El punto y la extrañeza masculina

I. El punto y la extrañeza

Hace un par de días hablaba con una amiga feminista quien me dijo que para realmente cambiar el mundo todos los machos deberían ser eliminados. A esto yo agregué que si las mujeres machistas no tendrían que serlo también. Ella comentó que le tenía mucha más fe a las mujeres y yo pensé, por mi experiencia familiar, si realmente podría ser posible esto.

En la serie de televisión 13 Reasons Why (2017), una adolescente, Hannah Baker, se suicida después de haber sido acosada por sus compañeros de la preparatoria. A través de unas cintas de grabación deja el testimonio de qué fue lo que la orilló a quitarse la vida. Va nombrando cada una de las 13 razones/personas que la hicieron sentir insegura no sólo en la escuela, sino también en su casa, en su mente y en su propio cuerpo.

En uno de estos capítulos, Hannah se encuentra molesta porque fue incluida en una lista — elaborada por quien creía uno de sus mejores amigos — dirigida hacia el público masculino de la escuela donde “premiaban” ciertos atributos de las mujeres. A ella le tocó ser “el mejor trasero”. Uno de sus amigos, Clay, al parecer el único aliado de Hannah, le pregunta qué la hace sentir tan mal: ¿acaso no la están alabando? ¿No está en la lista de las chicas “más ardientes” de la escuela?

De manera previa, Hannah había sido falsamente acusada de haberse acostado con uno de los jugadores del equipo de fútbol. Esto la hizo ganarse el nombre de “puta”. El ser llamada “el mejor trasero” por su (ex) mejor amigo también hizo creer a la gente que se había acostado con él; después de todo, bajo cierta lógica, por alguna razón debía conocer ese trasero. Por lo tanto, lo único a lo que la orilló fue a revivir ese capítulo de “puta” y ser renombrada así.

Hannah da por terminada la conversación con Clay diciéndole que “el punto y él son completamente extraños”.

II. La masculinidad blanca y el capital

El punto, el principal tema, y los hombres han sido extraños durante algún tiempo. Hace un par de semanas salió el hashtag #LadyPlaqueta porque la periodista Tamara de Anda estableció una denuncia en contra del taxista que la había acosado en la vía pública. ¿La respuesta de la gente? “Pinche vieja fea, cómo se te ocurre acusar por un piropo, pinche vieja naca”, “Plaqueta, escribes con puras groserías, no sé por qué te ofendes de alguien que te dijo guapa. Escribe de cosas con valor cultural”[1]. A esto se le debe agregar las amenazas de muerte y violación que recibió en sus redes sociales.

Un par de días después, el juez Anuar González Hemadi otorgó un amparo a Diego Cruz, uno de los jóvenes acusados de pederastia y abuso sexual contra Daphne Fernández. Este dictamen se dio porque el juez consideró que en los actos de Cruz (que van desde tocar los senos de Daphne, introducir sus dedos en la vagina de la chica e ignorar sus peticiones para que se detuviera) “no se observa una intención lasciva ni la intención de copular[2]”. Lo mismo sucedió en Estados Unidos, en el sonado caso de violación de Stanford. Brock Turner abusó de una chica inconsciente detrás de un basurero. Tras un juicio largo se sentenció al chico a seis meses de prisión porque, de acuerdo al juez, al padre del chico, y a éste: “20 minutos de acción no valían tantos años en la cárcel[3]”.

¿Por qué sucede esto? ¿Por qué Clay no puede observar que para Hannah no es un halago estar en una lista de chicas atractivas, expuesta a la mirada masculina? ¿Por qué son Hannah, Tamara de Anda, Daphne y la chica de Stanford las culpables de lo que les sucedió?

En “La escritura en el cuerpo de las mujeres asesinadas en Ciudad Juárez”, Rita Laura Segato indica que “el perfil del agresor adquiere un carácter moralizador, de paladín de la moral social porque, en ese imaginario compartido, el destino de la mujer es ser contenida, censurada, disciplinada, reducida […]” (p. 40). Las preguntas que se hacen después de que una mujer es violada la revictimizan. Le preguntan por la cantidad de parejas sexuales que ha tenido, su vestimenta, si ha bebido alcohol, consumido drogas, si se ha salido de la norma. Porque si es así, el hombre no tiene la culpa de esto: es de ella, la Jezebel.

En una carta publicada por Buzzfeed, la sobreviviente de Stanford describe cómo pensó que su caso no iría a juicio: había testigos, había tierra en su cuerpo, él había sido capturado mientras intentaba escapar. Sin embargo, lo que sucedió fue que contrató a un equipo de abogados poderoso, testigos expertos, investigadores privados que iban a inquirir en su vida privada, usarla en su contra; se le hicieron preguntas invasivas, agresivas y manipuladoras:

How old are you? How much do you weigh? What did you eat that day? Well what did you have for dinner? […] Did you drink with dinner? […] How much did you drink? What container did you drink out of? Who gave you the drink? How much do you usually drink? Who dropped you off at this party? At what time? […] What were you wearing? Why were you going to this party? What’ d you do when you got there? Are you sure you did that? But what time did you do that? What does this text mean? Who were you texting? […]Was your phone on silent when your sister called? Do you remember silencing it? Really because on page 53 I’d like to point out that you said it was set to ring. Did you drink in college? You said you were a party animal? How many times did you black out? Did you party at frats? Are you serious with your boyfriend? Are you sexually active with him? When did you start dating? Would you ever cheat? Do you have a history of cheating? What do you mean when you said you wanted to reward him? Do you remember what time you woke up? Were you wearing your cardigan? What color was your cardigan? Do you remember any more from that night? No? Okay, well, we’ll let Brock fill it in.[4]

Brock Turner, Diego Cruz, los personajes de 13 reasons why muestran esa relación directa entre capital y muerte que refiere Rita Segato en La guerra contra las mujeres. Este análisis está realizado de una manera mucho más obvia que el hecho por Segato ya que aquí se sabe quiénes son los agresores: adolescentes con padres poderosos, con el capital a su favor. Estos adolescentes no tienen la imagen de violadores comunes (aunque aquí valdría la pena preguntar: ¿qué es “común”?) sino que provienen de ciertos estratos sociales que se consideran ajenos a estos actos de violencia porque “tienen educación”, “tienen dinero”; de esta forma, se nos remite entonces a conceptos que se alejan de la palabra violencia y se le otorga a Otros ese estigma.

III. Perdida de la identidad a través de la máscara

En enero de 2015, en Veracruz, Daphne Fernández fue obligada a subir a una camioneta por cuatro chicos universitarios. De acuerdo a sus declaraciones, uno de ellos se limitó a observar (por lo que ya está absuelto); otros dos la tocaron de manera indebida (entre ellos Diego Cruz) mientras que el último la agredió sexualmente. El cuerpo de Daphne para ellos era “una pieza descartable […] para atravesar el umbral de la pertenencia a grupo de pares” (Segato, p. 41), aquí se trataba de demostrar quién era el más poderoso y lo fue quien pudo penetrarla no sólo de manera física sino también aquél quien logró “el aniquilamiento de la voluntad de la víctima […], la pérdida de control sobre el comportamiento de su cuerpo” (Segato, p. 38). Daphne fue “expropiada del control sobre su espacio-cuerpo” (Segato, p. 38).

En todos estos casos, las mujeres han tenido que ser víctimas de misoginia por parte del colectivo. En el caso de Hannah, el personaje femenino de 13 reasons why, los estudiantes de su preparatoria sabían quiénes estaban detrás del acoso pero temían convertirse en víctimas de estos por lo que la reacción de la masa fue tratarla de la misma forma en la que sus hostigadores lo hacían; por otro lado, el padre de Daphne se ha visto cuestionado por haber permitido que su hija “menor de edad” estuviese en un antro, por no saber en dónde se encontraba. Sobre la sobreviviente de Stanford ya hemos leído de qué manera ha sido revictimizada.

Segato indica que esto es el “mal de la comunidad”. Al no saber (o no poder) nombrar al culpable de su malestar depositan la culpa en la víctima “por la crueldad con la que fue tratada” (p. 46); entonces, el cuerpo de estas mujeres ya no sólo dejaron de ser de ellas para pertenecerle a sus violentadores; también se han transformado en cuerpo colectivo que puede ser subyugado por quien lo desee porque “la reducción moral es un requisito para que la dominación se consume y la sexualidad, en el mundo que conocemos, está impregnada de moralidad” (p. 47).

¿Y qué acto moral más grande que llamar a Dios para culpar a la víctima? En abril de 2016, la madre de uno de los Porkys lanzó una carta pública señalando todo el daño que se le estaba haciendo a su hijo por un mal padre, quien no denunció de manera inmediata. Después, se dirige hacia Daphne y le pide a Dios que la perdone por su silencio. En el caso de la sobreviviente de Standford, también su moralidad fue cuestionada por estar en una fiesta, sola, embriagada y haber “accedido” a acompañar a Turner.

Los casos que he tocado a lo largo de este trabajo difieren de los de Ciudad Juárez en que pueden ser categorizados y existe un rostro detrás de la agresión sexual. Sin embargo, el capital también ha liberado a estos chicos (y probablemente liberará a los Porkys) de su sentencia. Segato indica que “hablar de causas y efectos no me parece adecuado. Hablar de universos de sentidos entrelazados y motivaciones inteligibles, sí” (p. 42) por lo que este texto soy yo tratando de comprender de alguna forma los eventos de las últimas semanas en nuestro país porque me resulta cada vez más difícil ser mujer y no estar enojada y La guerra contra las mujeres vino a encausar esta rabia.

Cuando hablaba con mi amiga le comenté que me parecía irónico que mi madre, mujer de casi 70 años, casada desde hace 40 con un hombre violento, estuviera mucho más abierta a las discusiones sobre el feminismo que mi hermana de casi 40, en una relación abierta desde hace 10 años, con un hombre con patrones muy similares a mi padre. Mi amiga respondió: “Pues claro, tu mamá ha estado muchos años dentro del sistema patriarcal. Ya vio cómo funciona, está cansada y abierta al diálogo. Tu hermana, en cambio, sigue inmersa en él. Todavía no ha querido darse cuenta”. Rita Segato finaliza su texto diciendo “mientras que, en su sufrimiento, la víctima tiene una oportunidad para la lucidez y la conciencia regeneradora, es la humanidad del supuestamente <<no afectado>> la que se deteriora sin noción y sin remedio, y se sume en una decadencia inexorable”.

Supongo que mientras tengamos la capacidad — y el deseo — de entender cuál es el punto de la lucha, de qué manera se mueve el mundo (más allá del binarismo causa y efecto) tendremos esa oportunidad de lucidez de la que habla Segato. Pero primero hay que dejarnos afectar ante el mundo.

[1] Molina, P (20 de marzo de 2017) “Plaqueta lee mensajes de sus haters” [archivo de video]. Recuperado de: https://www.youtube.com/watch?v=6qik003HNiQ

[2] Reina, E. (2017). México ordena la liberación del Porky acusado de pederastia. EL PAÍS. Recuperado el 3 de abril de 2017 de: http://internacional.elpais.com/internacional/2017/03/30/mexico/1490836784_623591.html

[3] Ashley Fantz, C. (2017). Outrage over six-month sentence in Stanford rape case. CNN. Recuperado el 3 de abril de 2017 de: http://edition.cnn.com/2016/06/06/us/sexual-assault-brock-turner-stanford/

[4] Here’s The Powerful Letter The Stanford Victim Read To Hear Attacker (2017). BuzzFeed. Recuperado el 3 de abril de 2017: https://www.buzzfeed.com/katiejmbaker/heres-the-powerful-letter-the-stanford-victim-read-to-her-ra?utm_term=.uxZN3qoxv#.kn6qjDRNp

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