Obligade

Let your mogic flow
Jul 30, 2017 · 11 min read

Ese invierno Manuel se sentía muy perdido. Llegó del trabajo más temprano que de costumbre aquella tarde. El último sol del día aún entraba por la ventana de su departamento. Marina, su novia, estaba acostada en la cama sin hacer nada. Manuel se tiró al lado de ella. Hablaron de lo que habían hecho durante el día con desgano. Después hicieron silencio y se pusieron a chequear sus redes sociales. Ella Instagram, él Facebook. Mientras Manuel deslizaba el pulgar por la pantalla, el teléfono vibró. Era un mensaje de voz de Whatsapp. El mensaje era de Andrés, y eso era muy raro.
Andrés era un ex compañero de Manuel de la Facultad. Habían cursado la carrera de Ingeniería Química en la Universidad Nacional hacía ya varios años. Andrés era un tipo particular. Realmente alto, una cara de rasgos muy marcados, angulosos, y mucho vello en el cuerpo. Tenía un aire griego, pero también algo del mayordomo de los Locos Adams. Andrés era reservado y muy curioso. Siempre andaba con algún tema dándole vueltas por la cabeza, pensativo. Andrés y Manuel no tuvieron ningún tipo de relación durante los primeros años en que cursaron la carrera. Los últimos dos años empezaron a verse de tanto en tanto. Construyeron una buena relación, pero nunca fueron lo que se dice amigos. Luego de terminar su carrera, Manuel se mudó a Bahía Blanca para continuar estudiando. Sin embargo, extrañaba mucho a sus amigos y su vida de estudiante en Córdoba. Cuando viajaba a visitar a su familia, llamaba a sus amigos y quedaban para comer algo y conversar. Y un día se encontró con Andrés y comieron y conversaron. La charla fue desagradable. Andrés le reprochó a Manuel haber priorizado su carrera profesional por sobre su familia y amigos. A Manuel aquella charla lo afectó mucho y lo hizo sentir triste. En las largas horas de ómnibus desde Córdoba a Bahía Blanca, Manuel pensó en lo que Andrés le había dicho. Entonces decidió mandarle un mail a Andrés, exponiéndole sus razones. Andrés le contestó unos días más tarde. Le dijo que en realidad no pensaba eso, sino que se lo había dicho para probarlo. Quería saber si era capaz de explicar su decisión. Manuel quedó muy sorprendido con la respuesta. Desde ese episodio lo consideró un manipulador y ese fue el final de su incipiente relación de amistad.
Por más de diez años Manuel y Andrés no tuvieron contacto alguno. Manuel vivió cinco años en Bahía Blanca y un par de años de nómade. Cuando recibió el mensaje, hacía ya cuatro años que había vuelto a instalarse en Córdoba. Andrés, luego de recibirse de ingeniero, comenzó la carrera de filosofía y escribió una teoría psico-neurológica (creo) que a sus amigos les impresionaba bastante. El sopor de esa tarde invernal de Manuel se cortó en seco por el mensaje de voz de Andrés. Entonces Manuel, perplejo, lo escuchó. En la primera parte del mensaje Andrés le preguntaba a Manuel si era capaz de diseñar y construir una juguera, puesto que tenía pensado dedicarse a la venta de jugos naturales. En la segunda parte, Andrés invitaba cordialmente a Manuel a participar de una murga que estaba dirigiendo: Les Obligades con el Pie. Según Andrés, Manuel tenía “cierto perfil tanguero” que podía resultar un buen ingrediente para la murga.
Como dije al principio, Manuel se sentía muy perdido aquel invierno y lo de “cierto perfil tanguero” le cayó como un halago. Pero no porque considerase que el adjetivo tanguero fuera de por sí un halago para él, sino porque en ese momento, ser cualquier cosa, ser advertido como alguien con algún perfil cualquiera, le ayudaba a pensarse a sí mismo. Le daba una identificación, un rol, una posición en la cancha. Y Manuel necesitaba esa identificación, sobre todo si se la daban construida previamente, prefabricada. Así que aceptó y le dijo a Andrés que iría al próximo ensayo.
La murga se juntaba los martes como a las ocho y media en un pequeño teatro de Cofico. Los martes Manuel trabajaba hasta las nueve de la noche. Pero por un tiempo logró zafarse unos minutos antes para asistir a los ensayos. El primer martes, Manuel tomó el colectivo de la línea 32 sin saber bien donde bajarse y sin saber bien qué era cantar en grupo. Su única experiencia había sido unos años antes, en Bahía Blanca, cuando decidió, con un amigo, participar del coro “Voces de la Carrindanga”. Fue porque le gustaba una chica del coro de voz algo ronca y lindas tetas, entre otros atributos.
Tardó un rato en encontrar el lugar hasta que vio una puerta doble a media cuadra del barranco del río. De afuera se escuchaban las voces de los murguistas. Manuel entró y se sentó a un costado, saludando tímidamente. Andrés ya no era aquel muchacho reservado que Manuel recordaba. Aún conservaba su particular fisonomía. Parecía como si el tiempo no hubiera pasado para Andrés, pero sí para Manuel, que estaba más gordo y más viejo. Andrés era ahora todo un director de murga. Con ademanes ampulosos y algunos saltos circenses acentuaba los momentos en que cada cuerda se iba incorporando al coro. Estaban ensayando una adaptación libre de La Marsellesa, con ácidas críticas a De la Sota, Mestre y Macri; íconos satánicos del neoliberalismo vernáculo. Una vez terminada la canción, Andrés se acercó a saludar a Manuel y le preguntó si tenía algún tema preparado porque lo iban a probar. Manuel no se esperaba aquello. Le dieron una guitarra y todos los integrantes de la murga se sentaron en la tribuna de aquel pequeño teatro de barrio y se dispusieron a escuchar. Manuel, lleno de vergüenza, no supo qué cantar. Dale cantá algo, cualquier cosa -le decían-. Manuel sintió que su cuerpo empezaba a transformarse en el de una tortuga, una joroba le crecía en la espalda y el cuello se le extendía. Las manos le transpiraban. Andrés le sugirió que cantara una de esas que cantaba cuando eran chicos, como la Oma. Manuel cantó la Oma sintiéndose muy pelotudo. Cuando terminó, todos dijeron “ah de una, canta bien, es bajo”. Acto seguido se levantaron de la tribuna y se reacomodaron para ensayar otra canción.
Del grupo de murguistas solo recuerdo algunos personajes. Un gringo con mechones de pelo teñidos de azul, que hacía comentarios ácidos y cantaba en la cuerda de los primos, un pibe muy joven, algo gordito, que cantaba casi hasta la asfixia, una rubia con un piercing en la nariz que criticaba a sus compañeras ausentes, una morocha con ojos negros, profundos y llenos de humo, y un flaco alto con aspecto de cóndor, de unos cuarenta y pico, rapado a los costados y con un rodete. El flaco con aspecto de cóndor fue el que lo invitó a acercarse al lugar donde se ubicaban los bajos.
Aquí empieza la película adentro de la película, el cuadro adentro del cuadro. La subestación bajos. Los bajos eran tres, el cóndor, Manuel y Leandro. Leandro tenía unos 18 años y cantaba mal. Desde ese primer ensayo se mostró poco amistoso con Manuel. Manuel hizo malabares toda la noche tratando de seguir las melodías. Subestimó aquella tarea como solía hacerlo con toda tarea nueva que emprendía. Ensayaron otras canciones separadas por varios intermedios de varios minutos. Manuel trató, infructuosamente, de entablar algún diálogo con sus compañeros. Las charlas se sumergían en un océano de chistes ridículamente sexuales. A las 11 de la noche el ensayo terminó.
Cuando salieron del teatro, Andrés se ofreció para llevar a Manuel en su auto hasta la parada del 32 más próxima. Hacía mucho frío. En el interior del auto, Andrés le preguntó a Manuel si recordaba una noche de sus épocas compartidas en los últimos años de Facultad, en la que habían salido juntos. Esa fatídica noche a Manuel se lo habían llevado preso por una pavada. Pasó la noche en Encausados, como buen perejil. Manuel sabía que Andrés sabía que aquella noche había sido un antes y un después en su vida. El miedo le había dejado una marca de fuego en el pecho. Andrés, con sutil saña, se lo recordó. Manuel respondió algo tratando de ser gracioso y haciéndose el superado, pero se le notó un eco, una nota de aquel miedo en la voz. Manuel llegó a su departamento sintiéndose raro. Le contó a Marina cómo le había ido pero la charla estuvo llena de interrupciones. Después, se fueron a dormir en silencio.
A ese primer ensayo le siguieron unos dos meses en los que, todos los martes, después de trabajar, Manuel iba a cantar con la murga. La rutina empezaba con algunos ejercicios para aflojar, luego repetían insistentemente alguna frase, se mimetizaban con algún objeto, animal u otra persona y estiraban los músculos con algunos gemidos de placer. Manuel se sentía profundamente ridículo en esos comienzos de los ensayos. Luego de eso, se sentaban en ronda y discutían sobre qué canciones cantar y sobre detalles del vestuario. Manuel guardaba silencio. Nadie consultaba su opinión. Entonces, se apoyaba a alguna columna o a alguna pared y escuchaba la discusión grupal, mirando la luz blanquecina y escuchando también la vibración de los fluorescentes, pensando en lo sólo que se sentía allí y en todos lados.
Lo cierto es que Manuel nunca llegó a memorizarse del todo las letras ni las melodías. Eso fue haciendo que, tanto Andrés como sus compañeros murguistas, fueran perdiendo progresivamente la confianza en él. Y Manuel, que siempre se había sentido muy inseguro en círculos relacionados al arte, acentuaba sus temores y se encerraba en su cinismo.
Una noche de ensayo, el gringo que cantaba con los primos dijo que estaba cansado de ensayar sin tener una fecha próxima de presentación. Entonces otra flaca, también de los primos, sugirió que podrían presentar los dos o tres temas más ensayados en su fiesta de cumpleaños. La flaca vivía en una casa en Cabana, cerca de Unquillo, y allí daría su fiesta de cumpleaños. Esa noche Manuel volvió a su departamento, luego del ensayo, pensando que esa fiesta era una buena oportunidad para tratar de integrarse al grupo. Pensó que, con un poco de alcohol, podría soltarse y que aquellos jóvenes murguistas empezaran a verlo de otra manera, como a un amigo. En el transcurso de esas dos semanas, Manuel invitó a un amigo de la infancia, Pipo, y a Marina para que lo vieran en su primera presentación con el disfraz de murguista.
El sábado del cumpleaños y de esa primera presentación de Les Obligades la mañana fue hermosa. Todavía era invierno, pero era uno de esos días diáfanos, con sol y sin viento, y el frío no se sentía. Después de estar toda la mañana haciendo fiaca en la cama, Manuel y Marina se levantaron y almorzaron. Antes de salir hicieron una especie de previa tomando vino, fumando porro y escuchando unos cuartetazos de Ulises Bueno. Salieron en el auto llenos de renovada energía. Como a las 4 y algo de la tarde, pasaron por Alta Córdoba a buscar a Pipo, y se encaminaron a Unquillo por la Bodereau. Hicieron una parada para comprar un Fernet y una Coca y se internaron en el camino de tierra que, según el mapa que le habían pasado por mensaje a Manuel, los llevaba a la casa de la flaca. Se pasaron de largo y, cuando volvían, se encontraron con algunos compañeros murguistas, que llegaban caminando al lugar. Eran el gringo de los primos y dos chicas de la cuerda de tambores. Manuel les dijo que se subieran al auto, que había lugar para todos. Manuel sintió vergüenza de manejar ese auto. También sintió vergüenza del cruce entre Marina y Pipo con sus compañeros de la murga, la gente que lo conocía y la gente que aún no. Los tres murguistas se ubicaron en el auto y reemprendieron la marcha. Manuel intentó un par de comentarios, tratando de ser amable y gracioso, pero la cosa seguía sin funcionar, tal como en los ensayos. Un par de minutos más tarde, llegaron a la casa. Era una casa preciosa, con grandes ventanales de madera. Tenía un amplio parque en el fondo con una huerta y un quincho lateral con un asador y mesas. Una chica tocaba la guitarra en el quincho y cantaba una cancion que hablaba de salir de la timidez y mostrarse. Por dentro la casa era una típica casa serrana, de paredes blancas y frescas y con columnas de madera oscura, piso de baldosas naranja y escalones con terminación de madera. La decoración era sobria. Había libros dispuestos en bibliotecas rústicas de madera, cuadros impresionistas, aguayos, perros, niños llamativamente inteligentes. Todo era coherente y perfecto. Pipo, Manuel y Marina se hicieron un Fernet en una jarra plástica y charlaban entre ellos. Cuando empezó a bajar el sol la adrenalina subió. Se acercaba el momento de la presentación y los murguistas empezaron a agitarse. Andrés empezó a decirles, uno a uno, que fueran al interior de la casa para calentar las voces. Las jarras de Fernet se habían sucedido y Manuel ya estaba medio en pedo. Hacía comentarios pretendiendo ser gracioso que nadie festejaba. En el aire se percibía cierta preocupación porque el flaco de aspecto de cóndor no aparecía. El cóndor era la voz más importante de los bajos, fundamentalmente porque cumplía con una condición básica, saber las letras y las melodías. Andrés lo llamó, pero le dijo que se había demorado en una presentación de su banda punk. Comenzaron con los ejercicios de calentamiento de las voces. Cada uno de los miembros de la murga sugería una frase y la cantaban siguiendo una escala musical. Cada nueva frase era más compleja que la anterior. Progresivamente, el ejercicio se iba convirtiendo en un trabalenguas cantado. Manuel se tentó. Nadie vió con buenos ojos que Manuel no dejara de reírse.
Terminado el calentamiento salieron a escena. En el parque habían preparado, bellamente, algunos reflectores, tres micrófonos y unas sillas, formando un escenario. Los invitados formaban una ronda alrededor del improvisado stage. Una pareja cantaba, dulcemente, zambas y canciones litoraleñas. Una vez que la pareja terminó, la murga tomó posiciones en el escenario, siguiendo las indicaciones de Andrés. Como el cóndor no llegó, la cuerda de los bajos tenía una baja sensible. Quedaban solo Leandro, el pibe de 18, y Manuel. Leandro desafinaba, Manuel estaba borracho y no sabía las letras.
La primera canción que intentaron fue la más sencilla de la lista, que duraba algo más de un minuto y tenía un ritmo pegadizo. Se equivocaron en la mitad y volvieron a empezar. Siguieron con la pseudo marsellesa. Manuel cantó, siendo generoso, algo más de la mitad de la canción. El público les dedicó tibios aplausos. Leandro decidió tomar uno de los micrófonos y explicarle al público que, si Manuel no desafinara tanto, la canción hubiera sonado mejor y la letra se hubiera entendido. Mientras tanto Manuel buscó serenidad en la mirada de Marina y de Pipo, pero no los encontró. Cantaron el tercer y último tema. Manuel se limitó a hacer mímica.
Una vez terminado el espectáculo de tres canciones de la murga Les Obligades con el Pie, retomó el escenario la pareja que cantaba folklore. La murga se retiró al interior de la casa serrana en fila india. Andrés habló con sus dirigidos y se mostró un poco preocupado. Luego, se dirigió, seriamente, a Manuel y le dijo que tenía puestas más expectativas en él cuando lo había convocado aquel día por mensaje. Remató diciendo que la ausencia del cóndor se había notado mucho. Manuel salió de la casa unos minutos más tarde y preparó otra jarra de Fernet para compartir con Pipo y con Marina. Pasada media hora, apesadumbrado, les insinuó que era un buen momento para irse de allí. Juntaron sus cosas y antes de emprender la vuelta, cuando iban saliendo, se cruzaron con la flaca dueña de casa y con el gringo de los primos. Hablaron cosas de borrachos hasta que tanto el gringo como la flaca le dijeron que habían nacido y se habían criado en San Francisco, al este de Córdoba. Manuel, que también había nacido allí, sintió, por primera y última vez, fraternidad con sus compañeros murguistas.
El martes siguiente al cumpleaños, en el grupo de Whatsapp de les Obligades, se discutió mucho sobre el vestuario. Manuel volvió del trabajo a media tarde. Todavía entraba un sol hermoso por la ventana del departamento y se tiró en la cama, como aquel día en que había recibido el mensaje de Andrés. Marina no estaba esta vez. Manuel tomó su celular y escribió un largo mensaje al grupo, agradeciéndoles por haberlo invitado a cantar en la murga, disculpándose por sus inconsistencias, y tratando de ser cariñoso para despedirse y anoticiarlos de su alejamiento definitivo de la murga. Entre otras pavadas, prometió que cuando se presentaran, estaría en la primera fila para aplaudirlos. Sólo tres o cuatro respondieron con emoticones de manitos que saludan. Diez minutos más tarde, volvieron al tema del vestuario.

+54 351 255 0935 salió.

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