Moscos

He vuelto a asesinar moscos. Se vencen tras los golpes de DVDs o libros como hadas atroces y abatidas. Había hecho un pacto de mutuo respeto con ellos, pero ahora me ha sido devuelto el candor del sufrimiento amatorio, me ha sido devuelta la rabia y la valentía al mismo tiempo. Me siento infinitamente superior, porque ahora ya no hay nada más sagrado que yo mismo. Volver de la crisis amatoria siempre es igual, retornar a quien somos verdaderamente, quitarse un poco las máscaras, deshacerse de los deberes mefíticos e irresolubles que circundan otro alma. Solo quien no tiene nada ama devotamente.

¿He dicho ya que escribo con rabia?

También, como con los moscos, tenía un pacto con mi prosa, pero ahora la prosa me importa todavía menos. Es esto que hierve y naufraga mientras solo me pregunto cómo algo en este infinito sistema de nimiedades, puede hervir y naufragar al mismo tiempo, aquí, en mi pecho, como una lámpara de sangre que cuelga dentro. Y más pronto de lo que quiero, me aferro a mi rabia, y pronto la siento fluir con verdadera pasión, y solo me pregunto ¿cómo es que viví sin ella tanto tiempo? La extrañaba, esa es la verdad.

Los moscos cae deshechos, con las alas esparcidas -me siento heroico-, convertidos ya en el polvo hogareño que serán pronto.

¿He dicho ya que no me importa?

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