La decepción

Las decepciones llegan cuando nosotros tenemos una expectativa y al concretarse no llega a ser lo que esperábamos. Creo que cuando somos niños pasamos por las peores decepciones. Es tan libre la imaginación de un niño, que puede convertir palabras sueltas y frases incompletas que escucha de los adultos en una mágica fantasía digna de Hollywood. Estoy segura de que si te remontás a tu infancia recordás al menos una o dos veces en que te imaginaste algo que, al final, fue totalmente diferente… y decepcionante.

A medida que vamos creciendo, es como que “adormilamos” esa capacidad. Mejor dicho, bajamos las expectativas, regulamos, para que la decepción no nos resulte tan aplastante. Y sin embargo, no hacemos lo contrario. Cuando algo excede nuestras expectativas, normalmente desconfiamos. ¿Será tan bueno para ser cierto? En síntesis perdemos la inocencia.

Claro, es absolutamente normal, pero ¿será que no tenemos que cuestionarnos a veces si está bien seguir tan anestesiados? ¿No sería lindo volver a creer, confiar y sentir como cuándo eramos niños? No tengo la respuesta (si, ya sé, la respuesta está en mi corazón ja!). Y finalmente, si sacamos la emoción y analizamos fríamente, tenemos miedo de sentirnos tristes. Nos pesan tanto esas decepciones progresivas, que preferimos esperar nada o casi nada, para que no nos duela o duela “tolerable”. Mejor que nos sorprenda para bien que para mal. Pero entonces ¿qué sería bien? ¿Lo que decepciona poco pasa a estar bien?

Hoy leí algo de pasada, en una de esas imágenes que se publican en redes sociales, que me llamó la atención: La gente no te hace algo a vos. La gente hace, y vos decidís como te afecta a vos.

Finalmente creo que es una decisión de cada uno y de cada momento. Abrirse implica que puede haber dolor. Los seres humanos huimos del dolor. ¿Valdrá la pena el placer de sentir tanto versus el dolor de exponernos? Me quedo con la tarea.

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