Don’t let the muggles get you down
Hace 20 años se publicó el primer libro de Harry Potter en Estados Unidos. 3 años más tarde llegaría a mi vida el día que reprobé el examen de admisión a la preparatoria que habían seleccionado mis padres.
Estaba por cumplir 15 años y me sentí un fracaso.
Recuerdo haber visto los resultados, la sensación de incomodidad, el dolor estomacal y el aguantar el llanto hasta llegar a la camioneta de mi mamá y empezar a llorar. Trató de consolarme, “no pasa nada, Mónica”, pero no podía dejar de sentirme el fraude más grande del universo. Odiaba la secundaria, me hacían bully constante y mi promedio era bastante mediocre; tampoco quería entrar en aquella prepa, la habían escogido por considerarla la mejor de la ciudad… a pesar de eso, no imaginé reprobar.
Mi mamá me tranquilizó, dijo que hallaríamos una solución, que ––al ser escuela privada–– habría otra oportunidad para presentar y estaría mejor preparada. Después, arrancó su camioneta rumbo a casa de mi abuela.
En el camino tomé una Selecciones. No recuerdo qué venía en la portada, ni de qué iban los artículos; lo único que sé es que me detuve en la entrevista que le hacían a una mujer inglesa de nombre J.K. Rowling. Hablaba de cómo había pasado penas, hambre y, un día, en un tren comenzó a escribir la historia de un mago llamado Harry Potter.

Hubo algo en la historia de aquella mujer que me enterneció en el momento. Tal vez era mi imaginación adolescente tan activa que deseaba ser escritora y quiso una oportunidad, tan pequeña y mágica, como la que J.K. Rowling había tenido; tal vez fue el anhelo de construir algo que, aunque no había sido terminado, parecía ser un monstruo enorme que ya estaba rebasando fronteras. Deseé tenerlos pero, al llegar a casa de mi abuela, me olvidé de ellos.
Mi mamá me metió a asesorías, presenté de nuevo el examen a la preparatoria que habían seleccionado para mí, me gradué de la secundaria que odiaba y el día de mi cumpleaños número 15 me desperté con dos cajas.
En la primera había una cruz de plata ––es tradición de las mujeres Torres regalar algo así el día que “te conviertes en mujer”–– ; en la segunda, un poco más grande, pensé que se encontrarían las llaves de un automóvil o unos boletos de avión. Después de todo, semanas atrás me preguntaron qué deseaba por mi cumpleaños y (al no ser cualquier número) respondí “un jeep”. Pensé que aquella mañana, al despertar, me asomaría por mi ventana y ahí estaría el carro de mis sueños.
Pero no.
La caja era muy grande para unas llaves.
La abrí. Adentro, se encontraban los primeros tres libros de Harry Potter. Miré a mi madre con reclamo. ¿Libros? ¿En mi cumpleaños? No dije nada. Me callé el disgusto. La abracé y contemplé mis libros. Gran regalo, pensé.
Hasta la fecha no recuerdo haber mencionado la lectura del artículo a mi madre. Tampoco sé qué la impulsó a regalármelos, pero agradezco que lo haya hecho. Mi vida no sería la misma sin ellos, mi formación personal, mi profesión, los puentes que he construido gracias a estas lecturas han sido enormes y continúan creciendo.
Y, a pesar de que la manera en que los leo ha cambiado, después de todo este tiempo (y de dos tatuajes) cada primero de septiembre me pongo triste por no estar en el andén 9¾.

