Prentsa Aldundia

Lección de periodismo 0: No te sientas halagada si te acosa

Para Tatiana, la escritora más talentosa que conozco y una samurai que ha combatido un ejército de pendejetes desde sus 20 años.

Desde hace meses tenía un plan. Cada lunes publicaría una reflexión sobre la práctica periodística. La cuarta entrega sería sobre el machismo en la redacción. Como todos mis textos tendría un tono chusco, pero ahora me doy cuenta que la cosa no está como para reírse.

Este fin de semana surgió el hashtag #MeTooPeriodistasMexicanos y ha abierto una caja de pandora en el gremio. Decenas de mujeres han denunciado a sus acosadores en Twitter. Entre los depredadores hay periodistas reconocidos, veteranos, jefes, premiados, muchos autoproclamados feministas. Las experiencias de las mujeres son terroríficas y al mismo tiempo ordinarias, normales. Son historias que yo he escuchado una y otra vez. También las he vivido.

Tengo una facilidad para la observación desde muy temprana edad. Y desde muy temprana edad he observado con detenimiento el comportamiento de los hombres. Gracias a esa habilidad aprendí muy rápido lo que es ser una mujer bonita, atractiva, sexy, una mujer digna de la admiración masculina. Lo observé de mis familiares, mis compañeros de escuela, mis maestros y mis amigos. También aprendí muy rápido que yo no era una de esas mujeres.

Entonces, gran parte de mi vida viví con la creencia de que la única forma en la que yo podría atraer a los hombres era a través de mi inteligencia y mi personalidad. Todas esas películas, series y canciones de adolescentes me hicieron creer la fantasía de que si podía atraer a un chico con mi encanto, pronto notaría mi no-tan-obvia belleza. Solo era cuestión de que se acercara a mí, me quitara los lentes y me plantara un beso. Ya saben, como hacen con Sandra Bullock en casi todas sus películas.

Recibí tan poca atención masculina en mis años mozos que también aprendí que si un hombre se acercaba, me hacía comentarios sexuales, me acariciaba o me intentaba besar, manosear o coger, era lo máximo que me podía pasar en la vida, incluso si yo no me sentía atraída por él. Pero también, muy en el fondo de mi cabeza, siempre ha habido un instinto de alerta, de peligro, que algo no estaba bien.

Me di cuenta de esta disonancia cognoscitiva durante en mis primeros años como periodista profesional.

Estaba a solas en la redacción con un reportero al que admiraba mucho. No era la única, es un reportero multipremiado, un golden boy, de esos que van a foros a hablar de sí mismos y se pavonean por el Covandonga.

Había entablado una relación de confianza con él. En ese momento creía que le gustaba mi trabajo y me consideraba una especie de aprendiz suya. Ahora no sé si todo fue un engaño, una especie de carnada.

No recuerdo muy bien los detalles. Tal vez reprimí mis recuerdos para evitar el dolor. Pues no funcionó. Lo que sí registré muy bien fue su frase: “Creo que tú yo podríamos aprender mucho uno del otro”. Luego intentó besarme. “¿Qué haces?”, le pregunté entre risas. Luego me alejé. No lo hice porque me sintiera acosada, lo hice porque el tipo tenía novia. No quería que me besara, nunca me sentí atraída a él, pero no lo rechacé por esa razón. De hecho, me sentí halagada. Esa tarde sentí muchas cosas y una de ellas, por desgracia, fue alegría.

En mi defensa, el ambientito en esa redacción era ideal para fomentar mi confusión. Una de mis colegas me contó que otro reportero, también “genio del periodismo”, le quiso cobrar un favor con sexo, así, casual. En una junta, una colega y yo hablábamos de hacer un tema juntas y un reportero dijo: “Me parece perfecto, ahora bésense”. Todos se rieron a carcajadas. El mismo reportero que me acosó me dijo susurrando que no podía concentrarse porque estaba pensando en las nalgas de una de mis colegas. Yo lo tomé como algo normal.

Me cuesta trabajo escribir esta confesión. Me siento terriblemente avergonzada. Quisiera que las cosas hubieran sido distintas: haber rechazado a ese pendejo por las razones correctas, haberlo denunciado con mis editores o por lo menos haberlo hablado con mis colegas y mis amigas. Lo estoy contando casi una década después y sin nombres o detalles porque todavía no me atrevo a hacerlo. No soy tan valiente como yo creí. Espero algún día tener los ovarios para decir toda la verdad, como lo han hecho tantas mujeres.

Por muchos años compartí la falsa creencia con millones de machines de que solo hay un tipo de belleza femenina y que solo una mujer con ese conjunto de atributos físicos es la única merecedora de la atención masculina. Si solo las guapas llaman la atención, entonces solo las guapas son acosadas y abusadas sexualmente. Nomás chequen este hilazo para que vean a qué me refiero:

Para esas fechas yo ya estaba muy consciente de que esa lógica torcida es una reverenda pendejada, pero hubo un momento en el que yo fui partícipe, yo era parte del problema. Muchos años después de mi acoso, en otra redacción, mis colegas me contaron que había un tipo afuera del Metro Chilpancingo que le mostraba sus genitales a las mujeres que pasaban por ahí. A todas mis colegas las flasheó, menos a mí. En lugar de sentirme aliviada, me sentía rechazada. Así de mal estaba.

Con el tiempo y después de muchos tropiezos en la vida me di cuenta del engaño tan garrafal en el que viví gran parte de mi adolescencia y mis veintes. El acoso no es halagador. El acoso es la forma más cruda y cruel en la que un hombre te comunica que no tienes valor, que no eres un ser humano, eres un pedazo de carne, un instrumento para saciar sus necesidades físicas y emocionales. No tiene nada que ver contigo y todo que ver con él.

No sé si este texto le ayudará alguien a descubrir algo sobre sí misma o sí mismo, espero que sí. Quiero ser 100% honesta y por eso les aclaro que no busco halagos ni cumplidos ni aplausos ni ovaciones, mucho menos inspirar lástima. Solo quería sacarlo de mi sistema y qué mejor momento que este.

Muchas felicidades a todas las mujeres que han iniciado esta revolución. Me uno a su lucha. Yo sí les creo.