San Francisco, primer piso

Lunes, 2:45 de la mañana. Me despierta un ruido en la ventana del balcón. Parece que alguien se hubiera metido. Me digo a mi mismo que es imposible, que es un sexto piso. Me levanto agitado y voy a ver. Un palomo gigante camina al lado de la ventana, sin poder salir. Cuando me ve, aletea, pero no se desespera. Por momentos pienso en meterle un patadón, en matarlo. Abro un poco más la ventana para que salga y acelera un poco el paso. Se va con ese movimiento de cuello que hacen las palomas al caminar y al final del balcón sale volando. Me parecen tan boludas las palomas que me generan violencia. Me vuelvo a acostar pero ya no me duermo. 4:24 de la mañana. Insomnio. Salgo a la calle. Un frío que me hiela la nariz. Hago cuatro pasos desde la puerta del edificio hasta la vereda y se me aparece un perro blanco gigante y me hace frente. Me asusto y retrocedo un paso, pero el perro sigue caminando como si no hubiera pasado nada. Me río de mí mismo y salgo caminando apurado, esperando que nadie haya visto la escena. Camino dos cuadras por la Chacabuco desierta. A mitad de cuadra, un perro cruza el bulevar, saltando, a mi encuentro, como si me conociera. Juego con él un ratito sin dejar de caminar hasta que me empieza a morder un tobillo. ¡Camina! Se va. Tres pasos más adelante, en la esquina de Obispo Oro, otro cuzco me sale al cruce mansamente. Camina una cuadra al lado mío. Manejo. Después viene la escena melosa de la despedida. La primera despedida suya, que a mí me suena a historia conocida. Esta será la primera de una larga serie de encuentros y despedidas que le esperan por delante. Descreído, miro a sus amigos abrazándolo. Creo que incluso murmuro algo así como “que escena” mientras miro para abajo. Con sorpresa, veo otro perro lanudo que nos acompaña. Se me acerca, lo acaricio y le digo “vamos”. Me deja grasa y olor en la mano. Manejo. Aeropuerto. Vuelvo. Camino inverso. Una Hilux negra cruza la Chacabuco por San Lorenzo. Adentro se escuchan gritos, risa y una cumbia canchera. De caravana un lunes a las cinco y media. Yo me pregunto a cuántos se habrá llevado puestos el frío esta noche. Pienso en cómo algunos ven y viven una Córdoba y otros, otra. Me acuerdo cuando era niño y me acostaba en el asiento de atrás del auto mientras mi vieja manejaba, mirando para arriba. Veía a través de la ventanilla la ciudad de los primeros pisos, de las terrazas, de los techos. Otro plano de la misma ciudad chata. San Francisco, primer piso.

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