Imaginación mi niño, una nota sobre René Char

Serán muy pocos los que reconozcan en el poeta, al pastor del ser, al Dichter, que fue René Char (1907–1988). Muchos más reconocerán al surrealista compañero de Éluard y Bretón que firmó el segundo Manifiesto surrealista, al misterioso comedor de lotos, pero pocos reconocerán la palabra total que habita en su regazo paciente, en la fenecida rosa que sus ojos aguardan en un instante de muerte o de perfumes finales. Con Char he tenido un encontrón coincidencial destinado a suceder, escrito en las escrituras más antiguas y olvidadas. Es como si caminando por los tropezones de la vida, de pronto hubiera dado con una gema invaluable, más aún, con una mano poeta y amiga. Claro que esto ya me sucedió con Proust, en quien vi el niño sensible que fui, atacado por el asma en noches que nunca he olvidado, en donde encontré el análisis como método poético y salvífico de la existencia humana. Me sucedió con Simone Weil, en quien encontré el asilo último del alma, la antesala de la muerte: la muerte deleznable como sacrificio para salvar nuestra alma. Me pasó con Valle, con Umbral, con Joyce y el Hamlet, pero nunca de una manera tan íntima como con los libros de René Char. Los encuentros anteriores me llevaron a pasear por otros intereses –por campos abiertos que no quería ver– por más comunes que pareciesen, pero el flujo divino, la alfaguara torrencial de Char ha solicitado las naves de mi voz al centro mismo de mi alma. Espejo mutado por la gracia de las palabras, voz entrecortada con espacios sencillos, perla de un mar habitado por plumas, me he encontrado con René Char como quien buscando otra cosa encuentra lo que vino a buscar en la Tierra.

Pero deberé contarles cómo ha sucedido este encuentro, para que el relato tenga algún interés. Me parece que la primera vez que oí de él fue en algún libro de Steiner, en el cual algo se decía sobre la influencia que Martin Heidegger, el único poeta de la filosofía, había ejercido en él y en el poeta judío Paul Celan. A Celan yo ya lo conocía, y siempre tuvo para mí un interés especial, sombrío, de culto, interés solo cercenado por la dificultad de encontrar buenas traducciones, buenas traiciones, e incluso por la dificultad de encontrar las malas. Sin embargo hay pocos poemas que me hacen sonreír tanto como este:

BRILLO
El cuerpo callando
yaces en la arena junto a mí,
sobre ti las estrellas.

Llegaba a Buenos Aires y era como pensaba. Como lo recordaba. El frío invernal me sugería la imagen de una góndola suspendida y en velo por glaciares cercanos, una orquesta de olas inanimadas. Por todas partes me acorralaban los hombres y las mujeres, ¡populosa ciudad!, ¡furica de fiesta y gentes! Había retornado, me encontraba de nuevo en este sitio estratégico en donde caminaron tantos, en dónde tantos después de mi muerte van a caminar. Van a preguntarse dónde están, a dónde fui. Eso que de hombre perdido tiene todo caminar, me embriagaba de melancolía, de tristeza, un paso a la vez y pensando en la caída, en toda caída, en mi agradable deambular.

Pero ahora era el turno de Char. Lo busqué en toda Corrientes sin hallar nada de él, porque me fue imposible no comprar un cerro de libros que después decidiré si voy a leer o no. Después, dos días más, lo intenté por otras librerías, más pequeñas, más grandes, las de viejo o las más nuevas, todo era un vertiginoso mundo de papel y polvo en el cual, y al final de los días, siempre me encontraba perdido. Me senté al borde de la cama o bien a un costado creyendo que la gema que Char prometía para mí, era imposible, que no sería mía, que jamás mis manos la tañerían como anillo íntimo o página. Iba empezando a descreer de todo lo que me hacía buscarlo, los dioses constelados que había creado en torno a su nombre, las pequeñas salificaciones diamantinas con que había orlado sus letras se caían junto a ellas como las de los letreros viejos. Estaba desolado, descorazonado y todo eso. Marchaba el tiempo hacia ningún lado y conmigo por delante.

Al día siguiente, el último de mi estadía, padre había encontrado algo, no recuerdo si yo estaba refugiando del frío que no siento en una calle cualquiera o dónde. Una edición en francés, un homenaje de L’Herne dirigido por Dominique Fourcade, que ya desde la primera página asegura que dicha edición tiene algún sentido aparte del homenaje evidente, dado que los textos que la conforman son de difícil acceso. Le rinden homenaje: Saint-John Perse, Georges Bataille, Maurice Blanchot (su “amigo espiritual soñado”), Martin Heidegger, Éluard, Camus, Octavio Paz, entre otros.

Solo juzgando por quienes presenta el índice se puede uno preguntar: ¿y entonces qué de él? Porqué no una reedición, dónde está esa devoción que se le daba. ¿Qué de René Char? Georges Mounin se preguntaba en 1946: Avez-vous lu Char? (¿Has leído Char?).

Cómo el mundo (las librerías) puede olvidar a quien dijo que: “la eternidad no es mucho más larga que la vida”, quien dijo del poeta solitario que es la “Gran carretilla de los pantanos”, quien llamo “Los puños apretados” a un poema cuya voz poética, cuyo personaje, es una flor. A quien describe el romance del torero y del toro así:

Jamás es de noche cuando mueres,
Rodeado de tinieblas que gritan,
Sol de las dos puntas semejantes.
Fiera de amor, verdad en la espada,
Pareja que se apuñala, única entre todas.

O expresar así el mundo todo:

“Te amo”, repite el viento a todo lo que hace vivir.
Te amo y tu vives en mí.

A quien escribió en Placard pour un chemin des écoliers, un poema tan perfecto en sentido e idioma, que amenaza con una potencia de efecto tan grande que puede ser solo comparable a la de un Joyce o un Shakespeare:

Bien sé que los caminos andan
Más rápido que los escolares
Atados a sus útiles
Rodando en la liga de las humaredas
Donde el otoño pierde el aliento
Jamás dulce para ti
¿Eras tú a quien vi sonreír?
Hija mía hija mía tiemblo
¿Entonces no desconfiaste
de ese vagabundo extraño
cuando se quitó la gorra
Para preguntarte el camino?
No pareciste sorprenderte
Ustedes dos se acercaron
Como trigo y amapola
Hija mía hija mía tiemblo
La flor que lleva entre los dientes
Podría dejarla caer
Si consiente en dar su nombre
En devolver los restos a sus olas
Después de alguna confesión maldita
Que frecuentaría tu sueño
Entre las retamas de su sangre
Hija mía hija mía tiemblo
Cuando ese joven se alejó
La noche maduró tu rostro
Cuando ese joven se alejó frente baja y manos vacías
Bajo los mimbres estabas seria
nunca lo habías estado
¿Te devolverá tu belleza?
Hija mía hija mía tiemblo
La flor que guardaba en la boca
¿Sabes lo que escondía?
Padre un mal puro rodeado de moscas
Yo lo oculté con mi piedad
Pero sus ojos mantuvieron la promesa
que me hice a mí misma
Soy demente soy nueva
Eres tú padre mío quien cambia.

Pero me interesa el origen de su voz poética, el telar del que se desprenden sus palabras como ahogos que florecen, como golpes de rosa con pacientes pasos sangrientos. Me interesa el espíritu, el ánima que habla mediante él, como mediante Ion hablaban los dioses. Me interesa el trueno de sentido que desatan sus palabras. Ese torrente, casi shakesperiano, que emerge de su yo desesclavizando las aldabas del idioma, de los hombres, de las edades. Su voz es profunda, enterrada en la discontinuidad que ha creado el mundo, permanece en ella. Su palabra guarda secretos solo cultivados en la sombra, que incluso quien sabe de secretos, no los halla. ¿Qué profunda rosa intelectual canta por el cristal de sus palabras? ¿Qué meditar vivo, móvil, hace que su trance sea bestial, corrupto, pero al mismo tiempo iluminado, tierno, riguroso y femenino?

¿Cómo es que me oyen? Hablo desde tan lejos…

Hemos hablado de Ion, escuchemos ahora lo que Sócrates le dice:

“El rapsoda, tal como tú, el actor, es el anillo intermedio, y el primer anillo es el poeta mismo. Por medio de estos anillos el dios atrae el alma de los hombres, por donde quiere, haciendo pasar su virtud de los unos a los otros, y lo mismo que sucede con la piedra imán, está pendiente de él una larga cadena de coristas, de maestros de capilla, de submaestros, ligados por los lados a los anillos que van directamente a la musa. Un poeta está ligado a una musa, otro poeta a otra musa, y nosotros decimos a esto estar poseído, dominado, puesto que el poeta no es sui juris, sino que pertenece a la musa”.

Es de significativa importancia que Sócrates considere que la obra del poeta no es sui juris, es decir que la obra no es autónoma, independiente, o propia, sino que pertenece a otras esferas del entendimiento y más aún, a otras esferas de autoría. Para Sócrates son las musas quienes generan la poiesis, la creación primera de la poética, que después es conducida por anillos, como una carga eléctrica, hacia Ion.

En esto es afín a Blake, quien pensaba que “los autores (de su poesía) estaban en la eternidad”. Algunos poemas como Milton y Jerusalem, los ha escrito “desde un dictado inmediato”. Es la voz de la musa helénica a la que alude Sócrates solo que Blake la llamará “seres de la eternidad”, abogando a unas formas ultimas en la creación del universo, las formas más puras, de las cuales nos confunden las apariencias del mundo y de la naturaleza. “¡Esto no es mío! ¡esto no es mío!”, había muerto gritando. La obra de Blake fue la de los ángeles, de los seres eternos, que habitan fuera del tiempo y del espacio en una suerte de cuarta dimensión swedenborgiana.

Pero quiero detenerme en el ˝dictado inmediato” al que alude Blake, que no es más que la obediencia de nuestra conciencia a nuestra voz poética, a nuestra voz interior e inconsciente, por la que –afirma Jung- aun habla el hombre aborigen, y más aun, todos los hombres. Es el idioma mismo, la lengua que habla a través de la lengua de los hombres, que es también un gran conductor eléctrico.

Francisco Umbral acusó reiteradas veces el “automatismo” de los surrealistas. Todo “dictado inmediato” procede de las verdades trascendentes del idioma, pero solo pueden ser refinadas por un oído perceptivo, por uno que sea un correcto conductor de la energía idiomática y milenaria con que viene recargado.

Ion como Blake podía escuchar el mensaje puro del idioma. Podía oír una multitud de penumbras. Son los seres de la eternidad, los dioses del idioma y del espíritu, encarcelados por una sordera que padecemos la mayoría de los hombres.

Pero Blake llega más lejos que Ion o Sócrates, él inventa un termino llamado: “The Real Man The Imagination”. La imaginación, la posibilidad de crear imágenes, es para Blake un atributo de la inteligencia de Dios mismo.

¿Cómo es que me oyen? Hablo desde tan lejos…

Y ahora la frase de Char cobra otro sentido, porque él también podía oír esa voz profunda, la dejaba fluir como río ardiente en toda su poesía.

Somos ingobernables. El único amo que nos puede ser propicio es el Relámpago, que unas veces nos ilumina y otras nos hiende.
Relámpago y rosa, en nosotros, en su fugacidad, para nuestra consumación, se unen.

René Ménard en el prologo a la antología que conseguí luego, la primera antología que presentaba los poemas de Char en el español, y que tenía en la segunda página una nota puesta por el bibliotecario que lo calificaba de “AGOTADÍSIMO”, nos habla sobre lo sagrado que debe tener el hombre, esa semilla de mostaza que pedía Cristo, un núcleo atómico de poder cósmico.

René Char lo ilumina con esa posibilidad, casi crea una tesis sobre un núcleo de naturaleza divina en el hombre, solo por cuanto Char puede decir en un poema infinito, abierto como una flor de galaxias, iluminado por la electricidad y el relámpago que conducen a dios por el hombre. Ménard está abrumado por el poder interpretativo de Char, por la capacidad que tiene para decirlo todo al mismo tiempo con un golpe de shamán y también de yoghi.

Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegan con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
Pienso en la mujer que amo. Su rostro se ha enmascarado de pronto. El vacío está enfermo a su vez.
Ustedes serán una parte del sabor del fruto.
Palabra, tormenta, hielo y sangre terminarán por formar una escarcha común.

Char aborda la visión de hombre refugiado en un alto ventanar, como cuando describe la multitud que lucha contra la SS, su mayor gracia es la lejanía corporal con que mira. Casi no se embarulla en medio de lo que describe, lo mira, es un nervio óptico apenas y esto le da una apertura grandiosa. Además se trata de un ojo que quiere estar adelantado a todo, que mira desde el futuro, en la eternidad aguarda. Es un ojo sin ética pero puro, un nervio sin moral pero con visión analítica y profunda. Es un ojo que mira el destino de los hombres con sencillez y sin reparo, que ama con paciencia y sin furor. Casi podría decir como el poema de Fray Luis que Poe sabía de memoria:

Vivir quiero conmigo,
gozar quiero del bien que debo al cielo,
a solas, sin testigo,
libre de amor, de celo,
de odio, de esperanzas, de recelo.

Es decir con nada. Con nada sino la mirada nerviosa del testigo hipnótico, que es el juez de los hombres pero que no ejecuta los mandatos del destino. Esa lejanía entre el profeta y lo vaticinado es la lejanía de René Char, es por eso que es un pastor de la palabra, un Dichter, porque quiere enviar al hombre a su destino pero recordándole que sus ojos le dan los árboles y la sangre, el agua y la vida tormentosa. Que por más terrible que fuese el futuro, ahora está vivo y así todo lo que lo rodea.
No puede haber pastor del ser, Dichter, que no encamine al hombre hacia la esperanza. Desde aquí podemos comprender porqué no todo poeta puede ser un pastor del ser, la mayoría indican la desesperanza, la muerte, la desesperación, pero no se levantan en ningún momento a ver el sol. A ver el Tiempo que viene, la luz que nos llama desde el futuro. El hecho de que el Tiempo por venir sea mejor es un asunto que no interesa, ni si quiera al mesiánico Char, lo que le interesa es la confianza en la esperanza per se, no en la llegada del futuro como salvación. La esperanza es para Char un atributo del presente en el que debemos confiar para no caer en esa falacia que denotaba John Ruskin: Pathethic Fallacy, el error lógico de perder el mundo entero por una sola tristeza. Cristo, mediante el conocimiento de su origen divino, logra elegir que su poder no sea el del César -que le estuvo prometido- sino que notando que el reino del César es no otro que el del “hombre desvalido”, crea una ciencia del amor en parábolas y se sube en aquel otro que “no es de este mundo” (Juan, 18:36). Es así como el reino metafórico (pero antes que metafórico: humano) de Cristo sigue en pie mientras que el César es un fallo histórico. Según esta lógica el reino que no es de este mundo, que no es de este Tiempo, es el reino de la esperanza a donde cada pastor del ser ha de llevarnos con o sin luz.

En Hojas de Hipnos, escrito en la guerra, dice: “No tengo miedo. Sólo me da vértigo. Necesito reducir la distancia entre mi enemigo y yo. Enfrentarme con él horizontalmente.” Pero no lo hace, no escribe sobre el enfrentamiento, es el profeta que designa el futuro, pero que cuando este se ha hecho presente deja de interesarle. Es un decidor de la esperanza, de la esperanza del futuro léxico y de la humana –que son la misma-, y es por eso que casi todos los poemas de Char describen un futuro esperpéntico, un falso pasado que es el porvenir ulterior y extremo, un lugar donde habitan las almas de los hombres y poco más. Con ese poder final mira Char el mundo y su poesía nos recuerda aquello que decía Valle de querer escribir de la vida como si se hablara de ella desde la muerte. Lo había encontrado, me había encontrado con Char, pero Char si bien era la esperanza, era una esperanza de desolación que ahora miro desde mi ventana en todas las ventanas.

Aquí podemos volver a preguntarnos: ¿Qué de Char? Ahí está la ausencia en las escuelas y colegios, en las universidades, en la juventud, de un pastor del ser, de un maestro del lenguaje, es como si la vida nos enseñara que quien habla desde las profundidades más lejanas del alma es poco apto para ser escuchado en demasía, esto le sucedió a Swedenborg, a Blake también, ambos reformadores de la hegemonía del poder, de la Iglesia romana en su tiempo. “El Hombre Real la Imaginación” está casi perdido en la noción racional-reflexiva del hombre moderno. Pero hay que agudizar el oído y encontraremos las campanas, ahí donde veamos las fisuras del sistema agudicemos el oído, veamos las revoluciones que se siguen peleando, están ahí, no han desaparecido aunque no las veamos: son revoluciones del sentido lingüístico (las más poderosas), de lo establecido, de los insoportables lugares comunes. Salvémonos, qué vergonzoso ser devorados por la misma bestia.

Pero aún así es comprensible su invisibilidad, él mismo lo sabe:

Para quién obran los mártires? La grandeza reside en el comienzo que obliga. Los seres ejemplares son de vapor y de viento.

Si es que el poeta es un practicante de un yoga lingüístico, el mandato de la iluminación que le va a ser entregada proviene del cielo y cae en forma de relámpago. El poeta no se quema, hace que los demás hiervan a través de su palabra creativa, en trance, sus ojos se vuelven cuernos y está dispuesto a terminar el mundo, pero cuando da su grito destructivo y fluyen por él las alfaguaras de relámpagos, el mundo no lo oye y sueña.

Más vale escucharlo, René Char intenta despertarnos desde la eternidad, un reino que no es de este mundo.

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