Perdido en la Semana Santa

El recuerdo viene sólo, automático. Enfilo hacia una escalera abarrotada de gente en el metro y me imagino en una bulla en plena Madrugá, atrapado en El Salvador después de ver pasar El Silencio. Avanzamos arrastrando los pies, a paso corto, resignados. Sabemos que empujar no nos hará ir más rápidos. El ruido me trae otra imagen sonora, la de las zapatillas raseando sobre el empedrado. Desde que se abandonaron las alpargatas por las Chuck Taylor de Converse, ese sonido es universal. Y cuando recupero espacio, veo el cable de mis auriculares oscilar como una bambalina, apuntando de costero a costero. Ya está aquí, una vez más, esa memoria de fragmentos de la Semana Santa de Sevilla que hace que me observe irreconocible ante el espejo. ¿De verdad soy así? ¿De verdad me emociona? ¿Qué se me ha perdido a mí, que cada vez reniego más de la tradición, en el acontecimiento tradicional por excelencia?

¿Qué se me ha perdido a mí, que cada vez reniego más de la tradición, en el acontecimiento tradicional por excelencia?

Podría ser algo innato. Una especie de pasión y efervescencia que se activan solas al escuchar una marcha procesional o al contemplar una chicotá eterna. Como le sucedía al protagonista de 377 A, madera de héroe de Delibes, aunque al final sus escalofríos y enervamientos ante la música militar fueran justo el síntoma opuesto a la valentía y el arrojo. Aquel no es mi caso.

Tal vez tenga que ver con un sentimiento religioso, que sería lo suyo. Un enardecimiento fruto de una vivencia colectiva, intensa y concentrada de la fe… o algo así. Pero hace tiempo que la jerarquía me decepcionó y me cansé de ver cómo se trataba de asociar una expresión popular a ideas políticas o creencias fuera de época que poco tienen que ver con la sociedad en la que vivimos. Así que no van por ahí los tiros.

Por un tiempo, pensé que todo estaba relacionado con mi trastorno obsesivo compulsivo, que hace que cualquier cosa que me interese necesite analizarla al detalle, comprenderla, desguazarla, ordenarla y memorizarla. Sin embargo, aunque me pueda aprender las advocaciones, las iglesias y las anécdotas del altar de insignias de cada hermandad, yo sé que tampoco es la única explicación. Al menos, no es sólo eso.

Mi caso es otro. Cada cierto tiempo, tengo que volver a Sevilla en esta época porque, sin repetir lugares y situaciones, algunas personas desaparecerán para siempre.

Durante muchos años, mi experiencia de la ciudad se ha basado en la normalización de lo excepcional. Si sólo visitas Sevilla en Semana Santa y Feria, su aspecto y el de su gente los vivirás condicionados por el cambio que sufren. Las calles ya no son las mismas. Los recorridos varían. Los servicios públicos no tienen la misma disponibilidad. La gente, incluso, se viste de una forma diferente. Terminas aceptando lo que no es verdad: que la ciudad es ese escenario imposible en el que vives la ilusión de un tiempo que se detuvo pero que siempre avanza, en el que el asombro de los pasos, el misterio de las túnicas y la generación de estampas insólitas a la vuelta de la esquina, son la esencia misma de Sevilla. No es así.

La ciudad es ese escenario imposible en el que vives la ilusión de un tiempo que se detuvo pero que siempre avanza

Cuando vuelves fuera de época, todo te sorprende. Estás descolocado. Salvo la cera perpetua en el suelo, no hay penitentes corriendo hacia su capilla, ni palcos, ni sillas plegadas en Sierpes, ni en las iglesias están montados los pasos de palio. De vez en cuando, uno se tropieza con una cuadrilla ensayando con la parihuela y los sacos de tierra. O con una banda de música que toca cerca de Santa Justa. Pero no es lo mismo. El choque es tan brutal que cuesta orientarse, acostumbrado a dar rodeos para evitar las procesiones. Dudo que esto me pase sólo a mí y sólo aquí.

Lo más sorprendente es que, cuando repites año tras año los mismos recorridos, no puedes evitar ver las mismas escenas y recordar a las mismas personas en idénticos lugares. Cuando paso por el Salvador pienso en mi tía que acaba sentada en el suelo tras resbalar con la cera, tronchándose de risa. Cuando entro por Puerta Osario, veo avanzar a mi abuelo Juan hacia Bustos Tavera, con la capa flotando y el cíngulo amarillo hacia atrás, rápido y en silencio, como manda la papeleta de sitio. Cuando me dirijo hacia la catedral cirio en mano por una Avenida de la Constitución sin gente en las sillas, me acuerdo de mi abuelo Paco buscándome para presumir de nieto. Cuando entro en el compás del que fuera convento de La Paz, ya en la madrugada del sábado, aún busco dónde se habrá escondido mi padre para seguir la entrada del paso.

Ninguno de ellos está ya. Es imposible que vuelva a verlos. Pero si no regreso, creo que se me olvidarán. Esas imágenes se borrarán y no sabré si los detalles fueron reales o si me los estoy inventando. Necesito que sigan ahí para entenderlos y entenderme a mí mismo, para darle sentido a lo que ha pasado y a lo que sucederá. Porque, en realidad, estar vivo es existir en el recuerdo de alguien.

En realidad, estar vivo es existir en el recuerdo de alguien

No es racional, pero iré mientras pueda. Aunque sea en años alternos. La ciudad de nuevo cobrará sentido y volveré a encontrarlos. O me encontrarán a mí, porque soy yo el que está perdido.

A single golf clap? Or a long standing ovation?

By clapping more or less, you can signal to us which stories really stand out.