Los olores y los recuerdos

No leas. Huele. ¿No huele a nada? Es imposible. Inténtalo otra vez. Todos olemos, todo el tiempo. Cada vez que respiramos partículas de olor penetran en nuestra nariz.

Puedes cerrar los ojos y no ver, taparte los oídos y no oír, abstenerte de tocar nada y, por supuesto, puedes no comer nada y sobrevivirías (un tiempo), pero no puedes dejar de respirar. Si dejas de oler…te mueres.

“Cada día, respiramos aproximadamente 23.040 veces y movemos alrededor de 438 metros cúbicos de aire. Nos lleva unos cinco segundos respirar — dos segundos para inhalar y tres segundos para exhalar — y, en ese tiempo, las moléculas del olor inundan nuestros sistemas. Inhalando y exhalando, olemos. Los olores nos envuelven, forman remolinos a nuestro alrededor, entran en nuestros cuerpos, emanan de nosotros. Vivimos en una exposición constante a ellos. Sin embargo, cuando tratamos de describir un olor, las palabras nos fallan, como construcciones que son …” ( Diane Ackerman A Natural History of the Senses )

El olfato es por tanto el sentido que ejercemos más constantemente y de una manera más inconsciente. No podemos dejar de oler y las neuronas responsables de su funcionamiento son las únicas de nuestro organismo que se renuevan cada 30 días y además se mueven “fuera” de nosotros, se mueven en el aire como “las anémonas en una barrera de arrecife”.

El olfato nos hace saber si algo se está quemando incluso antes de verlo y nos hace saber si lo que vamos a comer está bueno o se ha pasado. El olfato nos hace “saborear” la comida.

“Gran parte del sabor de la comida depende de su olor; algunos químicos incluso declaran que el vino es simplemente un líquido insípido con un gran olor. Beber vino con un catarro es como beber agua, dicen. Antes de que algo pueda ser catado, tiene que disolverse en un líquido (por ejemplo, un caramelo duro tiene que disolverse en la saliva); y antes de que algo pueda ser olido tiene que ser “aireado”. Sólo podemos diferenciar cuatro sabores: dulce, amargo, salado y ácido. Esto significa que todo lo demás que llamamos sabor es en realidad olor. Y mucha de la comida que pensamos que podemos oler en realidad solo podemos saborearla. El azúcar no es volátil, no podemos olerlo aunque lo saboreamos intensamente. Si tenemos un bocado de algo delicioso en la boca que queremos saborear y disfrutar, lo olemos; esto lleva el aire en nuestra boca a través de los receptores del olor y así podemos olerlo mejor.” (Diane Ackerman A Natural History of the Senses)

¿A qué huele?

A pesar de que todos olemos, todo el tiempo, nuestra cultura y nuestro lenguaje tiene muy olvidado el olfato y casi no tenemos palabras para describir lo que percibimos por la nariz. De hecho, no hay casi palabras absolutas: decimos que huele “raro”, “a quemado”, “como a vinagre” o “a pescado”, pero carecemos de expresiones como con la vista y los colores o con el gusto y los sabores: agrio, amargo, dulce, salado. Incluso el tacto tiene su propio lenguaje: suave, aterciopelado, áspero, rugoso, liso.

El encanto del lenguaje es que, a pesar de que es una obra del hombre, puede, en raras ocasiones, capturar emociones y sensaciones inexistentes. Pero los vínculos fisiológicos entre el olor y los centros del lenguaje del cerebro son lastimosamente débiles. No así los vínculos entre el olor y los centros de la memoria, una ruta que nos lleva ágilmente a través del tiempo y la distancia “.(Diane Ackerman A Natural History of the Senses.)

Recuerdo tu olor cuando me golpea sin esperarlo.

Los olores son increíblemente evocadores. El recuerdo, la marca de esas fragancias que no podemos explicar ni poner en palabras se almacenan en la parte del cerebro que guarda la memoria a largo plazo.

“Un olor puede ser abrumadoramente nostálgico, ya que nos provoca imágenes y emociones fuertes antes incluso de que tengamos tiempo de editarlas, de contextualizarlas en nuestro cerebro. Cuando damos perfume a alguien, les damos memoria líquida. Kipling tenía razón: “Los olores son más seguros que las imágenes y los sonidos para conseguir darte un vuelco al corazón” (Diane Ackerman A Natural History of the Senses)

Por supuesto la evocación de ese olor puede ser agradable o increíblemente dolorosa, y nos golpea sin esperarlo porque no somos conscientes de tener ese recuerdo grabado a fuego en nuestro cerebro.

“Al volver a Auschwitz, casi cuarenta años después, el escenario visual me provocó una conmoción reverente pero lejana; por el contrario, el “olor de Polonia”, inocuo, producido por la combustión del carbón fósil que se usa para calentar las casas, me golpeó como un mazazo: despertó de improviso un universo entero de recuerdos, brutales y concretos, que yacían adormecidos, y me cortó el aliento.” (Primo Levi El oficio ajeno )

No podemos describir el olor que nos hace sentirnos exactamente igual que cuando teníamos 7 años y paseábamos con nuestros abuelos debajo de unos lilos en primavera, y no podemos explicarle a otro cómo olía la playa ese día de invierno, no podemos explicar cómo es el olor a mojado después de la lluvia, pero percibir ese olor de nuevo nos hará recuperar todas las sensaciones de ese día con una intensidad increíble.

Sabemos cómo era el jardín por el que paseamos, el color de la camisa de nuestra pareja en un día especial, podemos recordar una canción o el sonido de las olas en un paseo por la orilla del mar. Sabemos lo que recordamos, pero no sabemos los olores que tenemos grabados en nuestra memoria y aunque lo supiéramos no podríamos ni describirlos ni volver a olerlos. Es el propio olor, la percepción de esa huella olfativa en nuestro cerebro la que activará el recuerdo y todas las sensaciones de ese momento justo.

¿Y si oliéramos como un perro?

No somos capaces de recrear un olor, no somos capaces de expresarlo con palabras y ni siquiera somos capaces de percibir la mayoría de los olores en los que nos bañamos cada día, pero para nuestro perro, incluso para cualquier perro, no somos un nombre ni una imagen, somos un olor.

“Ahí dónde dos o tres mil palabras no bastan para describir lo que vemos… no existen más de dos palabras y media para describir lo que olemos. La nariz humana prácticamente no existe. Los más grandes poetas de esta tierra no han olido más que rosas por una parte y estiércol por otra. Ninguna mención a los innumerables matices que se extienden entre ambos. Pues bien, era en el mundo de los olores que se desarrollaba gran parte de la vida de Flush. Para él el amor era esencialmente olor: música y arquitectura, leyes, política y ciencia era igualmente olores. Incluso la religión era olor para Flush…” (Virginia Woolf sobre su perro)

Un perro recuerda cómo olemos, somos un olor. ¿No sería maravilloso poder recrear el olor de la persona amada, de tu hijo bebé cómo lo hacen los perros?

Apuesto a que no lo habías pensado, pero si es tan importante, ¿por qué hemos olvidado el olfato? ¿Por qué no le prestamos atención?

“Es probable que el olfato humano haya quedado aplastado, a lo largo de la evolución, por la vista y el oído; en la vida social, éstos predominan, porque somos capaces de emitir complicadas señales visuales (gestos, expresiones del rostro) y auditivos (palabras, etc.), en cambio, emitimos señales olfativas sin o contra nuestra voluntad.” (Primo Levi El oficio ajeno)

Seguro que esto tampoco lo habías pensado. ¿Cómo es el olor que hace que otro te recuerde? Como todo lo que rodea el olfato, tu aroma es algo que no puedes controlar… ¿A qué hueles?

Más información sobre el libro de Diane Ackerman aquí.

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