Zarabandas en el vacío, una lectura sobre Bruno Schulz

Sobre La república de los sueños

Desde que escribí sobre Weil y después sobre René Char, este blog se ha convertido en un blog de culto, de happy few, como debe ser. Siguiendo esta ley escatológica, he esperado que los escritores me encuentren. Que influyan en mí sus energías como otrora las especulaciones. Entonces, después de un luto de dos meses. Un silencio por lo demás sentido, me complace decirles que me ha encontrado otro, su nombre: Bruno Schulz (1892–1942).

Un verdadero artesano del estilo, un corista de instrumentos inusitados, polaco de ascendencia judía, nacido en Drohobycz actual Ucrania, traductor de Kafka, amigo –durante un tiempo– del insoportable Grombrowicz, y profesor de pintura aunque pintor autodidacta.

Para Schulz al igual que para Randolph Carter, la ciudad de su nacimiento1 es de trascendente importancia para su experiencia vital. Drohobycz se asienta por donde confluye por un lado el río Tysmenystia y por otro el Seret. Provincia de frontones y mansardas, de construcciones –si me permiten– arqueológicas por no decir folklóricas, enormes penachos y cúpulas. No sin razón estudió arquitectura. En Drohobycz está la onírica iglesia de St. George cuya piel de pana verde oscuro semeja una armadura. Pero en ese tiempo la pobreza era visible, tierras baldías, desiertos miniatura creados por la necesidad, basureros y musgos crecidos en abandonados parajes. No ignoramos que es ahí, entre el caos diminuto del desorden olvidado, donde las galaxias se vuelven populosas y el polvo se torna tamo de astros. La imaginación –de nuevo, mi niño– recupera aquel desorden y lo invade de vidas. Pero no todas las imaginaciones, apenas ésta de niño con problemas bronquiales y con el corazón tartamudo, es quizá ese silencio entrecortado por las palabras la fuerza que fluye única en su prosa. No nos asombra ya, siempre en los bronquios la angustia, siempre desde el fondo en donde se encharca el alma insuflada, puede salir una verdad poética como una ría, eterna y sin traba.

Su padre, un tendero con una imaginación apoteósica, me recuerda a esa raza oculta de gitanos mágicos: traía huevos de Hamburgo y de Holanda, de África y de Tracia. Estos huevos no eran vendidos inmediatamente, el padre Schulz obliga a unas enormes gallinas belgas a empollarlos. Esta vida no podía tener otra repercusión que la de crear a un niño aventurado en lo extraordinario, de dotes mentales poco comunes e inclinado en lo onírico, en lo soñado, en los mundos que pueden ser y no fueron –pero tal vez permanecen, potenciales–. Benjamín decía que nuestro Palacio era un “Kafka de Trópico” pero no, es un Bruno Schulz del Trópico. En él encontramos más su infancia de provincia, su imaginación pujante y perenne. Este es el verdadero doble de Palacio, tan buscado por nosotros, excepto que tiene un torrente irrefrenable del que Palacio carece, aunque describe Loja mejor que ningún lojano:

Este país se abandona por entero al cielo, al que sostiene sobre él: bóveda adornada de galerías, triforios, rosetones y ventanas que dan a la eternidad. Cada año se incrusta un poco más en el cielo, asciende hacia la aurora y, trasformado por los reflejos de la alta atmósfera, deviene completamente arcangélico
Ahí donde el mapa es ya muy meridional, agreste y soleado –pera madura quemada por los veranos–, ahí es donde esta tierra elegida, esta marca extraña, ésta región única en este mundo se tiende como gato al sol. ¡En vano le hablaremos de ella a los no iniciados! Explicaremos en vano que esta larga cinta de tierra que se estira bajo un cielo tórrido, este istmo meridional, brazo solitario tendido entre los viñedos magiares, esta provincia perdida, se separa del conjunto del país y se va completamente sola por caminos que nadie ha frecuentado, intentando ser un mundo en sí misma. La ciudad y la región se han encerrado en un microcosmos independiente, se instalaron a su cuenta y riesgo al borde de la eternidad.
Mientras que las otras ciudades se desarrollaron en el sentido económico del término, crecieron en cifras de estadística, en número, la nuestra descendió hacia lo esencial. Nada de lo que aquí acontece es gratuito, nada ocurre que no tenga un sentido grave, que no sea premeditado. Aquí los acontecimientos no son fantasmas efímeros, tienen raíces profundas, llegan a la esencialidad. Aquí, las cosas se dicen ejemplarmente y hasta el fin de los siglos. Aquí, pues, no es de extrañar que las cosas que aquí ocurren estén impregnadas con un halo de tristeza y austeridad.

En ese cuento genial que he citado, dictado por los susurradores del destino, La república de los sueños, lo único que nos planta en tierra, en medio de laberínticas visiones oníricas, retrotraídas desde la niñez, que florecen en un instante y mueren como estrellas fugaces, son sus alusiones a Canaán, a Don Quijote y a Noé. Parece que sin ellas podríamos emprender la búsqueda de dicha república, una república invisible. Casi la sentimos bajo nuestros pies con la delicadeza que solo pueden tener las hebras del sueño. Es ahí donde comprendemos el logos del sueño. Soñar, es también regresar a las visiones primarias de nuestra vida, todas las visiones están condicionas por ellas, o más bien dicho, por esos senderos de antaño es donde fluyen las nuevas experiencias y siempre hacen emerger el ripio reminiscente de recuerdos que se había quedado al fondo.

En El cometa encontramos a un Bruno joven, a quien los inventos de Papá alucinan:

Al final de sus investigaciones, mi padre llegó a resultados muy sorprendentes. Había demostrado, por ejemplo, que el timbre eléctrico basado en el principio de Neef era una pura mistificación. No era el hombre quien hacía interrupción en el laboratorio de la naturaleza, sino ella quien lo arrastraba en sus maquinaciones, alcanzando sus propios fines misteriosos a través de los experimentos del hombre.2

Es también un visionario, un comprensivo estudiante del tiempo:

En todas las casas se instalaron timbres eléctricos: el galvanismo se convirtió en el rey de la vida familiar. Una bobina de hilo aislante era el símbolo de estos tiempos. En los salones, jóvenes dandis hacían la demostración del invento de Galvani, recompensados por las radiantes miradas de las damas. Un cuerpo conductor abría el camino hacia el corazón de las mujeres.

Sus fantasías de un ambiente sorprendente, sin ilación alguna o mejor dicho con una verdadera ilación onírica, ricas en anécdotas absurdas, nos transportan a vivir una fantasía pictórica llena de una extraña vida social, como en los sueños.

Fue entonces cuando comenzaron los experimentos donde la falta de prevenciones de mi tío en cuanto al principium individiationis se demostró indispensable.  Pero la instalación ya estaba dispuesta y el tío Edward –durante toda su vida de esposo, padre y hombre de negocios ejemplar- acabó por someterse  Funcionaba admirablemente. Nunca se negó a obedecer. Lejos de las complicaciones en las que antaño se había emboscado y perdido, había encontrado al fin la pureza de un principio único y lineal, al que en lo sucesivo iba a permanecer fiel. A costa de la diversidad que tan mal llevaba, adquirió una inmortalidad simple e indiscutible. ¿Era feliz? Vana pregunta.  El tío Edward ignoraba las alternativas, la dicotomía feliz-desdichado no existía para él, porque él era hasta el último extremo idéntico a sí mismo. No podíamos dejar de sentir cierta admiración al verlo funcionar con tanta exactitud. Su misma esposa –la tía Teresa-, que llegó tras la huella de su marido, no podía reprimir el deseo de apretar a cada instante el botón para oír aquel timbre atronador y escandaloso en el que ella reconocía su voz de antaño cuando estaba irritado.3

En Otoño asistimos al quiebre de una temporada:

¿Conocéis ese tiempo cuando el verano, aún hace muy poco lujuriante y lleno de vigor, el verano universal, que encierra en su dilatado espacio todo aquello que solamente era concebible –personas, acontecimientos y cosas-, de un día para otro se ve lacerado por una imperceptible herida?

Este no es un otoño físico, es metafísico, metafórico, es una expresión del otoño físico, que lacera el verano junto con él. Un verano culpable:

Pero no estás sin culpa, oh Estación. Te diré en qué consistió tu pecado. No querías, oh Estación, contentarte con los límites de la realidad. Ninguna realidad te satisfacía. Ibas más allá de cada realización. No encontrando saciedad en lo real, lo adornas con metáforas y figuras poéticas. Te movías por asociaciones, alusiones e imponderables. Cada cosa evocaba otra, ésta una diferente y así de manera inmisericorde y sin fin. Tu dialéctica acababa por cansar.

Entonces:

El otoño es la nostalgia del alma humana por la materialidad, por lo esencial y los límites.

En esa libertad del verano, tan culpable, de ofender las lindes de lo real, ofendiendo a los sentidos con flujos de abejas y olores florales, Schulz encuentra su par dialéctico. Es él quien se mueve “por asociaciones, alusiones e imponderables” y es él quien evoca con cada cosa una más y “ésta una diferente”. Es su dialéctica la que termina por cansar, pero no deja de maravillarnos. A veces los sueños nocturnos se han vuelto tan reales o intensos que deseamos despertar sin lograrlo, pero nadie dirá que esa intensidad no es también asombrosa. El signo de los sueños de los que no hay como despertar, es el que pertenece a Bruno Schulz. Nos desespera y maravilla, lleno de ambientes, formas, ocurrencias, sucesos y colores, es más completo que muchos escritores de inteligencia plástica, no olvida ni lo económico, ni lo social, no olvida los olores o las invenciones humanas, pero todo en él está trastocado por su pincel de niño genial y loco.

Antes que ser un pintor del sueño, antes que ser un escritor onirista, es un músico del vacío. Canta en el vacío, y de ahí resultan orfeones prismáticos, coros de colores, violines, violonchelos y violas con alas. Cuarteto de arcángeles, tríos de ángeles, una banda de querubines que pronto es bandada sobre nosotros. Es un artista de la mutación, como Morfeo.

En La tierra mítica nos encontramos con lo que sigue:

Tras muchas peripecias y reveses de fortuna que no tengo intención de narrar aquí, me encontré, finalmente, en el extranjero, en un país con el que había soñado largamente mi juventud.  No llegué allí como triunfador, sino como un fracasado.  Pero las cosas sucedieron de otra manera. Sin duda, había llegado a un punto crítico, pues súbitamente mi existencia comenzó a estabilizarse de un modo inesperado.  la gente abandonaba sus ocupaciones como si estuviera esperándome, percibí en su mirada un brillo de interés, una decisión inmediata de servirme, como dictada por una instancia superior.  Mis talentos eran al fin reconocidos, pero ya casi había olvidado mi necesidad de renombre durante tanto tiempo insatisfecha, esa hambre nunca saciada del artista que una y otra vez ha sido rechazado.  progresé hasta el puesto de violín de la orquesta de la Ópera de la ciudad; los restringidos círculos de amantes del arte me habrían sus puertas como si desde siempre hubiese pertenecido a los mismos.

Después, el señor Pellegrini pasará, al retirarse, la batuta de director de orquesta a nuestro narrador. Además el narrador se ha casado súbitamente con Eliza, su amada esposa. Nos cuenta ahora que su ciudad llena de fortuna, se llena de juegos y cabarets, de esnobismo y facha. Asistimos a un flujo de lujo único, todo resplandece en la ciudad con la bondad de las luces eternas, todo ha sido una gran fiesta. La tierra mítica es una manifestación de deseo que pocas veces he contemplado, leerla es una gran fiesta, nos sumergimos inevitablemente en la ansiedad del personaje, en sus ensoñaciones ahora cumplidas en el papel, y cuando estamos por tambalearnos, cuando la fiesta que leemos nos ha subido a la cabeza, todo termina:

Los invitados se disponen a salir. Los anfitriones –bajo el umbral de la puerta- intercambian con ellos palabras de despedida. Finalmente, nos encontramos solos en la calle sombría. Mi mujer ajusta al mío su paso flexible y desenvuelto. Nos gusta caminar juntos.  La verdenosa estela del amanecer asomaba en el horizonte cuando entramos en nuestra casa. Aquí se respira la agradable atmósfera de un interior cálido y bien cuidado. No encendemos la luz. Una lejana farola dibuja el argentado contorno de los estores en la pared del frente. Sentados sobre la cama, aún vestidos, tomo la mano de Eliza y la mantengo unos instante entre la mía.

El narrador aprisiona esas manos al final del cuento, porque son lo que resta de toda la tierra mítica, de toda la ensoñación anterior, y si es que las mantiene por última vez, es porque sabe que al despertar, no estarán entre las suyas. Todo: lujos, fachas y esnobismos, habrán sido despojados de esta vida. Él nunca tendrá la batuta, nunca será reconocido como lo imaginaba, en vida.

Al despertar, Schulz sabe que debe caminar hacia la calle de Drohobycz en donde, y por la espalda, un miembro de la SS le dará un disparo final, destapándole la nuca, aún llena de sueños.

1 Por ello el signo del sol poniente.

2 Christian Ernst Neef (1782–1849). Inventor del oscilador, junto con el cual Ruhmkoff pudo sintetizar su bobina.

3 Principium individuationis. Principio por el cual se comprende la diversidad del mundo y del individuo, en virtud del cual no es una parte indivisible del todo.

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