En su cumpleaños, con mucho cariño.

Para Juan:

De los tiempos más tristes de mi infancia fue cuando Juan se fue a vivir a Alajuela; habíamos crecido juntos, corriendo por la casa con espadas imaginarias. y cuidando nuestros animales de goma que se inflaban con el agua. Él me enseño que no podía andar por la vida sin escuchar Blink 182 o Californication de U2 ; que tenía que mover la cabeza de arriba abajo cuando sonaba Green Day, que tenía que ver Dragon ball Z (sin decirle a mami porque a ella no le gustaba) y a jugar en el play, con los legos, con los carritos... Mi infancia siempre tuvo compañeros, guías, hermanos y hermanas. Yo recibía a Juan del colegio todos los días con un abrazo, su cara de molestia me decía que no lo encontraba tan encantador como mi abuelita, pero yo corría a él cuando lo escuchaba llegar, porque yo hacía horas había llegado de mi kinder y me moría del aburrimiento sin él.

Cuando se fue a Alajuela sabía que iba a estar feliz. Tenía un gran patio, y tenía un perro. Pero visitarlo era en ese momento tan lejano como ir a Guanacaste. No muy seguido.

Crecí con mis otros hermanos, «ya ni me hace falta», yo había entrado al colegio y él estaba saliendo. Había pasado tiempo. Pero poco después de que se graduara me contaron que volvía a la casa; mi felicidad tenía con un tinte de dilema, porque ninguno era un chiquito, y dos adolescentes en una casa iba a ser conflictivo; además, mi casa era ya mi casa.

Sus dos primeros años fueron más una influencia externa, un estudiante de medicina que no hablaba mucho más que gruñidos, y quejas entre dientes. La casa olía siempre a café, por las tardes había un grupo de estudio en la sala, y por las noches una luz encendida. Aprendí de enfermedades cuando el necesitaba recitarlas para algún examen, y empecé a hacer café (y a tomarlo), para que no tuviera que levantarse del escritorio o la mesa.

Cuando empezó a agarrarle el ritmo a la carrera volvió a su persona, ya hablaba y no gruñía tanto. Y ahí volví a tener a mi hermano mayor. Los dos habíamos crecido, podíamos tener conversaciones interesantes, debatir, fundamentar; había un lazo de respeto y cariño que no hizo la convivencia difícil.

Su imagen de figura protectora se mantenía en mi mente, y ya de semi* adultos la vi regresar, reforzarse; cada vez que me ayudaba cuando estaba enferma; cuando los dos teníamos goma un sábado, pero la mía era peor, así que el salía a comprar suero. Cuando hablábamos por un buen rato de los planes que teníamos y los sueños que queríamos hacer realidad; cuando me compró un chocolate y Advil al ver que mis dolores menstruales eran tortura. Él me aconsejaba de todo, de los amigos, de los hombres, del estudio, y de la vida. Siempre filosófico y sabio, según él; creo que no se daba cuenta lo importante que eran para mí nuestras conversaciones.

Aveces estábamos los dos muy ocupados y no nos veíamos por días, solo al entrar a la casa; o escuchábamos la computadora, o el televisor del otro, y sabíamos que estábamos ahí. No había que hablar, él estaba ahí.

Nuestro lazo creció con idas al gimnasio, películas, partidos de fut y cafeteadas.

Lloré de orgullo cuando se graduó, pero lloré más cuando me dijo que se iba. Es el mismo sentimiento de orgullo, porque uno sabe que esa persona va a seguir una meta, un sueño, y cuando uno quiere a alguien solo quiere lo mejor para ellos.

Su nueva aventura iba a llevarlo a ser mejor médico, mejor persona; lo está llevando a ser alguien increíble; más de lo que ya era. Pero se lo llevaba lejos.

Orgullo y melancolía es lo que siento cuando llegan días como hoy, y, aunque tal vez yo no fuera a ser gran parte de una celebración, me encantaría darle un abrazo, decirle cuanto lo quiero de frente, y verle esa carilla que pone cuando está feliz, con ojos brillantes y sonrisa picarilla. Quisiera decirle que ha sido una gran inspiración, un pilar en mi vida, un mejor amigo, y un hermano. Que el tiempo pasa y aveces duele no escuchar el eco de su risa por la casa. Pero que a pesar de estar aquí, sigo aprendiendo de él; porque de alguna manera, así somos nosotros.

Quisiera que sepa que siempre lo voy a admirar, y a estar ahí para él apenas me diga, somos aliados; y no importa en qué coordenadas nos encontramos, vamos a ser hermanos.

Otra vuelta al sol, te amo muchísimo, ¡nos vemos pronto!

Atte: Montse