Caso de éxito. Bitácora.

Tengo un nuevo empleo. Trabajo en una importante fábrica de cosméticos y productos de belleza. Mi labor es —entre otras cosas—, editar los pequeños textos que acompañan a cada producto dentro de su caja y generar los instructivos para el uso de ellos. Me baso en lo que los farmacéuticos de la empresa dicen que debe hacerse para que el producto funcione adecuadamente.

Me emociona bastante la nueva tarea que me asignaron. Funcionó tan bien lo de los instructivos, que me pidieron escribir las frases que hacen creer a las veinteañeras que necesitan cremas mágicas para evitar lo inevitable:

«Detén el paso de los años por tu rostro y luce siempre radiante», «El tiempo es relativo, sobre todo para tu cara» y demás mentiras que cualquiera con algo de sentido de humor sabría identificar como grandes puntadas para generar lo opuesto a lo que anuncian: más arrugas, gracias a las carcajadas que producen.

También traduzco esos textos al inglés y al francés porque distribuimos productos en todo el mundo. Mi trabajo está traspasando a mi lengua materna.

Cuando estaba en la universidad y me preguntaban cómo me veía en diez años, respondía que como una escritora controversial o como editora de alguna revista importante de moda y belleza. En dos meses cumplo 37 años y esto es lo más cercano que tengo a ello. Puede que no escriba críticas de moda ni novelas desgarradoras, pero si no pongo las palabras adecuadas en esa pequeña hoja de papel arroz, alguna chica puede terminar con la cara roja o llena de granos (a veces lo hago, sobre todo cuando se acerca mi cumpleaños o el día de los enamorados).

Hace unos días vi en televisión lo de Uma Thurman y la catástrofe en su cara. Creo que fui yo. No me siento mal por eso. Estoy segura de haber sido yo. La Navidad pasada enviamos a varios famosos una canasta con la edición especial de nuestros productos; al saber que iba destinada a mujeres importantes, hice también del instructivo una “edición especial”.

Ayer me quedé dormida sin desmaquillarme y tuve una pesadilla horrible: soñé que mi cara caía a pedazos sobre mi plato de cereal en el desayuno. Seguí comiendo porque confundí los pedazos de cara con fresas; la «yo consciente» de que era un sueño era la única que notaba lo que estaba ocurriendo con mi rostro. Ese sueño me dio una increíble idea para un instructivo que debo hacer el día de hoy, es para un producto antimanchas.

Vi a Valeria después de casi dos años. Es mi mejor amiga, pero entre las clases de sus hijos y mi absorbente vida laboral, coincidimos poco. Fuimos a tomar café como en los viejos tiempos y decidí contarle lo que le hice a Uma Thurman. Se rió como loca y luego me abrazó, me dijo que extrañaba mis ocurrencias. La comprendo, debe ser difícil de creer que alguien a quien quieres sea capaz de dañar la belleza de alguna celebridad.

Últimamente escribo instructivos pensando en arruinarle la cara a Anne Hathaway con alguna alergia. Por otra parte, cuando estoy de buen humor escribo líneas graciosísimas pensando en que Tina Fey las leerá justo antes de desmaquillarse y se preguntará quién es el genio detrás del instructivo de su nueva loción.

Estoy un poco asustada y tengo miedo de perderlo todo, el viernes noté un terrible error de dedo en el envase de un nuevo perfume: escribí «puto» en lugar de «puro». Ese texto lo escribí hace ocho meses, pasó por varios departamentos y el perfume lleva ya tres meses a la venta. A la fecha no he recibido ningún comentario al respecto; quizá, al final, el error no era tan grave como yo pensaba.

La empresa está por lanzar una colección de cremas que prometen rejuvenecer el rostro en un mes, tensando la piel para eliminar las líneas de expresión a un precio más alto que mis vacaciones. Obviamente no funciona como promete pero huele a éxito. La quiero.

*Este texto fue publicado originalmente en El Cole.

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