JJ

Que se muera tu viejo cuando tenés nueve años te puede llegar a cambiar la vida. En ese tiempo me preguntaba cuándo iba a volver mi viejo con la Zanellita marrón y la iba a dejar en el garaje goteando aceite y nafta con un cartón abajo, y le decía a mi nona Herminia: ¿cuándo vuelve mi papá? Ella no sabía qué decirme, entonces yo seguía jugando al fulbito con una pelotita de tenis en ese mismo garaje que tenía machimbre barnizado en las cuatro paredes (intenso) y la Zanellita estacionada ahí, dejando ese olor a nafta en todo.

Ahora, lo que también te puede llegar a cambiar la vida es que tu vieja se enamore ahí nomás, al ratito, de otro hombre. En esa época yo iba todos los días de semana desde la una de la tarde hasta las ocho de la noche a jugar al futbol dos contra dos, una corrita, a la casa del Nico. Nos pasábamos el día pegándole a la pelota y soñando que éramos el Mencho Medina Bello, el Polillita Da Silva, el Manteca Martínez o Pipo Gorosito. Destripábamos palomas muertas, saltábamos tapiales para buscar la pelota y mirábamos revistas porno que el Néstor, el tío del Nico, tenía escondidas en una caja arriba de un armario de chapa. Cuando ya se iba haciendo el verano del 91, las tardes tenían luz hasta casi las 9. San Francisco tiene ese sol que se pone atrás de la llanura y hasta el último rayito te ilumina porque no hay una sombra, una montaña, en cientos de kilómetros. Yo volvía a casa como a las 8 y pico, con los joggins con rodillera de cuerina llenos de barro, o con los shorcitos de fútbol, esos bien cortitos que se usaban en esa época, todos transpirados. Cuando doblaba en la esquina de Lavalle y Paraguay se develaba el misterio. Si afuera de mi casa estaba estacionado el Falcon dorado, era porque “JJ”, como yo le decía yo en aquella época, estaba en mi casa, visitando a mi vieja. Yo solía perder mucho la llave de mi casa en aquel entonces, fue por eso que a mi vieja se le ocurrió atármela con un cordón rojo del cuello para que no se me cayera más. Entonces, cuando llegaba a la puerta, me agachaba para meter la llave en la cerradura sin sacarme el cordón rojo del cuello y ahí empezaba el show. Lo primero era el choque de la nube de nafta de la Zanellita, que después fue una scooter Honda que usaba mi hermana, con el cartón abajo. Atravesaba el garaje y cuando abría la puerta del living podía encontrarme con cualquier cosa. La mayoría de las veces la escena era la misma, en el lado opuesto del living, donde teníamos los sillones de tapizado de lana entretejida (que calor y que olor), estaban mi vieja con una falda por encima de las rodillas y su cabello con estricta permanente, una especie de afro en el cuerpo de una gringa de pueblo, docente y de ojos verdes, y “JJ”, con su aspecto de dandy del subdesarrollo, de porteño de Mataderos queriendo ser tanguero rey de la noche en un pueblo piamontés. En el aire se respiraba calentura, había como un vapor caliente, hormonas alborotadas. Alguna vez incluso entré y vi las manos de “JJ” en las rodillas de mi vieja, pero intuí que hacía minutos esas manos estaban mucho más arriba de las rodillas. Cuando yo entraba, ellos se hacían los boludos, como que no pasaba nada, y yo los saludaba y seguía de largo para el comedor. “JJ” se llamaba Juan José. Mi vieja lo había conocido a través de una amiga de ella, vendiendo algo así como jubilaciones privadas o viajes al caribe, todo muy menemista. Capaz con un poco de desesperación de viuda docente de cuarenta años recién cumplidos con dos hijos a cargo, se flechó con el primero que le presentaron. El viejo Juan (como lo terminé llamando) decía ser suboficial de la marina retirado, ocasional vendedor de productos menemistas (a las jubilaciones privadas le siguieron envases descartables, handies para empresas de remises, colocación de cortinas y finalmente la célebre Agencia Best, donde oficiaba de detective privado). Yo siempre dudé de su historia. En algún momento pensé que seguramente había sido algún milico pinche, encargado de chupar gente en la dictadura, y creo que todavía, en el fondo, lo sigo pensando. Lo cierto es que el viejo Juan vivía la vida de un bon vivant, laburaba poco, todos los días iba a un boliche bastante antro en el centro a jugar al dominó o cosas así, siempre andaba bien empilchado con ropa que le compraba mi vieja, fumando Particulares, con encendedores de esos de tapita y montado a su Falcon dorado. Mi hermana lo odió desde el primer minuto, pero mi hermana siempre había estado enamorada de mi papá. Yo lo acepté, sin demasiado entusiasmo, pero lo acepté. Una tarde cuando llegué de la casa del Nico y me encontré con la misma escena caldeada de adolescentes, el viejo me frenó antes de pasar al comedor y me tocó una pierna. Me acarició el muslo de una forma que no me voy a olvidar jamás. Se acercó y me dijo con una voz húmeda y olor a pucho: “vos que tenés lindas piernas, ¿no me traerías un vasito de agua?”. Solo volví a sentir esa repulsión otra vez, pasados ya unos años. Fue un día que volví a casa antes y había perdido la llave, así que no me quedó otra que trepar a la casa del Coco y la Mimi, los vecinos de al lado, y meterme por el patio. Cuando iba por el techo de la casa de al lado, pasé por delante de la ventanita del baño de la pieza de mi vieja y Juan, y escuché clarito al viejo gemir al menos cuatro veces. Pensé que se estaba cogiendo a alguien en el baño, entonces apuré el paso y me metí por la puerta del patio gritando “Juan, ¿estás? ¿hay alguien?” Al rato el viejo bajó como si nada hubiera pasado, agarró el auto y se fue. Yo subí a revisar si había alguien más en la casa pero no encontré a nadie. Los gemidos eran de una paja.

Pasados varios meses ininterrumpidos de escenas en el living, repetidas con sutiles variaciones, mi vieja me dijo una tardecita que quería hablar conmigo. Nos sentamos uno al lado del otro en una de las camas de mi pieza y ella me dijo que JJ se iba a venir a vivir a casa y me preguntó si yo tenía algún problema con eso. Le respondí que no y me quedé pensando en eso de vivir con el viejo, pero se me pasó rápido, como la niñez se me pasó rápido. Mi hermana, en cambio, le dijo que sí tenía problemas con eso de que JJ se instalara en casa. Ella ya estaba estudiando en Córdoba y me acuerdo que después de aquel episodio, pasó muchos fines de semana sin volver a San Francisco, en señal de protesta.

Cuando el viejo se instaló en casa empecé a acostumbrarme al cambio de olores. Aquella densa nube de nafta en el garaje fue sustituida por un denso olor a pucho en el comedor y en el interior del auto de mi vieja. También cambiaron las luces y los sonidos y los juegos. Al viejo le gustaba el tango y mirar películas de suspenso a oscuras, pero no un sábado o un domingo a la noche o a la tarde, sino todas las tardes de todos los días. Entrar a la casa era entrar a un lugar sin luz solar, con olor a pucho y con algún actor yanqui diciendo gansadas en la tele, con armas en la mano o en actitud sospechosa. El fulbito en el garaje se prohibió porque marcaba el machimbre según el viejo. Otra cosa que cambió fueron los fines de semana. Aquellos domingos con mis tíos y mis primos comiendo asados, o ravioles, o empanadas y tomando vino con soda desde la mañana hasta la noche, fueron sustituídos por salidas de viernes o sábados a la noche a aspiracionales locales de comida chatarra como Maui, con parejas de amigos ocasionales, y mucho vicio con los arcades (jueguitos electrónicos en la jerga chuncana). También cambió la música que escuchábamos. A mi mamá le gustaba tener cassettes de Perales o el Puma Rodríguez en el auto. Pero en los comienzos de aquel tórrido romance, aparecieron nuevas incorporaciones, como las Azúcar Moreno. Todas las parejas que yo conocía en aquella época tenían un tema musical que las identificaba y quizás ahora sea igual. Ellos habían elegido “Devórame otra vez” del dúo de hermanas gitanas. Cada vez que lo escuchaban en el auto empezaban a acariciarse. Yo pasé, sin prisa pero sin pausa, de ser el proyecto de macho alfa de la casa a un perdedor, un inconsciente perdedor en aquel duelo de porongas totalmente desigual.

Anteayer conté esta historia en un asado con mis amigos de kung fu y me hicieron dar cuenta de que ese “Devórame otra vez” hablaba también de la sexualidad de la parejita reciente. “Tu vieja debe haber chupado bien la pija”, me dijeron. Y capaz es cierto, nunca me había dado cuenta. Yo pensé en la carta aquella que encontré cuando acomodábamos la casa después de que mi vieja se cansó de peleársela al cáncer. Era una carta para el viejo. El sexo es importante en la pareja, decía.

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