Encapa

Let your mogic flow
Aug 24, 2017 · 13 min read

En el verano siempre hacía falta gente extra para cumplir con los pedidos. Arcor encargaba un lote grande de exhibidores con formas alusivas a la pascua para poner en los supermercados y mostrar los huevos de chocolate, envueltos en papel de aluminio amarillo y rojo. Entonces claro, Encapa tenía que incorporar provisoriamente a algunos pibes para que hubiera más manos moviéndose.
Juan era un muchacho de clase media al que nunca le faltó nada. La vida siempre lo había tratado bien, colegio primario a dos cuadras de su casa, un lindo grupo de amigos. Después, todos sus amigos y él habían elegido el mismo colegio secundario católico, esta vez a cuatro cuadras de su casa. Asistió durante cinco años, junto con los hijos de las familias bien, clase media acomodada de San Francisco. Se persignaba cuando pasaba al frente de la Iglesia, pero la religión nunca le importó mucho.
Aquel verano Juan por primera vez en su vida vivía una crisis. Y era una crisis grande. El sueño de la vida tranquila, de la pareja estable con una compañerita del colegio (la más linda de todas), de terminar la carrera universitaria en Córdoba y casarse a los 25, de tener la casita, el perro y los cuernos, había llegado a su fin. Su noviecita del secundario había decidido terminar aquel sueño y sustituirlo por uno más real con un muchacho un par de años mayor. Y eso lo tenía muy mal a Juan. No dormía, no comía y encima tenía mucho tiempo al pedo porque estaba de vacaciones.
Su madre lo veía mal, advertía que Juan estaba en crisis. Y como su madre lo quería mucho, pensó que, a Juan, tener un trabajo, lo iba a ayudar. En esos meses de verano, la madre de Juan y su marido salían con amigos a comer con bastante frecuencia a los locales de moda de la ciudad o a clubes que servían toneladas de comida “sírvase usted mismo”. Tenían un grupito más o menos estable de salidas, y en aquel grupo estaba Ballari. Ballari era un tipo de unos 50 años, gringo, grandote, con un bigote cortito, y era técnico químico. La asignatura química lo unía con Juan, que era estudiante de ingeniería química. Así que cada vez que se juntaban y Juan estaba presente, los viejos le decían a Juan: “che acá Ballari tiene una duda con una cuestión, vení vos que estudias ingeniería a ver si sabés”. Y entonces le preguntaban a Juan cosas de lo más variadas como por ejemplo qué diferencia había entre un vino bueno y uno malo, como se sacaba el arsénico del agua o como había que acomodar la ropa en un bolso para economizar espacio. Un estudiante universitario de ingeniería debía tener todas las respuestas. Ballari además era supervisor en Encapa. Y fue él quien le dijo a la madre de Juan que andaban necesitando gente para el verano. Entonces a la madre de Juan se le prendió la lamparita y le dijo a Juan que fuera a ofrecerse.
Una mañana en la bici playera, Juan salió de su casa a eso de las ocho y media. Agarró por Sáenz Peña y pedaleó hasta el camino interprovincial. Encapa era en Frontera. Frontera era la ciudad vecina de San Francisco, algo así como la gemela menospreciada. Solo había que cruzar una calle para pasar de San Francisco a Frontera, de Córdoba a Santa Fe. Desde San Francisco, Frontera se veía como un lupanar, el lugar de los pobres y los delincuentes, el apéndice criminal de la sana, bien pensante y piamontesa San Francisco. Pero solo había que cruzar una calle para llegar. Juan no conocía mucho Frontera. Le dijeron cómo llegar y allá fue, buscando vida, porque necesitaba salir de su crisis. Tardó un poco en encontrar la calle, hasta que finalmente dobló a la izquierda en la calle de los eucaliptus (como le había dicho Ballari a su madre), hizo dos cuadras por el camino de tierra y vio el galpón. Al frente del galpón había una casa de ladrillos desnudos con un terreno grande y una rueda de sulqui. Las achiras en flor, la tranquera de entrada y los perros daban la sensación de casa de campo, pero estaba justo al frente de una fábrica de cajas de cartón corrugado. Lo hicieron pasar a una oficina improvisada que se notaba que no usaba nunca nadie. Juan fue con un currículum. El supervisor lo vio y supo que Juan no tenía idea de adonde se estaba metiendo. Le recibió el currículum y le dijo que en esos días le avisarían.
Al otro día Ballari llamó a la madre de Juan y le dijo que el lunes a las 9 estuviera en la fábrica, que lo iban a probar para “algunas tareas de ingeniería”. El lunes amaneció caluroso, era diciembre. Juan agarró la playera y salió para la fábrica. Llegó a las 9, dejó la bici en el estacionamiento de bicis y después hizo llamar a Ballari por el guardia de la entrada. Ballari lo recibió y rápidamente le dijo a Juan que iba a ser Fernando el que se encargaría de darle tareas. Fernando era el supervisor encargado de vigilantear a los obreros. Era petizo, morrudo, de unos 40 años, con pelo largo agarrado con una colita. Tenía una remera azul que decía Encapa sobre la tetilla izquierda. Fernando lo saludó y le dijo que iba a empezar por hacer unas mediciones muy simples. Le dio un calibre, una cinta métrica, una calculadora, un cuadernito y una lapicera. Le dijo: “¿vos sos el ingeniero? Ah, mirá, yo estudié en la UTN también, pero dejé. Es fácil la cosa, acá no sabemos cuántas láminas cargan por pallet estos negros, porque no saben ni contar. Lo que tenés que hacer vos es contar unas cincuenta láminas, medir la altura de las cincuenta láminas apiladas, después medir la pila completa y hacer una regla de tres para sacar cuántas hay por pallet, ¿me entendés?” Y si, Juan le entendió, era una regla de tres simple. Hasta el mediodía se la pasó calculando cuántas láminas de cartón había por pallet y las fue anotando en el cuadernito. A las 12 sonó el timbre de la fábrica para el almuerzo. Como era su primer día, Juan no sabía lo que tenía que hacer. Vio que el resto de los que trabajaban en la fábrica iban para la garita de la entrada, donde estaba una chica entregando viandas que preparaba en su casa y las llevaba para vender en la fábrica. Allí se enteró de cómo era el procedimiento habitual. Los trabajadores, al momento de entrar a la fábrica, le decían al guardia lo que iban a almorzar. El guardia le pasaba la lista a la chica y, al mediodía, ella les traía el menú a todos. Juan no había seguido los pasos aquel primer día, pero la chica de las viandas se compadeció y le consiguió un menú extra: carne al horno con puré. Juan llevó la bandejita plástica adonde había dejados sus cosas, pero en el camino, desde una mesa, le silbaron y unos muchachos lo invitaron a comer con ellos. Juan se sentó con el grupo pero optó por permanecer callado. Se sentía intimidado. Sabía que, de aquella fábrica, quizás fuera el único que había tenido la chance de ir a la universidad, de no tener que trabajar hasta sus 22 años y dedicarse a estudiar. Sabía que él desentonaba allí. Sus compañeros de almuerzo le hicieron varias preguntas, algunas con mala leche y agarrándolo de boludo, otras simplemente para conocerlo. Allí le hicieron notar que todos los obreros entraban a las 6 de la mañana, que él era un privilegiado yendo a las 9. Juan estaba saliendo de la comodidad. Su simple y cómoda vida estaba en crisis y recién estaba empezando a conocer que había un mundo con bastante menos suerte que la que había tenido él. Contestó cada pregunta con inocencia y sin mentir. Tampoco intentó hablar de más ni destacarse. Sólo quería que aquel almuerzo termine sin grandes novedades y que, al sonar el timbre para volver a las tareas, todos lo hayan olvidado. Cuando ese momento llegó, todos los muchachos se levantaron de la mesa y llevaron sus bandejas al tacho de la basura. Cada uno fue retomando su posición para seguir trabajando. Y Juan también lo hizo. Fue hasta el último pallet que había medido, porque había dejado las cosas, que Fernando le había confiado, sobre una de aquellas láminas de cartón. Ni el cuaderno, ni la lapicera, ni la calculadora, ni el calibre, ni la cinta métrica estaban allí. Todo había desaparecido. Juan sintió miedo, sintió ese vacío en la boca del estómago que sentía cada vez que cometía un error grave, o, mejor dicho, cada vez que alguien descubría que había cometido un error grave. Juan podía parecer estúpido en muchas ocasiones, pero a veces no lo era. Se dio cuenta que alguien había tomado las cosas para hacerle pagar el derecho de piso. Se dio cuenta que aquella suerte y aquella libertad que había tenido para vivir, en Encapa, le jugaba en contra. Se dio cuenta que allí, saber cómo se resuelve una regla de tres simple, no le iba a servir de mucho. Ser distinto allí era una desventaja. A la vez supo que, si le decía a Fernando, el supervisor, que las cosas habían desaparecido, eso desencadenaría alguna forma de reprimenda a los demás obreros, y aquello sería aún peor para él ya que lo pondría en contra de todos los trabajadores, incluidos los que ni siquiera habían advertido su presencia. Había quedado en una encrucijada. O decía que las cosas habían desaparecido y se ponía en contra a sus compañeros, o no decía nada y se ponía en contra al supervisor. Decidió hacerse el boludo, como muchas otras veces hizo en muchos otros momentos de su vida. Pero era imposible que pasara mucho tiempo sin que alguien lo advirtiera. El primero fue uno de los muchachos con los que había almorzado, Marquitos. Apenas Juan le contó, Marquitos se rió. Marquitos sabía que a Juan lo estaban agarrando de boludo. El siguiente en darse cuenta fue Fernando. Y ahí, todo se pudrió. Primero Fernando fue a preguntarle a dos o tres, los sospechosos de siempre, si sabían dónde estaban las cosas. Ninguno sabía nada, obviamente. Después de eso, Fernando decidió tomar medidas. A las 6 de la tarde cuando sonara el timbre de salida, los iba a requisar uno por uno. Y las 6 de la tarde llegaron inexorablemente. Todos los muchachos laburantes de Encapa debieron formar una larga fila y pasar, de a uno, por la requisa policial, manos contra la pared, piernas abiertas, y siendo palpados por Fernando y otro flaco que también oficiaba de botón. Juan estaba al costado, viendo esa escena grotesca. Algunos de los que pasaban la requisa le decían a Juan: “gracias Harry, estoy llegando una hora tarde a mi casa por tu culpa, Harry”. En un día, todo el personal de Encapa lo había empezado a llamar Harry, por su parecido con Harry Potter, raya al medio y anteojitos. Terminó de pasar toda la fila como a las 7 y las cosas no aparecieron.
Esa noche Juan pensó en nunca más volver a Encapa. No tenía huevos y tampoco andaba bien como para bancarse a los muchachos cuando se pusieran pesados. Pero al otro día juntó fuerzas vaya a saber de dónde y volvió a salir en la bici playera. A las 9 llegó y le encargó el menú al guardia de la entrada. Cuando lo vio a Fernando, lleno de vergüenza, le preguntó qué podía hacer. Fernando primero le contó que habían encontrado las cosas, estaban arriba del techo de una de las oficinas, las habían tirado ahí. El objetivo no había sido robar, el objetivo había sido disciplinar a Harry, desde su primer día. Después, sin demasiadas vueltas, le indicó que se habían terminado las tareas ingenieriles. Ese segundo día Juan se pasó las ocho horas de trabajo atando cordones a unas bolsitas de cartón con un Papá Noel con sus renos impreso en una de las caras. Trabajó con otros cinco muchachos que, durante las ocho horas lo llamaron Harry, y lo verduguearon constantemente. Ese segundo día Harry se hizo obrero, y supo que había que trabajar doce horas por día y no ocho. De 6 de la mañana hasta las 6 de la tarde. Eran ocho horas que se pagaban normal, una hora de almuerzo y tres horas extra, que se pagaban el doble de la hora normal. Ese segundo día Harry supo que, cada día, después de las 6 de la tarde había que tomar al menos una birra. Si no, al día siguiente no podía volver. A partir de ese segundo día dejó de ser Juan y empezó a ser Harry.
Harry pasó los siguientes meses de su vida trabajando como un obrero más de Encapa. A las 6 de la mañana iba en su bicicleta playera hasta la fábrica, pasaba por la catedral y pedía que se le pase el dolor. Cuando llegaba le asignaban alguna tarea. Lo iban rotando por distintas tareas, todas manuales básicas: desde el armado de bolsas al armado de cajas, pasando por el montaje de exhibidores de Arcor, el plegado y pegado de cajas de zapatos Scarpino, al acomodado de pallets en el depósito con la mulita. Con el paso de los días fue encontrando amigos y detectando enemigos. Fue aprendiendo el humor de sus compañeros y hasta se animó a reírse de otros. Harry se fue sintiendo cada día más a gusto allí en la fábrica. Conoció al Walter, un ojudo muy buen jugador de fútbol, que con 21 años le confesó un día que tenía dos hijos pero que se los había hecho cargo a otro. Se hizo amigo de Marquitos, un tipazo generoso como pocos, que manejaba la máquina troqueladora. Los que manejaban las máquinas cobraban más que los obreros rasos. Conoció al Loco Tito y al Gordo Estrada. Al Loco Tito lo habían dejado rengo porque le habían dado un tiro en una pierna cuando lo encontraron encamado con una mujer casada. El Gordo Estrada era padre de familia, todo corazón y panza de falda y vino. Conoció al Yona, un flaco enviciado por la merca, con vibración y lengua filosa, con paño de sobra para el rock. Harry vio lo fácil que echaban gente a la mierda, lo prescindible que somos todos. Harry entendió las mañas de sus compañeros, las encerradas en el baño, el medio litro de agua helada a las 6 de la mañana para mover el tripero. Harry empezó a entender lo que era ser obrero. Harry empezó a creer en él otra vez. Harry encontró amigos, gente real, gente leal. Harry supo que el sueño de la vida que había querido construir era un sueño idiota.
Un día le tocó armar cajas con el Yona y el Walter. El Yona había ido a las 6 de la mañana sin dormir y con los lentes de sol puestos. El Walter venía más descansado y con ganas de conversar. La mañana se pasó rápido, pero la tarde no se iba más. Cuando se hacían las 4 todos empezaban a contar los minutos que faltaban para la salida. Y todos empezaban a fantasear con lo que harían cuando salieran. Y esa tarde el Walter les dijo al Yona y a Harry si querían ir a fumar un nevado al cementerio de tractores. Y a Harry le dio vértigo. Había fumado poco, pero un nevado esa tarde sonaba bien. Y el Yona dijo: “de una”. Y salieron nomás a las 6 y agarraron por la calle de los eucaliptus pero no para el lado del camino interprovincial, sino para el otro, para adentro. El Yona y el Walter iban en la moto del Walter, una Garelli con conito que sonaba fuerte. Harry iba en la playera y se agarró del hombro para que lo tiren. El cementerio de tractores era un descampado con un gran algarrobo en el medio, cerca del camino de tierra a Zenón Pereyra. Al lado del descampado había un predio cerrado con un precario alambrado, donde descansaban varias decenas de tractores viejos, como en una chacarita, oxidándose al sol. Harry, el Walter y el Yona se tiraron abajo del algarrobo y apoyaron la bici y la moto contra el tronco del árbol. El Walter sacó el nevado y le dieron mecha. Entre los tres se lo fumaron rápido y rápido también les hizo efecto. Se rieron mucho y Harry se colgó mirando el viento mover los árboles, cuando el sol era naranja y la tarde se iba. Cuando se estaban divirtiendo, una camioneta de la cana, transitando casi a paso de hombre, apareció por una de las calles de tierra que corría al final del descampado. El Yona dijo: “descartá que vienen los pumas”. Se deshicieron de la tuca y miraron a los policías de la patrulla, que les devolvieron la mirada. Se produjo una tensión que se prolongó hasta que la camioneta desapareció atrás de los tractores oxidados. El Walter dijo que había que irse porque los pumas iban a volver. Patearon la moto un rato largo y nunca arrancó. Harry sintió miedo y, por alguna razón, también remordimiento. Les dijo al Yona y al Walter que se agarren de su hombro, que los iba a tirar con la bici playera. El miedo te saca fuerzas de donde no las tenés. Y así, colgando del hombro los llevó a la casa del Walter, que era un rancho grande, que lindaba con un campo de maíz, donde estaba toda la familia sentada al frente tomando un vino con Coca de una botella plástica cortada. La familia era numerosa, y el Walter les presentó a Harry. El padre del Walter le hizo un par de bromas. Harry dijo que mejor se iba y arrancó para su casa. El viaje en bicicleta desde la casa del Walter le pareció que duró horas y horas. También le pareció un delirio. Sintió que paseaba por Carlos Paz, camino a Cabalango, por una campiña francesa, se sintió un caballero inglés montado a su bicicleta, se sintió en calles de San Francisco que no estaba transitando, vio su pasado, lloró, se acordó de cosas, se enojó, pedaleó más fuerte, se sintió pequeño, se sintió volar. Después llegó a la casa de su madre y no supo disimular, así que decidió ducharse. Ya en la ducha, creyó ver al menos cuatro fantasmas, parados, sentados, acostados e incluso corriendo. Luego se sentó a la computadora y les escribió a sus amigos de la Universidad contándoles lo vivido aquella tarde.
En abril empezó de vuelta las clases del último año de ingeniería. Pasado el período pascual, en Encapa ya no necesitaron gente. Y Harry volvió a ser Juan. En marzo festejó su cumpleaños con sus amigos de Encapa, en el club Colón, comiendo un costillar asado por el Loco Tito. En el baño del club probó merca con el Yona y Moroni. Desde abril no le volvió a pedir dinero a su madre nunca más en su vida y terminó la carrera de ingeniería gracias a la plata que había ganado en Encapa y a lo que pudo juntar dando clases particulares de matemática, física y química. Al Yona se lo encontró en la cancha de Sportivo, y se dieron un abrazo. A Marquitos lo encontró varias veces, fueron a ver un recital juntos y después supo que se había ahorcado en el tallercito de su casa. A Ballari no lo saludó nunca más.

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