Génesis
En el principio todo era luz; nadie podía ver. Así que cerramos los ojos. La luz salía del grifo, del cable del teléfono, del radio. Uno abría la boca y salía luz. El resplandor era tan intenso que tuvimos que inventar las manos. Y todo se volvió piel; caricias.
— ¿En dónde estamos?, nos preguntábamos.
Los ciegos de la luz inventamos el mundo con las manos.
Oreja, nariz, silla, puerta, caliente, agua, arena.
Caminamos entre bosques y montañas, tiempos geológicos y biblícos, con las palmas llenas de llagas, callos; manos brújula.
Árbol.
Las memoria se nos trasladó a la piel.
Rugoso y frío; pez.
Rugoso y suave; guanábana.
La luz consumía todo a su paso, esclavizándonos en su inmensidad.
— ¿Algún día lograremos ver?
— Todavía tenemos que inventar la noche.
