La tristeza termina donde terminan las soledades.

Eso lo pensé siempre. El problema es que la idea empezara a convivir con L.

Había salido una noche de primavera con amigos, todos varones porque son los únicos que me siguen el ritmo del trago y no se quieren ir a las 12 a dormir abrazados con su perro/múltiples gatos. En un momento, uno de ellos me dice al oído: No te quiero distraer pero hay alguien atrás que te está comiendo con los ojos. Giré disimuladamente por curiosidad. Ahí estaba L. apoyando el culo sobre una mesa larga del bar, hablando de cerca con una gordita de pelo grueso y una cara de santa triste que no se le quitaba ni con el bailecito de La Macarena. Intuí que estaban peleando pero era una pelea silenciosa (después aprendí que esas duelen mucho más). No era mi tipo pero decidí girar de nuevo. Nos mirábamos con insistencia. Al final, concluí que L. también tenía cara de santo triste y deseché el juego de miradas, dándole toda mi atención a la amargura del Negroni que tenía en la mano.

Tiempo después lo volví a ver sentado en el patio de un café en San Telmo. Estaba solo y sin pensarlo mucho le toqué el hombro. “Hola” le dije, “Hola, me parece que te conozco”, respondió mientras se acomodaba el pelo. Fuimos a caminar en silencio hasta Plaza de Mayo, me puso un auricular en la oreja izquierda y escuchamos una canción que no recuerdo para nada pero sé que iba con el momento. Nos sentamos en un banquito rodeado de palomas. L. se acostó en mis piernas y comiéndose las uñas preguntó: ¿Qué fue lo más raro que un pibe te dijo? Nada, respondí. “Nada” fue lo mas raro que un pibe me dijo en la vida. Pude reconocer su magnetismo en pocos segundos y al mismo tiempo supe que iba a ser difícil cerrarme a eso.

No estaba equivocada porque lo sigo viendo con frecuencia, o al menos lo suficiente como para iniciar una que otra pelea silenciosa. A veces nos gustamos, otras hacemos (o él hace) como si todo nos importara muy poco del otro. A veces uno se queda dormido cuando el otro está por decir algo importante y el ofendido se va a dormir al sillón y le escupe un “vete a la mierda” en la cara al que va a rogar por una disculpa. Y el que va a rogar por una disculpa (mientras pide disculpas con capricho intenso) se toma el vaso de Aquarius de manzana que el ofendido se había servido por si le daba sed en la madrugada. El resto de las horas transcurren entre portazos y el chillido pobre de los taxis en la calle.

A L. lo quiero de una manera extraña y pegajosa. Lo quiero cuando no me contesta los mensajes de Whatsapp o me trata como una extraña, también cuando me dice que no quiere estar más conmigo pero compra mis tres sabores de helado favoritos y no sé si es porque también me quiere o por lástima. Lo quiero cuando pone videos raros en Youtube y nos matamos de risa por igual. Lo quiero cuando me dice con cara de santo triste todo lo que no puede/quiere poner en palabras o cuando me quiere hacer bien y me hace salir del hoyo más negro, aunque sea a los gritos. Lo quiero sobre todo cuando -esté contento o en el peor de los bajones- estalla en genialidad.

No sé si la tristeza termina donde terminan las soledades. Lo único que doy por sentado es que el vaso de Aquarius de manzana no me lo tomé por forra, sino por despistada.

Quizás continúe.

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