera rápido y le saque el arma de la mano muerta al taxista, y le tire otro tiro al muchacho moribundo, dándole en el cuello. Yo, aturdida y en la nube de humo con olor a pólvora, abrí la puerta y salí corriendo. Vicky demoró unos minutos más mientras le volvía a poner el arma en la mano al tachero y recuperaba nuestra plata y nuestros celulares de entre la ropa ensangrentada del pibe muerto. Ya había llegado a la esquina cuando la vi bajarse del taxi por la puerta de atrás que yo había dejado abierta, ir hasta la puerta del acompañante, bajar la valija de rueditas, y venir corriendo torpemente hacia donde yo estaba esperándola. La miré y le pregunté si estaba bien. Advertí que había recuperado el color en el rostro y los ojos le brillaban incandescentes. Tenía la camisola salpicada con sangre y las manos sucias. Me dijo que fuéramos al departamento, que Santi la iba a matar. 
Nos fuimos caminando rápido por Irigoyen hasta llegar al edificio donde tenía el departamento Vicky. Santi estaba abajo esperándonos. Le contamos lo sucedido. Ambas omitimos, sin habernos puesto de acuerdo previamente, lo que Vicky había hecho. Santi nos dijo que era una locura, que cómo no habíamos llamado a la policía. Le pidió el celular a Vicky y llamó al 101. Vicky subió al departamento para darse una ducha y cambiarse mientras Santi y yo esperamos a la policía en la vereda. Vinieron en una camioneta, les contamos lo que había pasado. Avisaron por el handy a otras unidades que podía haber un taxi con dos fallecidos sobre calle Independencia. Al rato Vicky bajó y estaba, como siempre, espléndida. Fuimos los tres a declarar a la comisaría. Nos dijeron que en la semana nos iban a volver a contactar. Yo me tomé un taxi en la comisaría y saludé a Vicky y a Santi con un fuerte abrazo antes de salir para Barrio Jardín.
A la mañana siguiente Vicky me llamó temprano por teléfono desde la Terminal. Necesitaba mi número de documento y el número del boleto para radicar la denuncia en el ERSEP. También me pidió el 0800 para reclamar en Lep, así a las dos nos devolvían el dinero. Me dijo que me apure, que a las 10 tenía que estar en la Católica para rendir y que se había pasado toda la noche repasando.

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