Los paseos vallenatos me ponen (bien) triste
Cuando era niña, odiaba los paseos vallenatos. Los relacionaba con las tardes de hastío en la tienda familiar, escuchando una y otra vez historias de amor llenas de sufrimiento. Oírlas me producía una especie de sopor que relacionaba al calor de Monterrey y al de aquella tienda.
La música inundaba el interior del local y mientras mis hermanos mayores gritaban “pásenle, pásenle”, mi mamá nos sentaba a mi hermano menor y a mí en la bodega a comer. Después, sería nuestro turno de invitar a los caminantes a entrar al negocio.
Yo pensaba que la vida era distinta,
cuando estaba pequeñito yo creía
que las cosas eran fácil como ayer.
Mis hermanos mayores abandonaron la universidad y se integraron al negocio familiar para “no estar perdiendo el tiempo en tonterías”, dijo mi mamá. Mi hermano menor y yo trabajábamos en vacaciones, cuando fuimos lo suficientemente grandes para no ser devorados por la masa de gente que acudía a los fines de semana a Reforma.
Aquellos veranos eran, sin que yo pudiera reconocerlo, los momentos en donde toda mi familia realmente convivía.
Uno sabe que la vida
de repente ha de acabarse
y uno espera que sea tarde
que llegue la despedida.
Conocimos aquellos paseos vallenatos tan bien como conocimos los precios de la tienda. Por las mañanas, nuestra rutina consistía en barrer la entrada y después echar agua para eliminar los olores a orines; después, sacábamos las ruedas con la ropa, colgábamos algunas prendas en los ganchos que sobresalían del techo y sacábamos los maniquíes. Por las noches, repetíamos la operación, aunque, en esta ocasión, en reversa.
Fue imposible sacar tu recuerdo de mi mente.
Fue imposible olvidar que algún día yo te quise.
Tanto tiempo pasó desde el día en que te fuiste,
allí supe que las despedidas son muy tristes.
Una tarde llovió tanto que, de las coladeras, empezaron a salir cucarachas, expulsadas por el exceso de agua en las alcantarillas. En otra ocasión, una rata gorda y enorme salió de la bodega, asustando a mi padre, quien corrió fuera de la tienda para escapar del roedor. Cuando regresó, mis hermanos y yo nos reímos de él.
Y vuela, vuela, por otro rumbo
ve y sueña, sueña, que el mundo es tuyo.
Tú ya no puedes volar conmigo,
aunque mis sueños se irán contigo.
Cuando mis padres adquirieron un local frente al negocio, nos dividimos. Mi papá y mis hermanos mayores atenderían la tienda original y mi madre, mi hermano menor y yo nos iríamos enfrente. Las tardes donde todos convivíamos se rompieron, también nuestra rutina. Aquel espacio no necesitaba que sacáramos ruedas con ropa ni que colgáramos nada. Ahora sólo limpiábamos y veíamos a la gente pasar. Mi mamá ni siquiera nos pedía que los invitáramos a entrar a gritos.
Y es que extraño tantas cosas
pero no puedo evitarlo,
aunque todavía no entiendo
en qué he fallado.
Aquel negocio nos unía como familia. Cada uno de nosotros sabía cuál era su función, en dónde debía colocarse y cómo debía moverse por la tienda. Sabíamos adaptarnos a los cambios, nos activábamos en cuanto uno de nosotros estaba ocupado o en apuros.
Cuando nos separamos, dejamos de funcionar.
Y no voy a llorar, cuando te vea partir.
Trataré de borrar esa desilusión
que dejarás en mí y te juro por Dios
que no voy a llorar.
Mi familia tiende al escándalo. Un cambio en el orden del día implica que se encienda una alarma dentro de mí porque sabe lo que viene a continuación:
Todo inicia con mi padre gritándole a mi mamá, mirándola con odio. Al ver eso, me sobresalto y pregunto si mi madre no se dará cuenta de la intención de esa mirada. Si es así, tiene sentido que decida no prestarle atención a mi padre para centrar todo en mi hermana, señalando cada uno de sus defectos, llamándola inútil o pendeja. Mi hermana baja la mirada, guarda silencio. Puedo sentir cómo dentro de ella hay algo que quiere hacer erupción, un secreto que tiene, pero no lo grita para no fracturar aun más a la familia. El silencio de mi hermana es entonces abarcado por mi hermano menor, él se concentra en mí. Lo que mi madre hace con mi hermana, él lo hace conmigo. Yo respondo. Ya no callo. Todo termina con un “ya no tienes sentido del humor”.
Aquello volverá empezar en algún momento de la noche. Y, como siempre, nadie hablará de Raúl.
Y puedo ser un ciego y caminar descalzo,
y un millón de brasas lastimen mis pasos,
pero nunca tú, no me faltes tú.
Tengo un sueño recurrente desde hace un par de semanas. Es la vieja tienda, la original, aquella donde sí funcionamos. Está completamente vacía. Lo único que la habita es un sillón café, como el de Friends. Ahí, estoy sentada. A mi lado, Raúl. Los dos miramos hacia el frente. No nos vemos, tampoco hablamos. Lo único que escuchamos son paseos vallenatos.
