Todas las cumbias que no bailaste por tirarle a la mamada

Durante mi infancia, escuchar música norteña o texana me parecía de “nacos”. Estuve en escuelas católicas, privadas y con niñas fresas durante los primeros 13 años de mi vida así que mi repertorio musical no era amplio y si conocí a The Beatles o Elvis Presley fue por mi papá; a Luis Miguel y a Frank Sinatra por mi mamá y a Janis Joplin, Nirvana y The Doors por mi hermano mayor.

Yo crecí escuchando el hermoso pop en español de los noventa.

Todo cambió en el verano de mis 13 años gracias a la “Peque”. Habíamos crecido juntas por estar en los scouts desde gacelas; sin embargo, aquel verano sería la primera vez que tendríamos que vernos las caras casi todos los días debido a que teníamos muchas ganas de asistir a un campamento regional, pero pocos recursos económicos para hacerlo.

Nuestra jefa de tropa pidió permiso para utilizar la tienda que se encontraba en el deportivo donde realizábamos las actividades. Cada una llevo cien pesos y así compramos sabalitos, duritos y tostadas para preparar. De lunes a viernes, durante cuatro semanas, asistí por las mañanas para ofrecerles a niños inquietos y a sus madres molestas lo que nuestras adolescentes manos sabían hacer.

Los frijoles eran de bolsa, el repollo estaba mal cortado ––por mí, gracias–– y el primer día le pusimos tanta crema y salsa a las tostadas y duritos que para medio día ya se había acabado todo.

Afortunadamente juntamos rápido para reabastecernos y, cuando los cursos terminaron, ya teníamos el dinero para la inscripción a nuestro campamento.

La “Peque” se encargó de llenar aquellos días con música que me remitía a los domingos en casa de mi abuela, al olor a carne asada, al calor, a mis tíos y mi madre borracha y a la poca oferta que había ––en aquél entonces–– en canal cinco los fines de semana.

Me parecía increíble que escuchara ––¡por voluntad propia!–– cumbias norteñas, texanas y corridos. La “Peque” me hablaba de lo guapo que era Arnulfo Jr. (con su parche en el ojo), reía cuando hablaba del cantante de Los Reyes del Camino (“mi’jo Tito”) e intentó a hacerme bailar cumbias al ritmo de Pesado o Intocable. Jamás lo logró.

Su entusiasmo por esta música se contagiaba, pero lo olvidaba al llegar a mi casa y poner a Shakira o a los Backstreet Boys.

Al final, recordaría las canciones por tantas veces que las escuché aquel verano; sin embargo, jamás intenté escucharlas por mí misma.

Hasta que entré a la prepa.

Mis mejores amigos adoraban las cumbias. Jorge me enseñó a distinguir de manera simplona lo norteño de lo texano (si los músicos son de Texas, es texano, duh); Alma me dijo “hay que mover los pies para bailar” (jamás lo logré) y las noches en el automóvil de Laura, escuchando y cantando a Pesado a todo pulmón, grabaron las canciones de “Dices ya no” o “Dile” muy dentro de mi memoria.

Sin embargo, como siempre, Letras arruinó todo.

¿Pa’ qué chingados estudié Letras?

AAAAAAAAAAAAVEDÁ.

Noscierto, al finalizar la prepa me alejé de esos amigos e intenté “rebelarme” escuchando un rock español y argentino bastante chafa; después llegué a la universidad y entré a mi primer trabajo formal en un Domino’s Pizza donde sólo escuchaban paseos vallenatos por lo que, mientras mis amigos asistían conciertos de Intocable y Pesado, yo andaba bien nubes negras / del cielo me ha mandado lluvia / para que me enamore de la luna / porque la mujer que amo con otro se va a casar.

Pero esa es otra historia.

Ahora, me lamento porque sólo quiero escuchar a Pesado en vivo y no puedo :c