Mi primer paciente.

1 de Agosto de algún año.

Mirada fija, tenebrosa, mirada que me llena de miedo y de curiosidad al mismo tiempo, mirada que no denota otra cosa más que ira, rencor, odio, mirada que se mantiene pero… no corresponde, no corresponde esa mirada a la voz de la paciente, la voz dulce, con palabras llenas de un suave tono, entrecortadas, aceleradas pero con calidez, no corresponde con lo ansiosa que esta, me da curiosidad

¿Soy yo? ¿Somos todos los nuevos estudiantes? ¿La ponemos nerviosa? Que momento tan incomodo, incomodo por que la paciente refiere tener diarrea y al momento de querer agarra el comodo, le tiemblan las manos, manos secas, deshidratadas, lesionadas por el sol, trabajo o que se yo y sin embargo las palabras que me dice me han quedado grabadas por la eternidad: “No te preocupes, no debes tener miedo, lo que pasa es que estoy enferma”.

Esas palabras hicieron que mis mejillas se llenaran de una calidez extrema, hicieron que sudara, que tragara saliva, que mi corazón se acelerara. Quiero suponer que me vio con cara de pánico, de curiosidad o que se yo, cualquiera de esas caras de prejuicios que hacemos las personas algúnas veces.

¡A explorar! dijo el doctor a cargo de nosotros. Yo no sabía por donde empezar, no lo sabía y ¡Que pena me daba tocar a una persona!¡Que pena me daba traer la bata blanca y no saber que hacer!. (Aún hoy en día a veces no se que hacer pero por lo menos sabemos por donde empezar).

La mirada, no pude con la mirada, la mirada fija, el cabello fragil, la ansiedad, los latidos del corazón a mas de 100 por minuto, el cuello con un tumor en donde se supone que va la tráquea, la piel seca, el intestino haciendo sus movimientos como si quisiera escapar de su cavidad. El médico, los médicos que nos miraban se reían, se reían como si el diagnóstico fuera fácil pero ¡Yo no lo sabía! que iba a saber yo en esos momentos que la tiroides hacía todo eso…

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