I’m Robin

Creo que he hecho las pases conmigo misma. O por lo menos estoy en ello. Lo que sí que me he dado cuenta es que ya he hecho la paz con mi condición. Esa condición que sufro de querer cumplir con lo imposible, de entender más allá de la comprensión de él, de ti, de todos. No sé si llamarlo rendirse es correcto, pero sí que supongo que es lo más cercano. Ahora cuento con otro momento de mi vida, o eso creo. Montse, siempre en la disyuntiva.

Ese momento de exclusión vital de la vida de otro me ha dejado catatónica. Qué otro, de todos. Después de yo echar a uno, de echar a otro, va el primero y me echa él a mí y yo a él, todo bidireccional como fue siempre. Y luego aparece el otro que no había hecho acto de presencia y me desmonta el tinglao que me había armado. Esa fortaleza por la que no podía pasar nada ni nadie. Esa fortaleza que me di cuenta que nunca había existido, que creía que había algo que me escudaba pero que se había quedado en un simple espejismo. Oasis de seguridad.

Voy a hacer las pases conmigo misma. Saber qué es lo que quiero y qué es lo que tengo aún con las sorpresas que me pueda dar el tiempo. A lo mejor una presa, cual castor, es lo único que puedo construir a modo de barrera, de filtro de todo aquello que sé que me va a destruir. A lo mejor, y si me apreso a mí misma.

Madre mía qué desbarajuste. No pasa nada. Sé dónde estoy, donde siempre quise estar pero que un par de palabras destruyeron mi ilusión de entereza. Ya no más. Las palabras… no sé qué hacer con ellas, pero ahí quedan en el aire, mejor apuntarlas, guardarlas, y sacarlas cuando sea necesario. El don del timing nunca ha sido mi punto fuerte, ni siquiera mi punto exacto.

Se me sigue encogiendo el corazón cuando lo pienso, cuando decide pasarse por mi cabeza y decirme que nada es como queríamos que fuera. Ni el Perro del Hortelano lo podía haber anticipado. O quizás sí. Últimamente siento que mi vida está escrita en piedra.

Necesito un perro. He perdido mi correa.

Oporto, en mayo, cuando fuimos a ver a Vetusta Morla