Cómo es verla a ella sonreír

Mi madre en un atardecer habitual

Nuestro pequeño gran escape. Y, por supuesto, mami sonriendo.

En un día corriente, decidimos, mi hermana, madre y yo, darnos un chapuzón en nuestra playa favorita para hacer un poco de snorkeling y tomar aire fresco en estas temperaturas tan altas en la isla y durante el verano.

Después de una hora y varios minutos yendo y viniendo en la superficie a la misma vez que zambulléndonos en lo hondo del mar, mi madre se mantenía tranquila como en estado de estupefacción — tengo que aclarar que es un lugar que frecuentamos desde niños, siendo aún más especial su reacción — admirando la naturaleza de la que tanto toma y observando cómo sus hijas iban y venían a su encuentro. Uno de los pasatiempos favoritos de mi madre es ese, solo dejarse llevar, en los espacios naturales que esta hermosa isla nos ofrece. Pero no fue hasta que ocurrió cierto episodio, que mi hermana y yo nos miramos felices, admirándonos de la persona tan grande que tenemos el honor de llamar madre. Entonces, ¿qué aconteció? Ella con toda la perspicacia que en su cuerpo y rostro relucía, se animaba a dar un salto, mientras yo daba mi recorrido de peces y corales, a aquella parte de la poza en donde ella intuía que estaba muy hondo para su estatura de 4 con 11, pequeña por demás. En eso llegaba yo y las observaba muy cerquita en la piedra que nos servía de escudo ante la marea cambiante que se daba por momentos. Ellas, mi hermana y madre, dieron el gran salto, juntas, y comenzaron las carcajadas por la poca profundidad que experimentó mi madre.

Luego, a los pocos minutos — y con mucha más confianza — ya me pedía el esnórquel para ella admirar la belleza de la cantidad de peces y biodiversidad marina que hay abajo de este mar. Pasados tres minutos o menos sumergida en el agua, se sentaba en la roca a tomar un descanso, se quitaba la careta y el esnórquel y daba un suspiro — en esto claro que mi hermana y yo estábamos expectantes a lo que diría — que nos dejaba, al mismo tiempo, a mi hermana y a mí, fascinadas ante tanto espíritu que hay dentro de esa mujer. Con los ojos llorosos y atónitos, con una sonrisa de dentadura completa, con una exclamación de: “wao, de verdad que esto es un regalo. Es increíble la belleza de toda la vida que hay aquí debajo”. Y comenzaba a describir cada uno de los peces que había observado, decía: “es que aquí hay peces de todos los tamaños, colores y formas. Hay azules, grises, amarillos, violetas…”, y así continuaba. Mi hermana y yo irrumpíamos en risa y decíamos, “tenemos una madre mística”. Aunque ya todos, mis tres hermanos y yo, lo hemos ido heredando, a pesar de la ola de deshumanización que vivimos.

Al momento de mi receso.

Ella está feliz y sigue sonriendo como una niña. Con una dulzura que enternece a cualquiera, compartiendo de un día normal con sus hijas. Esta frase la escribí en un momento en el que salí del agua, luego de presenciar lo que ya relaté. De súbito me dije, tengo que hacer la pausa ahora para que los sentimientos salgan lo más parecidos posibles a esto tan real que está pasando aquí. Volví a meterme en el agua, luego de sacarle algunas fotos a mami y hermana, ellas todas dispuestas a que las captara el lente fotográfico — no era el mejor — de mi celular. Volvimos, cada una, a ponernos el esnórquel; a ver cómo mi hermana hacía clavados desde la misma roca en la que nuestra madre nos iluminaba; a ponernos en fila mi madre y yo porque a mi hermana se le ocurrió la brillante idea de clavado y paso por debajo de sus piernas; en esas ocasiones era más especial aún, reír por reír, amando lo pequeño que atesoramos desde niños. Ya esa mamá que tenemos nos ha llevado alrededor de toda la isla, siendo en muchas ocasiones más aventurera que sus hijas.


La felicidad es la manera de reírse ante el sufrimiento propio y el que se comparte con otros, no de una forma burlona, sino dándole — increíblemente — la mejor bienvenida, así es más llevadero el proceso y se es más, de manera más pronta. Me hace pensar en las tristezas que ha traído este 2016, de las que seguramente hablaré más adelante, en otra oportunidad, que idílicamente, claramente con sus altas y bajas, me enseñan qué es vivir y cómo sacar provecho de todo, de los espacios verdes y los no tan verdes, ya optando — en este aquí y ahora — de tomar, de donde sea, la crayola o el lápiz de color y mezclar las tonalidades — si hace falta — hasta dar con el indicado, con aquel que delinee mejor las líneas finas de nuestra vida compartida. ¡Qué sé yo! Ahora mismo tengo tanta gente en la mente de las que he aprendido este año. Uff! Qué privilegio poder exclamarlo.


Incluso, luego de una tarde mojada y de peces de tantos colores, decidimos que el día no acabaría en aquella playa, sino que sumado a eso, llegaríamos al faro, lo más pronto posible, para no perdernos el atardecer. No por nada llaman a esta isla la del Encanto, porque si quieres ver la puesta de sol de Lion King todos los días, solo tienes que pasar por el área oeste de Puerto Rico. Otro detalle era el darse cuenta que no éramos las únicas que sentíamos admiración ante el suceso, sino un puñado de gente que se sumaba a nosotras, con la misma algarabía, a captar — con resultados que no le hacían justicia al panorama — aquel momento repetible, pero irrepetible en nuestra propia historia.

El atardecer en el Faro.

Ahora vamos en el carro, escuchando una de tantas canciones de La Oreja de Van Gogh — un grupo del que nos encantan muchas melodías y letras — sonando de esta manera:

“Dime, niña de ojos tristes, recuerdas aquel viejo barco que tanto quisiste, donde tú y el mar hablabais de libertad, de una escalera a la luna quizá, de un mundo que no deje nunca de hacernos soñar [. . .] sonriendo a la vida, si no te sonríe ella a ti”.

Y pensaba en este día; recordaba todos los momentos en que somos esa niña de ojos tristes; pensaba en la libertad, en aquella escalera que hemos subido — al menos a mitad — hacia la luna y en la tarea diaria de dejar que el mundo nos permita soñar, sin claudicar. Abrí el facebook en mi celular y, al mismo tiempo que la música, veo una foto de una amiga querida de otras tierras que luego de varios meses recluida en la clínica, sin salir y luego de un gran accidente, sonreía en el portal de aquel hospital diciendo: “11 de junio. Primer día en la calle. Hoy todo parecía más grande”. Saber que justo en ella pensaba cuando yo misma también me daba cuenta que el mundo siempre parece más grande cuando nos dejamos interpelar por su belleza. Y terminaba el instante en un movimiento de suspiro y de perspectiva, poniendo la mirada en todo lo grandes que pueden ser los días y las personas.

Hasta esa noche cambió su rumbo, se invirtieron los planes y mi padre llegaba del trabajo con la insistencia — casi nunca quiere salir el hombre y cuando sale siempre su primera respuesta es no — de que lo acompañáramos junto a algunos de sus hermanos, con más sobrinos — que nos tomaron por sorpresa al llegar nosotros y ver el batallón — a simplemente procurarnos y acompañarnos entre tantas noticias difíciles que hemos podido asimilar en la misma alegría que mencionaba más arriba. La vida es para esto, para sufrir, llorar y reír en el intento de — nuevamente — acertar con el color adecuado.

Entonces, ¿cómo es verla a ella sonreír? Como todo lo que puedo describir aquí, como aquello que se queda en el alma como sentimiento impronunciable, como todo lo que sus años de vida han sido servicio y abnegación para nosotros — su núcleo — y los que pasan, vienen y van, entre esas líneas a las que aún le damos color. Ella es muchas cosas, y qué alegría es no poder definirlas todas.