Klara

Klara entró atropellando la puerta de madera de su vecina Elfrida quien salió de la cocina limpiando sus manos en el delantal con un gesto de preocupación.

—Creí que fue gabi — el perro — quien había hecho tremendo escándalo. ¿Qué pasa Klara? Estás pálida.

Klara sotenía en sus manos temblorosas el pan y las bockwurst para la cena de los días siguientes, sin mirar nada más que el suelo de la vivienda de Elfrida, recargada en la puerta que acababa de cerrar tras de sí.

— Está pasando de nuevo, Elfrida, creí que Dios me habría socorrido pero nuevamente está pasando.

Elfrida la miraba de hito en hito intentando acercarse para confortarla pero Klara se apartaba de ella en la medida de su proximidad. Elfrida tomó de sus manos las viandas para dejarlas en la mesa de la cocina, le acercó un banco para que tomara asiento. Klara se dejó deslizar despacio hasta encontrar asiento.

— ¿Donde están tus hijos, Klara? ¿Con quien los has dejado?

— Mis hijos — dijo Klara —, mis hijos están bien, llegan a Braunau hoy mismo, mis padres los traen consigo pero no quiero que regresen a éste lugar maldito.

Elfrida se santiguó lo mismo que Klara. Ambas acudían juntas a la misma iglesia católica de Braunau y se santiguaban de la misma forma; se reconocían como amigas aunque difícilmente entraban en confidencias, salvo la mayor de ellas que preocupaba a Klara desde años atrás cuando joven y que sus padres atribuían a una “malignidad” que fue exorcizada a tiempo por un cura pero dejando consecuencias que, decían sus padres, debía tomar como una prueba divina de fortaleza y fe.

— Creí que eso había quedado atrás, Elfrida. Comenzó cuando era niña, en Waldviertel — entornó sus enorme ojos verdes mirando hacia donde estaba su vecina — , entonces no sabía de qué se trataba y me tomó mucho tiempo juntar el valor necesario para confesarlo a mis padres pero cuando lo hice me arrepentí.

— ¿Qué hicieron ellos?

—Primero temieron que me hubiese vuelto loca, yo también temí lo mismo y accedí por miedo a tomar mis primeras gotas de láudano que traían de contrabando desde la selva negra de Gänsendorf. Las primeras noches después de eso dormía bien y las apariciones se alejaron de mí. Mi madre me regaló un rosario bendito por el mismo Papa, o al menos eso me dijo. Pocos meses después las apariciones regresaron pero ésta vez fue diferente porque hablaban entre sí y discutían lo que debían hacer conmigo.

— ¿Eran más de una, Klara? — Elfrida ahora sotenía entre sus manos los bordes de su delantal, estrujándolo.

— Sí.

— ¿Como eran?

— Pecaminosas figuras, Elfrida. Sus cuerpos son como los de cualquier hombre y a pesar de que llevan prendas encima, éstas son más bien como una segunda piel, como las que llevan las serpientes, quizás sean eso, reptiles que emergen del mismo infierno. Pero el susto pudo haber quedado en la contemplación de esas aberraciones y yo habría sido hasta feliz, no fue así. Quizás fue un año después regresaron pero ahora se manifestaban físicamente de formas extrañas y peligrosas.

— ¿Peligrosas?

— Peligrosas para todos a mi alrededor, Elfrida. El agua del pozo comenzó a hacernos daño, luego nos enteramos por el físico de Waldviertel, el único que había, que se trataba de veneno. Mi padre acudió a la prefectura para denunciar el hecho pero los guardas del imperio no lograron hacer mucho. Una noche nos despertaron los relinchos de las bestias. Mi madre llegó conmigo, despertándome a gritos, la casa se estaba quemando, yo no podía despertar porque el humo me tenía postrada en un estado parecido al ictus, dicen que me salvé de milagro. Luego de ello llegaron los truenos. Inexplicables truenos que sucedían en días soleados, en noches abiertas. Truenos que me provocaban sobresaltos. La prefectura acudió nuevamente a nuestra finca pensando que se trataban de cazadores furtivos pero desestimó la idea porque no vieron rastros de cazadores ni de presas.

— ¿Y las figuras hacían todo eso? — Preguntó Elfrida.

— Sí, las figuras siempre estaban presentes cuando eso sucedía. Una de ellas se le apareció a mi madre cuando sucedió lo del incendio. Mi madre niega haberlas visto pero hizo un novenario después de esa noche esperando apaciguar a las almas atormentadas que no encontraban descanso, decía. Pero yo sabía que las había visto porque su mirada era de temor y cualquier ruido a su espalda ameritaba regresar la mirada y buscar el origen de su turbación.

— ¿Qué pasó después?

— Llamaron a un excorcista. Lo trajeron desde una curia de Venecia. Llevarle no fue nada económico. El excorcista llegó con un séquito de sirvientes pero no de aquellos que atienden a los grandes señores, mas bien eran sus colaboradores y entre ellos había uno que resaltaba por su enigmática apariencia. Se decía que provenía de las indias, su color de piel era similar al de los negros que venden en los puertos de Italia y España pero de menos profundidad. Nadie preguntó por su presencia ni por qué acompañaba al cura exorcista pero nadie de nosotros se atrevió a cuestionar nada sobre el proceder de la comitiva porque estábamos desesperados, dudando del poder de Dios y de su amor por nosotros. Ese hombre se acercó a mí y me miró a través de sus ojos cafés, mi padre tuvo el impulso de protestar por la inmoral cercanía entre él y mi cuerpo pero el cura le reprendió severamente. Luego de un momento el hombre se alejó de mí, tomó un puñado de la tierra que había debajo de mis pies y la arrojó al hogar que se había prendido para el rito. Del fuego salió un evidente olor a azufre y fue entonces que mi madre cayó desmayada por la impresión que eso le causó. El olor no me lo explico, de hecho no lo noté. El hombre ordenó al cura, imagínese, Elfrida, que ocultásemos todos los relojes de la casa. Dijo que los relojes estaban malditos. Entonces el cura comenzó el ritual y mientras el latín fluía de su voz monótona pero severa yo no sentía nada particular, ni siquiera más tranquilidad. Aunque debo decir que después de haberse consumado el exorcismo no volvió a ocurrir nada que nos pusiese en peligro.

— ¿Hasta ahora? ¿Qué fue lo que viste que te trajo aquí con tanta conmoción?

— Los volví a ver, Elfrida. Estoy segura que son ellos pero ahora son diferentes y sé que los demás pueden verles porque los vi hablando con los mercaderes del marktplatz. Uno de ellos iba vestido como nosotros estilamos, como los hombres lo hacen pero los reconozco, Elfrida, sé que son ellos, ninguna persona tiene consigo esos artefactos tan extraños como se los he visto.

— ¿Qué artefactos?

— No lo sé. Algunos llevan luces, otros son de metal, otros como cuero pero no sé lo que son.

— ¿Qué harás?

— Salir de aquí. En cuanto mis padres lleguen con mis hijos iré donde el marido para explicarle lo que ocurre y que debí confesarle el día antes de contrar matrimonio. Esconder a mis hijos de esas presencias y ponerles a salvo. Ya no deben tardar. Elfrida, por favor, ve a mi casa y espera a mis padres y si está mi marido hazle venir.

Klara se levantó del banco para dejar salir a Elfrida quien asomó la cabeza en busca de amenazas que no sabía distinguir. Cerró la puerta alejándose de su casa. Un cuarto de hora después la puerta volvió a abrirse, entró Elfrida con un hombre corpulento de mirada cansada, casi calvo y con un sombrero en la mano. Era el esposo de Klara. Al verla en la casa de Elfrida le lanzó una mirada de desaprobación que a Klara poco le importó.

— No estaban tus padres —dijo Elfrida tratando de atenuar la situación — , tu esposo iba llegando al mismo tiempo que yo.

— Vamos, tus padres están por llegar. Elfrida me ha comentado algo pero no alcanzo a entender. Me explicarás en el camino. — Klara asintió y le siguió dócilmente al exterior.

— Gracias, Elfrida — dijo Klara — , que Dios te bengida.

— Y a ti, Klara.

El hombre miró de soslayo a Elfrida para luego despedirse escuetamente:

— Con su permiso, Elfrida.

— Hasta pronto, Herr Hitler.

Alois y Klara se alejaron rumbo a su propia casa en busca de sus hijos.

Fin

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