Migrañas
Hace un año comenzaron las migrañas. Creo que fue cuando dije en voz alta algo que pensaba desde hacía tiempo, eso de ‘no le tengo miedo a la muerte pero pánico al dolor’. El lado derecho de mi cabeza debió de escucharlo y como era una chulería comenzó a desafiarme. Acababa de morir gente inocente en las Ramblas y comenzaba una etapa en Barcelona de miedo, asco y tragicomedia. Me cabreé con la gente. Y utilicé todo aquello como un artilugio de autoengaño más resultón que la nave Tardis. Me sirvió de nave espacial hasta hace poco. Incluso en abril cuando sufrí el revés más duro de mi vida. Hubo otros autoengaños, muchos rozaban el ridículo: “Haré más yoga”, “comeré cúrcuma y quinoa”, “me detoxificaré el hígado”, “son las hormonas”, “puto Twitter”, “no puedo ver ‘American Horror Story”.
Un día (ya era verano) una amiga me dijo que intentaba ser tan racional que conseguía boicotearme a mí misma. Lo clavó. Caí en la cuenta de que por alguna razón cobarde sometía a mis sentimientos a un régimen totalitario. Eso no se ve en una resonancia magnética. “Es lo mejor que le podía haber pasado” era uno de los clips más reiterativos en mi NODO de cada día. “Todos sabemos como termina esta historia”, el de mayor audiencia. La máquina de las excusas producía al 800%. Pero como las migrañas son libres, inesperadas y rebeldes, a ellas no lograba manipularlas. Son mis enemigas porque en el fondo las admiro.
Como en ‘Los duelistas’, película en la que dos personas se buscan a lo largo del tiempo con el único fin de retarse. El duelo es admiración, amor y un vis a vis con tu propio dolor. Pero fue un gran error de estrategia pensar que podría vencer a la migraña con la razón. Ni siquiera Excálibur puede embestir a la realidad.
Con la enfermedad y posterior muerte de mi padre comenzaron esas cefaleas y una implacable dictadura sentimental. Muchas lágrimas no lloradas se ocultan todavía detrás de cada dolor de cabeza. Me bombardean el lado derecho del cerebro porque un día dije en alto que no le temía a la muerte. Son el aviso de que algo se ha apagado. De que aquello a lo que no tienes miedo te está provocando un dolor insoportable y nunca serás la de antes.
En la búsqueda de una solución, he dejado de lado muchas cosas en el último año: nada de alcohol, nada de trigo, pocos planes a largo plazo. A cambio estoy desarrollando un método de comunicación médico-paciente todavía en fase Beta que merecería un artículo aparte, formo parte de un grupo de mujeres que nos contamos cómo nos va la vida mientras practicamos asanas, en las fases buenas leo y devoro capítulos de series como si fuera el fin del mundo. Vivo aquí y ahora y es casi emocionante. No hay un mañana, puedes pasarlo en una cama sin ni siquiera poder escuchar a los Artic Monkeys.
Tampoco puedo beber cerveza, aunque si la cosa es suave puedo escuchar hard-rock y me relaja. En plena crisis, veo todo borroso pero busco grietas en el techo como en todas las pelis hipster de moda. Se me ocurren muchos inicios de novela. A veces lloro pero casi siempre suelto una enorme carcajada. Ayuda que te cojan de la mano. Cuando el dolor escampa, me levanto, ordeno mis cosas y empiezo a planear algo nuevo. Pospongo de nuevo la dichosa conversación pendiente sobre mis emociones y me concentro en preparar mi próximo duelo. Pienso en la persona buena que me regaló media vida y le dedico la contienda. Y el cronómetro empieza a contar desde cero.
