27 de febrero 11:04 a.m.— Everything Counts

Hoy, hace un año y a esta hora exacta, estaba en una estación de servicio en Montevideo pagando por una lata de coca común y una tableta de chicles con gusto a sandía-menta. Regresaba a Buenos Aires después de un fin de semana largo en la playa, con tres conocidos y la angustia que me da ir en la ruta a velocidades que para el conductor pueden ser normales pero para mi son aterradoras. Horas después, la ciudad me recibía con su humedad característica e insoportable. Tomé un taxi y pensaba en lo bueno que sería estar volviendo realmente a casa (o a la habitación con cama de una plaza que mamá mantiene intacta).

Abrí la puerta del departamento y dejé caer el bolso al piso, algunos granos de arena cayeron con él. Tomé un baño y me metí en la cama, ordenando mentalmente la rutina del día siguiente: veinte cuadras hacía la agencia, mails sin responder, almuerzo del chino vegetariano, más mails sin responder. Diez cuadras hacia el gimnasio, cuarenta minutos de cinta, otros diez de desnudez colectiva y aroma a desodorante de mujer. Diez cuadras de vuelta al departamento, ventilador, Whatsapp, Netflix. Me quedé dormida con el celular en la mano y con la sensación de haber desperdigado tantos trozos míos por tantos lugares que dejé de sentirme en mi piel.

Soñé toda la noche con el sonido del mar y me desperté 7 a.m. por reflejo. Mi mano seguía aferrada al celular y la levanto para ver un mensaje que dice “La costa sigue siendo un delirio. Ojalá te hubieras quedado acá”. Me puse el vestido de colores que compré con recelo antes de viajar y salgo caminando hacia la agencia. Tarareando Everything Counts comencé a sonreír desde adentro, con el extraño optimismo de que en algún momento todo comenzaría a sentirse más familiar.

Hoy a esta hora exacta vuelvo a llegar, esta vez sin arena en el bolso y sin chicles con gusto a sandía-menta. Mis rutinas cambiaron y mi forma de ver el mundo también. No estoy en casa pero estoy acá y aunque todo siga moviéndose con fuerza, dejé de ser una extraña.

Show your support

Clapping shows how much you appreciated Marian Cerrada’s story.